viernes, 1 de enero de 2016

Sexo explícito

Era una mañana soleada de julio, y tres amigos (David, Joan y el que os escribe) estábamos descubriendo los Alpes en nuestro viaje iniciático.

Amanecía el tercer día de viaje; la tarde anterior, casi se nos hizo de noche buscando un hotel en el italiano valle de Aosta, así que no nos entretuvimos en repostar las motos… A la mañana siguiente, y tras hacer unos cálculos rápidos, decidimos que intentaríamos intentar llegar hasta la frontera suiza con la poca gasolina que nos quedaba, ya que allí repostar salía mucho más económico.

Ya en ruta, nos dimos cuenta de que el intento de ahorrar unos céntimos en combustible nos podía salir muy caro: la Fazer de Joan hacía un rato que iba en reserva, y los demás no estábamos mucho mejor. Era absurdo pasar un mal rato por cuatro o cinco euros de ahorro, así que paramos a repostar en un pueblo situado a veinte kilómetros de la frontera; la carretera lo partía por la mitad, y a media travesía había una pequeña gasolinera, con un par de surtidores y una garita que hacía la función de despacho.

David y yo estacionamos a ambos lados del surtidor de gasolina sin plomo; sólo había una manguera, así que uno de los dos tendría que esperar su turno. Joan se puso detrás de David, y se alejó unos metros para fumar un cigarrillo.

De la oficina salió la empleada de la gasolinera; tenía aproximadamente nuestra edad, y no era lo que vendría a ser una belleza estereotipada, pero sí muy voluptuosa en curvas (“muy italiana”, pensé yo en aquel momento). Me sorprendió que vistiera una falda de media rodilla, vestimenta inusual para alguien que reposta combustible; por encima del conjunto llevaba un delantal corporativo de cierta marca petrolera.

David fue el primero en ser atendido; la chica le preguntó en italiano lo que supongo era la cantidad  que quería, David empezó a hacer gestos desbordantes con la mano, mientras repetía “pieno, pieno”. Yo contemplaba divertido la escena a horcajadas de mi moto, y le alcé las cejas en un gesto de complicidad cuando nuestras miradas se cruzaron.

Una vez tuvo el depósito lleno, David pagó en efectivo, y la chica rodeó el surtidor con la manguera en la mano; le repetí el “pieno, pieno”, añadiendo “como el mio amico”, para dejarle claro que no tenía ni idea de italiano, pero que me estaba esforzando. La empleada no tenía prisa por insertar la manguera en el depósito, y se quedó unos segundos contemplando la Varadero:

-“Bella macchina”, -me dice.
-“Grazie”- le respondo escuetamente.
-“Da dove vieni?”
-“¿Eh?”-respondo, con careto de circunstancias.
-“Da dove vieni? Germania?”

Por enésima vez me confunden con un alemán, yo creo que es por la envergadura, ya que al parecer todos los que viven por debajo de los Pirineos son chaparros, de piel olivácea, y van dando palmas por la calle:

-“Barcelona”-le dije, pronunciándolo “Barchellona”.

A ella se le ilumina la cara: “-Ah, Barcellona! Sagrada Familia, Barça, Messi…”.

Me mira con una intensidad que me descoloca, mientras se muerde el labio inferior; parece que quiere añadir algo más, pero finalmente introduce la manguera en el tanque… Para mi sorpresa, no aprieta la palanca del caudal a fondo, sino que lo traba al mínimo y deja la manguera apoyada en el tanque.

Acto seguido se aleja de mí, y da diez pasos hasta su coche, un Fiat Uno. Está estacionado de manera que la puerta del conductor está frente a nosotros. La empleada abre la puerta, y toma asiento de espaldas, manteniendo los pies en contacto con el asfalto; se estira para rebuscar alguna cosa en la guantera. La posición, imaginadlo, era algo forzada, y la muchacha tuvo que abrir las piernas para compensar el peso del cuerpo... y ahí fue donde, damas y caballeros, observé de manera fehaciente que debajo de aquella falda no había ningún tipo de ropa interior, y que en aquella entrepierna florecía un frondoso bosque...

La exhibición duró unos pocos segundos (¿cuatro? ¿cinco?), en todo caso los suficientes para tomar conciencia de que aquel espectáculo no era casual ni accidental. Instantes después, ella dio por finalizado el espectáculo cerrando la guantera –de la que, por cierto, no había sacado nada-, y volviendo junto al petrificado motero que, con cara de póker, aguardaba junto a la manguera que seguía echando combustible céntimo a céntimo. Me dedicó una media sonrisa, dirigiéndome una vez más aquella mirada como si fuera un puntero láser. Un cartel iluminado con bombillas que rezara FÓLLAME AHORA MISMO no habría sido más explícito.

Mi cara de póker había mutado a cara de gilipollas. Cuando, una vida después, el depósito se llenó, le mostré mi tarjeta VISA. Ella me señaló el despacho, mientras empezaba a caminar hacia él, se supone que el datáfono estaba allí dentro. Antes de seguirla, miré a David con ojos como platos, y antes de que pudiera decirle nada, él mismo me susurró:

-“¿He visto lo que he creído ver?”

Yo sólo pude asentir, incapaz de añadir nada más. Joan, ajeno a todo, había acabado su cigarrillo y empeza a empujar su moto hacia el surtidor.

Me apresuré para seguir a la muchacha, preguntándome si tendría preparado algún otro numerito dentro del despacho, pero de manera sorprendente, la escena finalizó de manera abrupta…

Resultó que dentro del despacho había otra persona, un hombre que, por edad, podría haber sido el joven padre o el maduro marido de la empleada; empezaron a hablar entre ellos de manera airada, pero a susurros, en un italiano aceleradísimo del cual no pude captar ni una interjección. Tras unos instantes de tensión, ella alzó los brazos en un gesto de exasperación, y desapareció dentro del despacho. El hombre se hizo cargo de pasarme la tarjeta con una cara de mala leche que no suavizó cuando salió para atender a Joan.

Finalizado el servicio, subimos a las motos; el hombre seguía alrededor de los surtidores con una inequívoca cara de mosqueo, la mujer había vuelto a aparecer, apoyada en el quicio de la puerta. Nos miró de manera neutra mientras nos largábamos de allí.

Lo último que vi por el retrovisor antes de perderla de vista fue que se encaraba otra vez con el hombre para discutir.

Menudas risas nos echamos el resto del viaje. Aún hoy nos acordamos de aquello.

3 comentarios:

  1. La pusiste "tóner borrica" XD

    Una entrada escueta pero muy cachondisimo ;)

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    1. Yo no hice nada, se puso ella sola! Ni que yo fuera Pablo Alborán...

      Abrazos y hasta pronto!

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  2. La pusiste "tóner borrica" XD

    Una entrada escueta pero muy cachondisimo ;)

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