lunes, 20 de marzo de 2017

Como en los viejos tiempos




Hace pocos días, me sorprendí repitiendo un hábito de infancia… más que eso, uno de los mejores recuerdos que conservo de ella.

Isabel y yo estábamos regalándonos unos días de desconexión en La Puebla de Valverde, pequeño pueblo junto al cual discurre la línea ferroviaria Teruel-Sagunto. Nuestro alojamiento es un coqueto hotel que en su tiempo había sido fonda de la estación. Es un tranquilo lugar en medio de la nada, y por no molestar, no lo hace ni siquiera el tren: en todo el día, sólo pasan tres automotores diesel por sentido.

Sin perder su ancestral tranquilidad, este lugar ha conocido días mejores, que se remontan a una época de tono sepia en la que muchos aragoneses tomaban el tren hasta aquí para disfrutar de unas pequeñas vacaciones a pie de vía.

Hoy, la línea ferroviaria tiene una utilización residual, con unos pocos trenes semivacíos que circulan por una vía única y sin electrificar que, casualidades de la vida, aprovechan el desdoblamiento de la Puebla de Valverde para que los convoyes se crucen.

El hotel tiene nueve habitaciones. A nosotros nos dan las llaves de la que está en el último piso, abuhardillada y con vistas al apeadero, que por cierto es un simple andén con un cobertizo acristalado en donde caben cuatro personas. Junto al andén, aún se conserva el viejo edificio de la estación, ya despojado de su función original, y que actualmente se utiliza como local para alquilar esquís durante la temporada invernal.

Mirando por aquella ventana, me saltó un resorte interior, que creía oxidado por falta de uso, pero el “click” fue perfectamente audible… Sin retirar la mirada de la ventana, le dije a Isabel:

-Oye, podríamos mirar los horarios del tren, ¿no?

Isabel deja de trastear su maleta, y extrañada me pregunta:

-¿Por qué? ¿Lo necesitamos para ir a algún sitio?
-No, no- respondo yo, sonriendo un poco bobalicón- es sólo… ya sabes… para verlo pasar.

Ella sabe de mi afición ferroviaria, pero esta reflexión la ha pillado desprevenida. Conecto con la web de RENFE, y leo que sólo hay tres trenes durante el día, el último de ellos a las diez de la noche.

El asunto quedó momentáneamente aparcado, y dedicamos el resto del día a hacer nuestras excursiones. Tras ponerse el Sol, la temperatura cayó en picado; no nos apetecía estar al aire libre, así que a las ocho de la tarde, a falta de nada mejor que hacer, ya estábamos cenando en la fonda.

Esperé hasta los postres para plantearle la cuestión a Isabel:

-Bueno… ¿Quieres dar un paseo hasta la estación, para ver pasar el tren?

Su respuesta se debate entre la comprensión y la exasperación:

-¿De verdad te apetece? Fuera debemos estar a cero grados, y el camino hasta la estación está oscuro… vale, son quinientos metros, pero… ¿tanto incordio para ver pasar un tren?

Como teníamos tiempo de sobra, y no molestábamos a nadie si alargábamos la sobremesa (éramos los únicos comensales del restaurante), me acomodé para explicar a Isabel una de esas “cosas de críos”, que de manera algo ilógica he seguido cargando en mi mochila de adulto…

Soy incapaz de concretar a qué edad empecé a obsesionarme con los trenes que pasaban por el pueblo de mis abuelos. Muy de niño, eso seguro.

Soy hijo de una extremeña que en los años 60 vino a buscar un futuro a Barcelona; conoció a otro emigrante, éste andaluz, se casaron, y poco después vino al mundo el que os está escribiendo.

Al igual que tantos otros hijos de la migración interna, cada verano nuestras familias volvían a su tierra natal, supongo que por “morriña”, y bueno, también porque el alojamiento era gratuito, y los chiquillos podíamos corretear tanto como quisiéramos.

El pueblo donde veraneábamos estaba en un valle del norte de Extremadura, inusualmente verde y montañoso para quien no lo conozca. Por allí circulaba un ferrocarril, que subía desde Plasencia hasta Astorga: el “ruta de la Plata”, lo llamaban.

Desde el pueblo, se podía seguir con la vista toda la ladera de la sierra hasta el horizonte; la vía del tren también discurría por allí, y tardé poco en memorizar aquellos claros en la montaña que indicaban el camino de los raíles. Una de mis aficiones favoritas era apostarme en algún lugar de vista clara, o directamente desde la ventana de casa de los abuelos, e ir siguiendo la estela de los trenes hasta que se convertían en diminutas hormigas, visibles a duras penas.

