domingo, 14 de mayo de 2017

A día de hoy, entusiastas



De todo el crisol motociclista, permitidme que hable de los viajeros… Y me refiero a todos los viajeros: desde el que se lía la manta a la cabeza con una 125 de tercera mano, hasta el que lleva la más sofisticada de las maxitrail. Desde el que lo cuenta todo en las redes sociales, hasta el que viaja de manera íntima y personal. Desde el escapista ocasional hasta el overlander que ya se zampó el planeta entero.

Muchos estamos sacrificando partes fundamentales de nuestra vida personal; perdemos la pista de algunos amigos (aunque ganamos otros), ponemos a prueba los cimientos de nuestras relaciones, y provocamos desazones en aquellos seres queridos que, antes de partir, nos despiden con un sentido “¡Cuídate!”.

Dinero. Mucho dinero invertido, incluso aquel que no tenemos: moto, equipación, gasolina… Si hubiéramos ahorrado toda esta inversión, habríamos podido comprar el mismo deportivo alemán que conducía aquel gilipollas que adelantaba en línea continua, y que casi provoca que choquemos frontalmente. Dinero. Economías holgadas que trasladan su estatus al manillar de una motocicleta, o bien economías de subsistencia que prescinden de cenar fuera porque hay que cambiarle las gomas a la burra… Todos jugamos al mismo parchís en el mismo tablero, y que algunas fichas sean más pintonas que otras es una cuestión meramente estética.

Aguantamos los días de canícula enfundados en incómodos trajes, sintiendo como las gotas de sudor se acumulan bajo el casco, en la entrepierna, o formando regueros que confluyen y se deslizan espalda abajo.

Resistimos temporales de lluvia hasta buscar una tregua en la siguiente área de servicio; el café calentará nuestras temblorosas manos mientras empapamos las baldosas del suelo.

Frente a los vendavales que nos agitan como peleles, insultamos en todos los idiomas y con las blasfemias más terribles. Apretamos los dientes mientras atravesamos rachas de fuerza siete. Nunca hay un viento en cola que nos eche una manita, la ley de Murphy condena a los motoristas a ser atacados por los flancos.

Toda esta carrera de obstáculos queda compensada cuando, al final del día, paramos en algún hostal de carretera, descargamos nuestro exiguo equipaje sobre la cama de la habitación, y de manera absurda sentimos que estamos exactamente donde deseábamos estar: en una tierra extraña de la que siempre vamos a extraer lo mejor que nos pueda dar, y que difumina banderas porque no quiero ser de un lugar, quiero serlo de todos.

Nos sentimos vivos, y eso está pasando hoy. Tal vez mañana cambiemos la moto por una tabla de surf, o dos críos y una mujer que insista en ir al Mercadona todos los sábados, y entonces será demasiado tarde, porque este hoy ya será ayer.

11 comentarios:

  1. Más acertado y te toca la primitiva 🖖🖖🖖 me ha encantado ✌

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  2. Una vez más, leo lo que pienso, lo que siento, lo que vivo y lo que no sabría expresar mejor.

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    1. Pues inténtalo, porque tengo ganas de saber qué tal os fue por el moro ;-)

      Abrazos!

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  3. Me encanta leerte, y muchas ganas de coincidir contigo en un gran almuerzo.

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    1. Muchas gracias David, y lo de ese almuerzo es cuestión de tiempo... Además, estoy deseando escuchar pormenores de vuestro gran viaje.
      Un abrazo y hasta pronto!

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