domingo, 27 de julio de 2014

La Provenza



La Provenza francesa tiene dos lecturas: playa y montaña. La primera abarca todo el glamour de la Costa Azul, y la segunda, la que nos interesa, es la parte continental, donde se desparraman miles de hectáreas de campos de lavanda. Por clima y calidad de la tierra, es la mejor zona para cultivar esta planta de uso ornamental, terapéutico, e incluso condimento alimentario.


Pero no sólo de lavandas vive la Provenza: paisajes maravillosos, el legado de diversas culturas, y hogar de pintores, estrellas de Hollywood y escritores esperan a un visitante que sólo puede marcharse satisfecho y deseando volver. 

El acercamiento a la Provenza por la autopista de la Jonquera tuvo un protagonista inesperado: el Mistral, viento que genera el mismo anticiclón del cierzo, y por supuesto con la misma mala leche que éste. De nada sirvió rezongar, insultar o suplicar, el viento no atendió a razones y nos agitó como peleles. Por lo menos, no debíamos preocuparnos por el tráfico francés, mucho más respetuoso con el prójimo que al sur de los Pirineos.

De esta manera llegamos a Arlés primera parada provenzana.



Cruce de caminos estratégico, el imperio romano dejó aquí su huella en forma de construcciones imponentes como Les Arenes, el anfiteatro mejor conservado de Francia, actualmente utilizado para celebrar corridas de toros.



Cerca del anfiteatro, el Teatro Romano podía albergar hasta 10.000 personas. Hoy sigue utilizándose para celebrar representaciones al aire libre.





El resto de la ciudad antigua es una gozada para perderse por sus calles, contemplando palacetes y otras construcciones regias.











Vincent Van Gogh pintó en Arlés más de 300 cuadros, en sólo unos pocos meses entre 1.888 y 1.889; se puede realizar un circuito a pie para ver los rincones que trasladó a sus lienzos. Uno de los más representativos es el “Café la Nuit”, rebautizado como Café Van Gogh, cuyas paredes de color amarillo huevo inspiraron al artista.



Los cinéfilos también podrán "cazar" en Arlés muchas escenas de Ronin, trepidante thriller de John Frankenheimer; en un fascinante ejercicio de mezclar ficción con realidad, puedes cruzarte con Jonathan Pryce frente al Café Van Gogh, o protegerte de un tiroteo en el anfiteatro romano: Robert de Niro salió herido, y Jean Reno no pudo evitarlo.


De nuevo en la carretera, Saint-Remy de Provence es una típica villa provenzal, que vio nacer a Nostradamus en 1.506, y que también acogió a Van Gogh en la etapa terminal de su vida, cuando la demencia le hacía pintar un cuadro tras otro hasta que se suicidó de un tiro en la sien, en 1.890. Por tamaño y servicios, nos pareció el lugar perfecto para pernoctar.

Pero antes de llegar, un desvío nos ha acercado hasta Les Baux de Provence, pequeña villa medieval encaramada en las colinas de Les Alpilles.


El tráfico por el interior del pueblo no sólo está prohibido, sino que es casi imposible por falta de espacio, así que hay que utilizar los aparcamientos que hay en las afueras.



En la entrada, un monumento glorifica al geólogo Pierre Berthier, que en 1.821 halló en este lugar un nuevo mineral, inédito hasta entonces, y lo bautizó con el nombre de bauxita.



Ya en Saint-Remy, cenamos en una terraza. La camarera que nos atendió es de abuelos toledanos, y chapurrea algo de español.


Aunque sólo habíamos pedido unas ensaladas y alguna otra cosa ligera, los platos tardaron una eternidad en llegar, lo cual no quiere decir que nos aburriéramos: estaban de fiesta mayor, y un pasacalles animó la espera.



Cualquier rincón del mundo tiene dos caras bien definidas: la del día y la de la noche, y Saint-Remy de Provence no iba a ser menos: las callejuelas empedradas reflejando las luces de las farolas dieron un ambiente romántico a nuestro paseo.

Es un buen momento para acercarse hasta la casa natal de Nostradamus.



Toda la vida social se concentra en la explanada de la parroquia de San Martín, donde han instalado unas atracciones de feria, algunos puestos ambulantes de gofres y pizzas, y un escenario en el que una banda de música calienta motores para más tarde…



El cielo se ilumina de fuegos artificiales, y justo al acabar, el pueblo se congrega ante el escenario, los instrumentos empiezan a sonar…





Volvimos al hotel medio a tienta,s por unas calles mal iluminadas.