La estación del pueblo estaba en las afueras, a cuatro kilómetros, fuera de la distancia de confianza que mis padres me otorgaban cuando cogía la bicicleta. Tuve que conformarme con ver pasar el tren desde el pueblo, hasta que, con nueve o diez años, fui merecedor del “privilegio” de poder llegar hasta la estación, o tal vez empecé a ir yo mismo de manera unilateral, no recuerdo cómo fue… La cuestión es que no me perdía la llegada del tren de la una de la tarde, y también el de las cuatro y media, cuando la canícula quería fundir el asfalto, los adultos dormían la siesta, y los chicos deberíamos estar chapoteando en la piscina municipal.

Y allí estaba yo, como un clavo, plantado en el arcén después de dejar la bicicleta apoyada en la caseta de los urinarios... Aún antes de corporizarse, el rugido de los motores diesel anunciaba la presencia del tren. Instantes después aparecía en el horizonte, con aquella locomotora verde y amarilla (más tarde supe que eran de la serie “333”, las más potentes en su momento, y apodadas Rambo); tiraba de un vagón de mercancías, otro del correo, y dos vagones de viajeros.

Y el olor. Ese aroma a madera de las traviesas impregnadas de grasa…

El jefe de estación, con su gorra roja y un banderín del mismo color, era el encargado de dar salida al tren, haciendo sonar un silbato mientras alzaba el banderín; el tren correspondía con un breve bocinazo, revolucionaba su motor mientras el suelo temblaba bajo mis pies, y se marchaba tomando velocidad de manera paulatina.

Al día siguiente, la misma rutina. Y así hasta finales de agosto, cuando las vacaciones se acababan, y empezaba a contar el tiempo que faltaba para volver al año siguiente.

Así fue durante unos años más, hasta que, en las vacaciones de 1985, descubrí que me habían quitado el tren: un decreto del gobierno había cerrado sin contemplaciones miles de kilómetros de vías deficitarias. El transporte por carretera había ganado al ferrocarril, o tal vez los gobernantes habían sido poco sensibles con las necesidades de la gente, la cuestión es que quedé huérfano de mi obsesión. Tenía trece años, y de mayor quería ser maquinista de tren. O policía.

Pocos años después, mi familia dejó de ir al pueblo con regularidad. El “vía de la Plata” se convirtió en un corredor ocasional -y sin horarios- de trenes mercantes. A partir del año 1994, quedó definitivamente abandonada a su suerte, desapareciendo sus raíles bajo la maleza del olvido.

Explicando esta historia, nos han dado casi las diez de la noche. Llevo en mi bolsillo una pequeña linterna, Isabel accede a acompañarme. Fuera hace frío, y mientras caminamos en la oscuridad, me siento como un crío de doce años. Un crío que pedalea carretera arriba porque quiere ver pasar un tren.

No hay ni un alma a la vista. Tampoco en los alrededores de la estación. El antiguo edificio es un fantasma silencioso, y en los alrededores del andén, unas farolas espantan las tinieblas. A la hora prevista, un automotor diesel entra en la estación de manera elegante: nada que ver con las Rambo, la tecnología del siglo XXI ha construido motores más eficientes y silenciosos. Otro convoy llega en sentido contrario, y cuando se detiene, el revisor se baja de un tren para subirse al otro; él es, junto a nosotros, la única presencia humana en el andén. Nos dedica un cordial “buenas noches” que le correspondemos.

Los trenes se marchan, en direcciones opuestas. Espero que mañana vuelvan a estar ahí.


Epílogo: Extremadura, antes de ayer

Aún se nota el ambiente fresco de la mañana placentina cuando arranco la moto; conforme avance el día, la temperatura irá subiendo hasta hacer casi insoportable el traje de gore-tex. Y eso que estamos en septiembre. Tampoco me importa mucho, lo prefiero así, ya que un cielo azul me irá muy bien para poder tomar unas fotografías que ilustrarán la crónica del viaje en que estoy metido. Una crónica de trenes. La crónica de trenes.

