lunes, 11 de agosto de 2014

Chiquitan, chiquititan-tan-tan, que tum-bam-bam...

Paisaje gris de extrarradio: bajo el viaducto de la autopista, un sucio descampado sirve de aparcamiento para coches que, de tanto en tanto, amanecen con algún cristal roto y el interior expoliado. Junto al descampado, una edificación languidece abandonada, ultrajada y graffiteada. He pasado decenas de veces por delante, pero nunca había sentido el impulso de pararme y contemplar el lugar: lo conozco bien, esto fue una discoteca de reputación peligrosa, y las emociones que me transmite no son precisamente de cálida nostalgia...


("Flashback" hacia un pasado confuso). Finalizan los 80, empiezan los 90. Los templos de la música electrónica son la primera opción lúdica para muchos de los baby boom que acabamos de llegar a la mayoría de edad. Seguimos a la manada sin pararnos a considerar que es un atraco pagar 800 pesetas por un cubata de garrafón, bailar al ritmo de una música desquiciante, y volver a casa con nuestro disfraz de Depeche Mode atufado de olor a tabaco. Aun puedo considerarme afortunado de no haber acabado estampado en una cuneta mientras iba de copiloto en el GTI de alguna amistad peligrosa, o de haberme achicharrado las neuronas experimentando con sustancias más o menos legales... De hecho, ni siquiera me vi involucrado en ninguna pelea beoda digna de ser llamada así.


Es imposible rebobinar nuestra vida para rectificar los errores cometidos, pero si tuviera la oportunidad de hacerlo, no volvería a pisar una discoteca. Que otro agunte el Larios con Coca-Cola mientras menea la cabeza al ritmo de bomb the bass, y que otro pagafantas mire y no toque a sensuales mujeres claramente por encima de sus posibilidades...

En definitiva, que puestos a ser joven y rebelde, habría sido más digno ser un rocker mal afeitado o un heavy melenudo: como mínimo, me habría ahorrado el dineral del cubata (la cerveza siempre ha sido más barata), y las peleas en las puertas de los salones recreativos habrían tenido un trasfondo honorable.

Me pongo el casco, quito la pata de cabra y vuelvo a la carretera; son las 8 de la mañana y tengo ante mí un interesante día de moto. Los madrugadores y los noctámbulos nos cruzamos en la carretera, cada uno con sus motivos para creer que está donde debe estar.

5 comentarios:

  1. No se....No se.... ¿Ningún tiempo pasado fue mejor?
    La juventud siempre es rebelde y se revela y esa
    seria su forma de revelarse.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No niego "todo" el pasado, sino esta parte en concreto... también pasaron cosas buenas, como por ejemplo que éramos más jóvenes ;-)
      El artículo se ha de leer como una broma, un desvarío de agosto... Otro más, vaya.
      Gracias como siempre por estar ahí, saludos y buena ruta!

      Eliminar
  2. Esta si, esta crónica me la leo yo.
    Ayyyyy, cómo pasa el tiempo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ...demasiado rápido, diría yo ;-)
      Saludos y buena ruta!

      Eliminar