lunes, 31 de julio de 2017

Tourmalet, el Tour... y Octave Lapize




Dice el refrán que “a quien madruga, Dios le ayuda”… Bueno, la verdad es que si Dios existiera, dudo mucho que quisiera echarle una mano a este descreído motero, pero en todo caso, apresurarme para coronar el Tourmalet a las ocho y media de la mañana tuvo su recompensa: no encontrarme absolutamente a nadie. Ni rastro de moteros, ciclistas, autocaravanas, cazadores de selfies o el pastor que controla los rebaños. Por no haber, ni siquiera estaban abiertas las tiendas de souvenirs.

Así pues, me apliqué a disfrutar de este momento inédito, orinando con filigranas artísticas sobre el valle de Midi-Pyrénées, e inmediatamente después hartándome de tirar fotos hacia los cuatro puntos cardinales.




Tan sumamente idiotizado estaba en lo mío, que tardé un buen rato en notar la ausencia más sonada e inverosímil: Octave Lapize no estaba en su lugar. Me refiero a su estatua, claro, el bueno de Octave lleva muerto exactamente 100 años… En el mes de junio de 1917, su avión cayó acribillado bajo el fuego enemigo. El sargento Lapize libraba en los cielos franceses otra batalla de la Grand Guèrre.
 
Octave Lapize, y su aeroplano (fuente: Jean Bobet)
Antes de convertirse en héroe de guerra, Octave Lapize ya era leyenda del ciclismo: en su efímera trayectoria profesional, ganó el Tour de Francia de 1910, precisamente el año en que la entonces jovencísima ronda gala “descubrió” el Tourmalet.

Octave Lapize (fuente: La Vanguardia)
Henri Desgrange, el patrón del Tour de Francia por aquel entonces, andaba buscando un aliciente para una carrera en la que apenas había elevaciones significativas; para encontrar la ruta ideal, envió a otro de los creadores de la ronda, Alphonse Steinés.

Henri Desgrange (Fuente: randonneurs Ontario)
Dicho y hecho, Steinés y un chófer se lanzaron a reconocer los caminos pirenaicos. La ruta del Tourmalet era por entonces un camino de tierra, abierto por Napoleón tan sólo sesenta años antes, para poder acceder a remotos centros termales. El caso es que, mientras remontaban la pista, la abundante nieve obligó a la comitiva a detenerse a cuatro kilómetros de la cima. Steinés dijo al chófer que se quedara a cargo del vehículo, y que él continuaría el reconocimiento a pie.

Steinés coronó la cima, y tanto debió gustarle, que siguió caminando por la otra vertiente, hasta llegar exhausto y al borde de la hipotermia al pueblo de Barèges. Antes de pedir cualquier manta o bebida caliente, envió a Desgrange un telegrama con una de las “mentiras” más celebradas de la historia:

“Atravesando Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable”.

Creyendo firmemente en la palabra de Steinés, el 21 de julio de 1910 arrancó la etapa Luchón-Bayona, de nada menos que 326 kilómetros. Los corredores pasaron un auténtico infierno para coronar las cimas pirenaicas; Octave Lapize pasó el primero por el Peyresourde, el Aspin y el Tourmalet, pero se desmoronó en el ascenso al Aubisque, siendo superado por Lafourcade. Tan descompuesto estaba, que en la cima del Aubisque se bajó de la bicicleta, para espetarle a un comisario: “¡Sois unos asesinos, sí, unos asesinos!”, en una escena que incluyó un zarandeo por las solapas, e incluso un certero escupitajo. Aún así, Lapize se repuso, y acabó ganando aquel Tour.

Octave Lapize, subiendo a pie el Tourmalet en la fatídica etapa de 1910
Desde entonces, el Tourmalet se ha convertido en una especie de “santuario” del Tour, lugar al que ha vuelto decenas de veces, y que incluso tiene una prima económica especial para el ciclista que lo corone en primera posición (el llamado “souvenir Jacques Goddet”, 5.000 euros).
Cima del Tourmalet (fuente, en la imagen)

Pero volvamos a la estatua. En 1.999, el escultor Jean-Bernard Mérais colocó en lo más alto del Tourmalet una figura plateada llamada “Octave el Géant”, desde entonces codiciado objeto de deseo fotográfico para miles de ciclistas (y motoristas, claro, cada uno con sus razones), que aprovechamos los cinco meses en que la carretera está abierta, para inmortalizarnos bajo su estilizada figura…

Fuente: en la imagen
…Eso sí, no llegues antes de tiempo, como hizo el que escribe esta crónica: la estatua es de quita y pon. Poco antes del cierre viario invernal, “Octave el Géant” se desmonta para bajarlo a la localidad de Gerde. Y el primer sábado de junio, una caravana festiva de ciclistas le acompaña nuevamente hasta su privilegiado lugar.

Fuente: en la imagen
Saludos y buena ruta!

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