Hablar del ferrocarril “Ruta de la Plata” era una asignatura que tenía pendiente desde hacía muchos años, y aún siendo la más deseada, y la más emocionalmente intensa, siempre encontraba alguna excusa para no ponerme con ella. Hasta hoy. Y aquí estamos, retratando raíles oxidados, estaciones ruinosas, semáforos vandalizados… Centenares de fotografías para no perder ni un detalle de sus 347 kilómetros de recorrido, y eso incluye lo que se vivía en sus márgenes. Historias mínimas, coño, el leitmotiv de este blog. Me estoy dejando el pellejo en este reportaje, aún sabiendo que lo van a leer cuatro gatos… o tal vez algunos más: la revista de viajes para la que colaboro dice que me lo publicará, pese a estar muy alejado de su estilo editorial. Benditos sean.

A media mañana, llego a la estación de mi pueblo. La bicicleta ha sido sustituida por una moto, pero el decorado continúa igual. Los raíles están prácticamente desaparecidos bajo una maraña de zarzas, pero el edificio de la estación se mantiene en pie, gracias a que se mantiene habitado. Su morador fue el jefe de estación que tantos años estuvo ejerciendo aquí, aquel hombre con gorra roja y banderín que antes he mencionado.

Aparco a distancia prudente, y sin sacar la cámara de su funda, doy un breve paseo hasta llegar frente a la estación. Sus moradores ya me han visto, y están esperándome con talante receloso ante las intenciones del visitante intempestivo. En los foros ferroviarios he leído que son algo hostiles con el forastero, por lo que extremo la cortesía:

-Buenos días.
-Buenos días.
-Estoy haciendo un reportaje sobre la línea férrea de la Ruta de la plata…

Antes de acabar la frase, el hombre empieza a menear la cabeza, anticipando la respuesta de “no me vengas con líos”, así que vuelvo a empezar, quemando todas mis naves:

-No sé si me recuerda, mis abuelos son del pueblo, son los… (digo el apodo por el que se los conoce).

Ellos arquean las cejas, saben perfectamente quiénes son. Aún así, no he conseguido carta blanca: he dejado de ser un “forastero”, pero mis abuelos han tenido una huella controvertida, y no todo el mundo comulgaba con ellos.

-Yo subía mucho a la estación con la bicicleta, a ver pasar los trenes del mediodía… Supongo que no me recuerda, pero yo sí que le recuerdo a usted, era el jefe de estación, su mujer vendía billetes, y usted era el que mandaba arrancar a los trenes.

El hombre sonríe, el muro de desconfianza ha sido derribado, y el ambiente se relaja. Sólo son un matrimonio de jubilados que quieren vivir su crepúsculo en paz. Reciben “más visitas de las que imaginarías” de nostálgicos del ferrocarril.

Me invitan a entrar. Un gato ciego se aparta un poco desordenadamente de nuestro paso: “lo adoptamos cuando era cachorro para que no muriera”, me comentan. Hablamos un rato de trenes, estoy fascinado y emocionado por haber tenido la oportunidad de volver atrás en el tiempo. Incluso puedo hacer un par de fotos, que me ruegan “no haga públicas”  para evitar atraer aún a más gente.

El hombre es pragmático. Amaba su trabajo, pero la propia dinámica de la sociedad le está dando matarile a los ferrocarriles regionales; devolver los trenes a las zonas rurales es tarea complicada si no viene acompañada de un cambio de mentalidad, mayor eficiencia, y conciencia colectiva. La añoranza no es un argumento, la rentabilidad económica, sí. Y favorecer políticamente al “lobby” automovilístico, también.

Sólo nos queda esperar un cambio de paradigma: total, llevamos 32 años haciéndolo, no vendrá de un día más.

Y que nos quiten lo recordado.

10 comentarios:

  1. O M G !!

    Cacho de episodio Manel ¡I'm loving it!

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  2. Reconforta leer historias de nostalgia :-)

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    1. ...y que alguien te las lea, ya no te digo! Gracias por el seguimiento...

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  3. Se ve que te esmeraste, ya te tengo yo una por estas tierras de abandono y olvido.
    Saludos

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    1. Deseando estoy de oír detalles... Por cierto, te aviso cuando suba al Bierzo, que este año cae!
      Abrazos y gracias por seguir el rebufo ;-)

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  4. Muy bueno Manel, la historia y la forma de explicarla.

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  5. Estupenda narración Manel.
    Bueno, como siempre. Muchas gracias por compartir tus historias.

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    1. Gracias a tí por el seguimiento, Joaquín! Un abrazo y... hasta pronto, no?? ;-)

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