Dia 2



A la mañana siguiente cargábamos nuevamente la moto, y continuamos camino agitando la bandera de la imprevisión. Pusimos rumbo a Gordes, uno de los pueblos más retratados de la Provenza. Era día de mercado, por lo que estaba muy animado. Unas gitanas españolas están vendiendo ajos de estrangis, hay costumbres que también traspasan fronteras.







A mediodía, el pueblo empezaba a morirse de éxito: hileras de autocares descargaban turistas sin cesar, mientras centenares de coches se arrastraban por el atestado aparcamiento, buscando un cuadrado libre… Fue un buen momento para marcharse de allí.

A pocos kilómetros de Gordes está la abadía de Senanque, rodeada por un mar violeta de lavandas.





Roussillon nos saludó con sus diecisiete tonos de ocre: en las laderas de la montaña, en las paredes de las casas y en las figuras de arcilla que se venden en sus tiendas de recuerdos. Hemos aprovechado para almorzar en un restaurante con vistas al valle: la camarera es de Valencia y desoxida su catalán con nosotros.



Más adelante, la meseta de Valensole, nos presenta por vez primera esa postal provenzana que tanto anhelábamos: kilómetros y kilómetros de lavandas.




En uno de los campos, una cosechadora está recolectando; un pequeño tumulto de turistas japoneses se congrega a su alrededor. El olor es más intenso aquí que en cualquier otro lado. Estamos pisando centenares de flores desparramadas por el suelo, las mismas que se venderán en los comercios a precio de caviar.




Hubiéramos querido pernoctar en Valensole, pero  no contábamos con que la temporada alta de la Provenza es precisamente durante la recogida de la cosecha. Incluso la chica de la oficina de turismo nos ofreció una habitación de su casa.



Declinamos la oferta porque al final encontramos alojamiento en  un hotel de Allemagne-en-Provence, a 14 kilómetros; nos dijeron que les quedaba “la última habitación”, a un precio tirando a caro. Por fuera no da mala impresión, pero por dentro deja bastante que desear… Y eso que aún no habíamos visto la habitación, decorada “al estilo de la abuela” y con un furtivo olor a polvo y humedad. Y pese a que nos habían dicho que el hotel estaba a tope, no nos cruzamos con nadie en ningún momento: o eran huéspedes tremendamente discretos, o nos la habían colado.



En las afueras de Allemagne-en-Provence, un chateau indica que es “visitable a horas convenidas”, pero también que es de “propiedad particular”, y que “no se moleste fuera de horas”. Pues nada, au revoir.




Día 3

A primera hora de la mañana siguiente, ya estábamos encima de la moto: teníamos ganas de largarnos a toda costa de aquel hotel, y ni siquiera nos quedamos a desayunar.


Moustiers-Sainte-Marie es una preciosa villa situada a los pies de un acantilado de montaña del que brama una cascada. Es tradicional por sus cerámicas, que se vende por todas partes.




Encaramada en la pared, la capilla de Notre-Dame de Beauvoir vigila el pueblo, se puede llegar haciendo una pequeña pero trabajada excursión.

Otro de los emblemas característicos del pueblo es la estrella de 80 centímetros de diámetro, suspendida por una cadena anclada entre dos crestas de la montaña.

En una cafetería, ahora sí que nos hemos puesto las pilas con un desayuno “francés” (croissant, pan, mantequilla, leche), y después, hemos visitado "a vista de pájaro" las gargantas del Verdon.








Hay cierto tráfico, pero sin apreturas. En uno de los miradores, hemos coincidido con unos harlystas checos.


Ya de vuelta, hemos parado en Riez porque era día de mercado, comprando cerezas y algún cachivache más que hemos comprimido en el último hueco libre de las maletas.

Cerramos el bucle nuevamente en los alrededores de Valensole, y de allí a casa en uno de esos "maratones" de autopista que de vez en cuando hacemos cuando ya están hechos todos los deberes.







Saludos y buena ruta!

8 comentarios:

  1. Excelente relato Manel. Las fotos como siempre de diez. Esos azules de los campos de lavanda preciosos.
    Saludos.

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    1. Gracias, Pedro! Ahí queda la idea para otra de tus escapadas...
      Saludos!

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  2. Qué placer acompañaros desde este lado de la pantalla.

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  3. Como he disfrutado con vuestra Provenza. Leyéndote no hacen falta imágenes para ver ese paisaje.
    Decididamente, gracias.
    Gelu.

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    1. Gracias a tí por el habitual seguimiento, Gelu!

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  4. Hasta hoy no he podido meterme con ella a fondo, algo me decía que iba a merecer la pena y no podía dejarla sin leer. Como así ha sido, un gran viaje. Enhorabuena pareja!
    Abrazos

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    1. Gracias, Joaquín! Nos vemos pronto, abrazos de vuelta!

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