lunes, 25 de noviembre de 2013

Campo de internamiento de Castuera


Uno de los vestigios de la guerra civil más difíciles de rastrear son los antiguos campos de internamiento, precarias prisiones provisionales sospechosamente similares a los campos de concentración nazi, aunque sin su sistemático plan de exterminio. Aunque la gran mayoría fueron desmantelados al finalizar la guerra, algunos prolongaron su funcionamiento unos años más, e incluso están otros como el de Castuera, construido poco después de finalizar la contienda. De él no queda prácticamente nada, y aún así todavía puede explicar muchas cosas… La declaración del lugar como “Bien de Interés Cultural” en 2.002, le mantiene -de momento- a salvo de su desaparición. Ésta es su historia.

Tras el alzamiento militar de 1.936, la mayor parte de Extremadura fue conquistada con relativa facilidad por el bando sublevado, no así la comarca de La Serena,  al sur de Badajoz, que resistió hasta 1939 la embestida nacional. Fue escenario de batallas, dolor, y una vez sometida, generó miles de prisioneros republicanos; a causa de ello, se construyó un campo de internamiento a las afueras de Castuera, en un llano rodeado de pozos mineros. Sus dimensiones fueron de aproximadamente 500 metros de ancho por un kilómetro de largo.



En marzo de 1.939 se inició la construcción, que se completó en cuestión de semanas a causa de la sencillez de sus edificaciones; la mano de obra eran los propios prisioneros, que al principio dormían hacinados al raso. Se levantaron unos 80 barracones repartidos en hileras de 10. Cada barracón medía 15 metros de largo por 4,50 de ancho. En el centro del campo se dejó un gran espacio diáfano, el “patio de ceremonias” donde los prisioneros eran educados en la fe cristiana mientras gritaban vivas a Franco. Presidía el patio una gran cruz instalada sobre una peana de cemento.


Junto a la entrada principal, estaba el castillete por el que se accedía al interior de la mina “La Gamonita”. Se cuenta que los militares arrojaron allí a decenas de prisioneros, que eran rematados con bombas de mano.

El fondo del campo estaba delimitado por una pequeña colina, en la que se instalaron diversos nidos de ametralladoras para disuadir de cualquier conato de fuga. Además, todo el recinto estaba delimitado por dos líneas de alambradas, separadas entre sí por una zanja de 1,50 metros de ancho por 1,80 de profundidad.

La vida en el campo de internamiento era extremadamente dura, sobre todo durante los primeros meses de funcionamiento, en que eran habituales las palizas indiscriminadas, los “paseos” sin billete de vuelta hasta la tapia del cementerio, o estar días enteros sin comer nada.

No se han conservado registros de los prisioneros que pasaron por el campo, aunque se calculan entre 5.000 y 9.000 personas.

A falta de trabajos forzados, el día a día se basaba en la reeducación de los presos, obligados a saludar con el brazo alzado y exclamar vivas a Franco varias veces al día. Las ejecuciones fueron especialmente numerosas entre marzo y junio de 1.939. Cada noche, grupos de legionarios borrachos entraban en los barracones, elegían aleatoriamente a uno o más presos, y después los apalizaban brutalmente. El entonces alcalde republicano de Puebla de Alcocer quedó paralítico como consecuencia de una de aquellas palizas.

Muchos presos intentaban fugarse, sobre todo por la noche. Algunos lo consiguieron, pero los que eran sorprendidos fueron inmediatamente fusilados en la tapia del cementerio de Castuera.

El campo fue desmantelado el 20 de febrero de 1.940, tres una efímera existencia de menos de un año. En el momento de su clausura había 3.200 prisioneros que fueron repartidos por diferentes cárceles.

Se desconoce el número exacto de muertos que generó el campo.

En la fecha actual, Castuera tira adelante con pragmatismo: el otrora bastión republicano está ahora gobernado por un alcalde del Partido Popular.




Un polvoriento camino conduce hasta lo que queda del campo de internamiento. El castillete de la mina “La Gamonita” indica el lugar preciso; si no sabes lo que estás mirando, el lugar es sólo una anónima extensión de terreno, delimitada por una valla baja, y rodeada de campos de placas solares.

Algunos mensajes dejados en el pozo de la mina recuerdan a familiares desaparecidos. No hay otro lugar donde llorarles.


El trabajo de documentación previo me permite llenar imaginariamente los espacios del terreno: allí los barracones, allí el dispensario, las letrinas, el cobertizo de castigos... La peana sobre la que descansaba la cruz del patio de formación sigue allí.



 
La línea azul delimita la extensión del campo. En rojo, el castillete de la mina Gamonita, prácticamente invisible.
Base cementada del nido de ametralladoras

Antes de marcharme definitivamente, hago una última parada en el cercano cementerio. Las paredes de la tapia que lo delimita están blanquísimas y sin impactos de bala.

Poco tiempo atrás, el propietario de unos terrenos colindantes concedió permiso para exhumar una quincena de cuerpos que fueron allí enterrados después de su ejecución: todos los cráneos presentaban agujeros de bala. Ya dentro del cementerio, exhumaron tres cuerpos más de una fosa común.




Recordar estos hechos constata que la historia es la que es, que nadie la puede reinterpretar como si fuera un traje hecho a medida, y lo más importante, que todos deberíamos aprender de los errores cometidos... Menuda utopía esto último, en fin...

Saludos y buena ruta!

5 comentarios:

  1. Que historias???? que esto nos sirva de leccion!!!!
    Españolito que al mundo vienes, te guarde Dios.
    (Antonio Machado)
    Yo seguire siendo fiel a tu blog.
    Saludos.

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    1. Ojalá estas cosas sirvieran para no repetir los mismos errores...

      Gracias por tu militancia, Destrodelto!

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  2. Historia cainita nuestra, aun quedan personajes protagonistas con memoria para contarlo y otros para escribirlo. En la montaña leonesa fueron los "maquis" los huidos. Yo llege a conocer la tumba de un tio-abuelo enterrado fuera del cementerio
    .
    Saludos.

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    1. Un episodio terrible, que sin embargo no está tan lejos en el tiempo. Ojalá hayamos aprendido algo de todo ello, sólo consiguiendo esto será suficiente para que los caídos en la contienda descansen un poco más en paz.

      Gracias por tu aporte, Cristalines. Saludos y buena ruta!

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