lunes, 13 de febrero de 2017

Lecciones de vida: Stallone y la cafetera Nespresso




Cada día, en el trabajo, sé exactamente qué hora es cuando alguien pone en marcha la cafetera Nespresso para prepararse un decaffeinato intenso.

Los programas matinales de radio, tanto serios como coñones (los segundos son como los primeros, pero dando las noticias como si fueran pasados de cocaína), explican cada mañana las mismas retenciones acordeónicas en los accesos a la capital. En el gimnasio, las mismas caras ocupan los mismos lugares haciendo la misma actividad. Las radiofórmulas exprimen las mismas cuarenta canciones hasta convertirlas en ruido… Y si percibo todo esto, es porque yo también hago lo mismo cada día, mal que me pese.

Es como el día de la marmota: apagar el despertador, cepillarse los dientes, café y pasta, producir para hacerte digno de tu nómina, alimentarse, un rato para amar/odiar las redes sociales, pijama y a la cama… Y, en medio de todo esto, soñar. Planear. Imaginar el viaje de nuestra vida, fantasear con romperlo todo, salir de esta rueda de hámsters, y sentirnos realmente libres.

Estoy en la zona media de la cuarta década de mi vida. Literalmente ni joven ni viejo, confortable encrucijada en la que puedes bascular a abuelo cebolleta o jovenzuelo influencer según el aire que sople. Nuestros mayores dirán que, con esa edad, somos poco más que tardoadolescentes, pero a estas alturas ya he oído demasiadas veces aquello de “¡por fin es viernes!”, para saber que, a efectos prácticos, te están diciendo que faltan tres días para que vuelva a ser lunes.

Cuarentaytantos. Media vida, siendo optimistas. ¿Cuántas veces más tendré que oír la Nespresso para espabilar? ¿Cuántos días más habrá “colas compactas en el nus de la Trinitat”?

Somos europeos del mundo civilizado. Nuestros problemas no tienen nada que ver sobre si hoy será el día que un misil alcance mi casa y me sepulte vivo, o si sobreviviré al crudo invierno en la precaria tienda de campaña de un campo de refugiados. Nosotros somos gente bien, hinchados de nuestros derechos y distraídos ante nuestras obligaciones... Nuestros problemas son otros, y uno de ellos, bendito privilegio por tenerlo, es la probabilidad de morirte de viejo dejando un legado de días clónicos en los que te limitabas a esperar algo que nunca acabó de llegar.

Silvester Stallone es un actor con mucho músculo, y un carisma que camufla su escasa capacidad artística. Sus películas no suelen ser de guiones muy elaborados, más allá de resolver conflictos con diálogos en los que hay mucho “fuck!”, mamporros y pirotecnia. No digo esto en sentido peyorativo, tengo varias películas de Sly, son geniales de ver cuando lo único que pretendo es desconectar con algo superficial que ponga a prueba los subwoofers del home-cinema… Y en esas estaba un día, viendo ese videojuego demente que es “John Rambo”, y en un respiro entre masacre y masacre, el bueno de Johnny soltó una inesperada frase que me dejó descolocado por su trascendencia:

“Vivir por nada, o morir por algo”

Bien jugada esa frase, John. Joder, más que eso, la estuve masticando hasta desconectar completamente de la película… Esta es la realidad, señores. Podemos dar bálsamo a nuestra conciencia dándonos por satisfechos con este coche que estamos pagando a plazos, o que el sentido de la vida son los vástagos que habéis traído al mundo. O podemos confortarnos creyendo en un Dios que promete que “lo mejor está por llegar”.

Yo no tengo hijos. Y tampoco creo en Dios, no con lo que ya he visto. Sin embargo, tengo una mujer de paciencia extraordinaria, y unos amigos que, pese a ello, saben que demasiado a menudo prefiero comer aparte. Sin credo y sin brújula, el diagnóstico es sencillo: no pedí permiso para nacer, ergo tampoco puedo rebelarme ante el hecho de que la función acabará con mi cuerpo hecho cenizas que se dispersan en el viento.

Asumiendo el principio y el final, queda lo del medio. Y conforme avanza el ciclo vital, los nervios por “hacer los deberes” van en aumento. Y esos deberes, si nada cambia, los tendré que confeccionar a bordo de una motocicleta.

No estoy hablando de dar una vuelta al mundo, o bailar en taparrabos junto a una tribu del Amazonas, se trata de buscar ese tiempo de calidad, minutos de oro en los que estás experimentando algo que te cambia el humor, te cosquillea el estómago, modifica el carácter y la manera de interpretar el mundo… Y eso, amigos, normalmente no viene a llamar a la puerta de tu casa. No suele estar en el gimnasio, y definitivamente tampoco está junto a la puñetera Nespresso. Hay que salir a buscarlo, y eso requiere esfuerzo y valentía.

Estoy dando demasiadas vueltas para definir la FELICIDAD.

Si nos atrevemos a buscarla, nadie nos garantiza el éxito; existe la posibilidad real de que añoremos el gimnasio y la Nespresso, porque ciertas personas ya están instaladas en esa pequeña felicidad cotidiana que es la zona de confort. Otras tal vez no quieran considerarlo, porque ello supondría enjuiciar todo el camino hecho… con el riesgo de que el veredicto les haga enfrentarse a una insatisfacción vital nunca verbalizada.

Sea como sea, respetémonos: cada uno de nosotros ha salido de un molde único, y procesamos nuestra vida como creemos que debe hacerse, sin que ello suponga que nadie esté por encima de los demás. Lo único que te pido es que, si no comulgas con esta filosofía, y un día de lluvia coincidimos en el área de servicio de una autopista, no me mires con suficiencia, mascullando tonterías sobre resfriados gratuítos mientras mi traje impermeable empapa el suelo: corres el riesgo de que yo sea más feliz con mi vida que tú con la tuya.

8 comentarios:

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    1. A mí también me encanta... tu discutible criterio literario :-D Nos vemos bien pronto, fiera!

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  2. Buenas noches! De casualidad he caido en tu blog buscando noticias de la volta catalunya, eres un gran comunicador y te has ganado un fan! Felicidades!!!

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    1. Hola Javier! Muchas gracias por tu apoyo, es gasolina para mi creatividad. Un saludazo!

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  3. El petit grupet que sortim en moto, ho hem resumit en poques paraules, però que volen dir quelcom semblant: "Que no s'apagui la llum".
    Lectura molt recomanable per a la majoria (també m'hi incloc).

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  4. Muy buena reflexión, Manel. Quizá las tribus de intransigentes emocionales con las que tenemos que convivir cada día, tengan miedo a "salirse del corral". Espero poder verme en una moto con ochenta años, es decir, no dejar de "estar loco" nunca. ¡Buena ruta!
    "Entre el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar" ANTONIO MACHADO.

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    1. Amén, Antonio Alberto! Gracias por el seguimiento, saludos y... forever young!

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