lunes, 15 de diciembre de 2014

Parisienne walkways

Sucedió en febrero de 2.011; mi amigo Ricardo tenía que pasar un par de días en el sur de Tarragona por asuntos de trabajo, y me preguntó qué tal tenía la agenda para bajar a Deltebre, jugar unas partidas al billar, y  rememorar viejas batallitas moteras. No pude decirle que no, es más, reservé una noche en el mismo hotel donde él se hospedaba,. Ricardo es valenciano y yo de la Cataluña interior, pero en nuestro caso, la distancia no es el olvido.


Al día siguiente, tras despedirme de mi amigo, decidí dar una vuelta por el delta del Ebre. Es una zona que hay que saber valorar y apreciar, ya que si no sabes dónde te metes, probablemente acabarás aburrido de tanta monotonía. El Delta se disfruta en plenitud leyéndolo entre líneas.


La playa de los Eucaliptus, al sur de la desembocadura, es un paraíso para solitarios; en verano está poco masificada, pero un día como laborable de febrero, es un auténtico desierto. La arena está lo suficientemente compactada como para arrimar la moto hasta mojar las botas en las olas.

En la distancia, un coche encarado hacia el mar recortaba su silueta. Al acercarme, descubro que, más que un coche, era una leyenda de la automoción: un Ford “Mustang” de finales de los 60, pintado en color verde inglés. Su propietario apoyaba el culo en el capó, observando la línea donde se juntan el mar y el horizonte. Al escuchar el ruido de mi moto, giró la cabeza y levantó la mano a modo de saludo; por la percha, deduzco que es extranjero, tal vez uno de esos jubilados británicos que se han establecido por la zona. Era corpulento, diría que navegaba por la sesentena con aparente buena salud, y una abundante cabellera rebosaba bajo la gorra que llevaba puesta. Un bon vivant.

Yo le saludé, aminorando pero no deteniéndome. Aún así, pude echarle un vistazo al Mustang, sin un gramo de óxido, como recién salido de Detroit. Su interior era de una piel beige que combinaba fantásticamente con el verde inglés de la carrocería.

El camino que seguía se acabó al final de la playa, así que necesariamente debía volver sobre mis pasos. El Mustang seguía en el mismo sitio, y esta vez sí que me paré, a unos cincuenta metros de él: total, ya llevaba idea de desayunar, y qué mejor sitio que este, respirando la brisa salada de un Mediterráneo liso como una camisa recién planchada. Saqué del cofre un brick de zumo de naranja y dos “donuts”.

De manera distraída, empiezo a caminar hacia el Mustang… El tipo seguía apoyado en el capó, sosteniendo en sus manos un vaso de cristal grueso lleno de un líquido ámbar que podía ser whisky o zumo de manzana. Una botella de "Jack Daniels" casi vacía sobre el capó despejó la incógnita. Tenía las sospechas de que el gentleman driver llevaba allí un buen rato, que no era el primer vaso que se servía, y que no se marcharía hasta acabarla.

Junto a la botella, otro vaso lleno de whisky, aunque no había nadie a la vista para acompañar al bebedor matinal... Creo que acababa de interrumpir una especie de ritual personal, pero ya era tarde para dar la vuelta y marcharme de allí como si nada.
-“Buenos días”-saludé.
-“Buenos días” -me respondió aquel hombretón, en un español que a duras penas enmascara su acento inglés, o tal vez irlandés.

-“Menuda obra de arte”, -dije señalando el Mustang con un movimiento de cabeza.
-“Muchas gracias, es mi fet… mi fes… mi festiche, ¿lo digo correcto?” -sonriendo un poco beodamente.

Mi mano todavía sostenía el botellín de zumo de naranja, y mientras lo alzaba levemente en su dirección, pregunté:

-“¿Por quién brindamos?”
-“Por Gary Moore, amigou. Por Gary Moore”. Me apuntó con el vaso, y luego lo entrechocó con el que estaba junto a la botella. El whisky desapareció de un sólo trago.

¡Gary Moore! Ahora caigo, la semana pasada salió en las noticias... Lo habían encontrado muerto en un hotel de la costa del Sol. No le dí mucha importancia porque, la verdad, no estaba familiarizado con su carrera artística.

Se hizo un silencio incomodo, era un buen momento para salir de escena: el tipo estaba pasando algún tipo de “duelo”, y el alcohol estaba dramatizado sus efectos. Así que nos hemos despedido, y tras arrancar la moto, acabé mi periplo por el delta y tomé la autopista para volver a casa por la via rápida.

En los alrededores de Tarragona, paré a comer en un área de servicio; la comida, como suele ser habitual en estos lugares, no tiene alma, son un simple trámite nutritivo que acarreé en una bandeja hasta una mesa con vistas al aparcamiento. La antítesis del romanticismo, pero se está calentito y cómodo.

Entre bocado y bocado, trasteé en el smartphone para escuchar algo de Gary Moore…

...Y resultó que Gary Moore era la ostia. Y me jode enormemente que haya tenido que morirse para darme cuenta de ello.

Volví a la moto, y conecté el bluetooth del casco: en la playlist, suena “Parisienne Walkways” mientras subo una marcha tres otra. Subo el volúmen al máximo, y por encima del motor y el viento, la guitarra de Gary Moore aúlla como si anunciara el Apocalipsis...
I remember Paris in ´49
Champs Elysées, Saint Michelle and old Beaujolais wine...

Noche del cinco de Febrero de 2.011. El “Kempinski Hotel Bahía”  es un lujoso y exclusivo establecimiento situado a diez minutos de Marbella. El cantante Gary Moore estaba hospedado en una de las suites, acompañado de su novia Petra Nioduschewski; va pasadísimo de alcohol, y se mete en la cama al borde del coma etílico. A las cuatro de la mañana Petra lo descubrió sin constantes vitales. Cuando llegó la primera ambulancia, ni siquiera le hicieron maniobras de reanimación, el cuerpo de Gary Moore estaba inerte, helado. Motivo del fallecimiento, ataque al corazón. Tenía 58 años.

Oooh, I could write your paragraphs,
About my parisienne days...

Aquel tipo del Mustang... ¿Yo brindé por Gary Moore, o con Gary Moore? 

Tal vez ví un fantasma, o quizás todo fue un sueño... Bueno, todo, no: Ricardo me dio una buena tunda al billar, y eso sí que fue completamente real.

3 comentarios:

  1. Algunas veces, cuando menos lo esperamos, nos ocurren pequeñas cosas en nuestras vidas que nos despiertan una conciencia que teníamos dormida. Gary Moore ha sido uno de los grandes y el hecho que después de escuchar una de sus canciones nos entren ganas de seguirlo escuchando lo demuestra, o almenos a mí me lo parece. Una buena narración Manel!!!

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