lunes, 19 de enero de 2015

Puente de Carlos III

Durante aquella década que podríamos situar entre la Transición y el Mundial del Naranjito, el área de influencia de Barcelona vivió un boom de segundas residencias, “terrenitos” que eran vendidos mayormente als altres catalans, inmigrantes venidos de la España rural para ganarse el pan con el sudor de sus frentes: mis padres, por ejemplo.

Tener uno de esos terrenos era ganarse un fin de semana perfecto: los mayores tenían su barbacoa, y los chicos, nuestras bicicletas y la imaginación.

De las laderas vírgenes brotaron decenas de urbanizaciones irregulares, alegales o directamente ilegales: aún hoy, muchas de ellas son parches urbanísticos mal asfaltados, mal iluminados y mal urbanizados donde conviven, en parcelas contiguas, el "quinqui" dinamitable y el amante de la naturaleza. Ejemplo de ello es cierta urbanización situada entre el Alt Penedès i el Baix Llobregat; el siglo XXI les ha suministrado alcantarillado, farolas y camiones de basura, pero no están tan lejos aquellos tiempos salvajes en los que mi familia se desplazaba hasta este mismo lugar en el SEAT 124. De vuelta a casa, mi padre siempre sintonizaba el "carrusel deportivo" mientras nos freíamos en el sistemático atasco de la N-340...

Tanto para ir como para volver, era obligado cruzar el puente del Generalísimo Franco, que saliendo de Molins de Rei, “saltaba” el río Llobregat... Pero antes de este puente hubo otro puente, mejor dicho una gran obra de la ingeniería del siglo XVIII, y que aún seguiría allí si no fuera por la estupidez humana. Esta es la historia del puente de Carlos III.


A principios del siglo XVIII, la dinastía borbónica articuló los dominios hispánicos a través de una serie de "caminos reales" que convergían en Madrid. El génesis de nuestras actuales carreteras radiales.

El camino a Barcelona presentaba un obstáculo complejo: atravesar el río Llobregat. En 1.763, el ingeniero militar Pedro Martín Cermeño supervisó la construcción de un gran puente de quince arcos y 335 metros de longitud, a las afueras de Molins de Rei. Cuatro años después, fue inaugurado.

Cruzar el puente no era gratuito, ya que había que someterse al pago de un peaje que estuvo vigente hasta bien entrado el siglo XIX. Los vecinos de Molins de Rei y Sant Vicenç dels Horts podían utilizarlo gratuitamente.

La importancia estratégica del puente motivó que fuera objeto de deseo: conquistado y perdido por las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia, escenario de escaramuzas durante las guerras carlistas del siglo XIX y, finalmente, dinamitado por los anarquistas durante la Guerra Civil. El puente aguantó todos los ataques... pero el peor golpe estaba por llegar.

La huída de la España rural a las industrias provocó una emigración masiva a Barcelona. Se construyen barrios enteros, y se escarbó en el lecho del río Llobregat para sacar toneladas de áridos, necesarios para fabricar el preciado cemento. Pero las excavadoras estaban demasiado cerca del puente.

En 1971, el lecho del río había bajado dos metros, y los cimientos del puente estaban preocupantemente a la vista. Unos técnicos municipales enviaron un informe al Ministerio de Obras públicas, explicando el “preocupante deterioro del puente”. Pero el daño ya estaba hecho, y seis meses después, la madrugada del 5 al 6 de diciembre, una fuerte avenida se llevó por delante dos de los arcos del puente, matando a un camionero que en aquel momento pasaba por allí.

Se construyó de manera apresurada una pasarela peatonal, y se suprimió el peaje de la autopista de Martorell. El 30 de diciembre, una nueva riada se llevó dos arcos más, acabando con la paciencia de las autoridades: el puente sería enteramente demolido, y en su lugar se construiría uno nuevo. 
Diversas asociaciones culturales y sociales pusieron el grito en el cielo, pero el veredicto del MOP fue inflexible: un puente nuevo “era la solución más viable y económica”. A hacer puñetas el patrimonio histórico.


Para (intentar) apaciguar los ánimos, los gobernantes plantearon volar el puente de manera controlada y reconstruirlo otro lugar, tarea imposible debido a la gran compacidad de la piedra original: aquel puente se construyó para ser eterno. Efectivamente, a finales de abril de 1.972 se realizó la voladura, esparciendo 70.000 toneladas de cascotes imposibles de ser unidos de nuevo.
En Enero de 1.973, se inauguró el nuevo “Puente del Generalísimo”... Cuatro décades después, hay que reconocer que éste también se construyó a conciencia, ya que lo único que ha perdido en todo este tiempo es el alias del dictador, y cada día resiste una de las más altas densidades de tráfico de Cataluña. El puente es una pieza más de un torturado nudo de comunicaciones donde convergen una autopista, una autovía, dos carreteras nacionales y tres líneas de ferrocarril.

8 comentarios:

  1. Muy buena historia, recuerdo el viejo puente, el dia 5 poco antes de que se derrumbara pasamos con nis padres con nuestro fabuloso Seat 800.
    Gracias por el apunte historico

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    1. Buff, menos mal que no os tocó aquella siniestra lotería... Saludos y gracias por el seguimiento!

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  2. Vaya historias nos cuentas. Muy interesantes y desconocidas, al menos para mí.
    Saludos.

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    1. Muchas gracias! Ya sabes que allá donde mires, siempre hay alguna cosa que explicar...
      Saludos y buena ruta!

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  3. Acá en Molins todos sabemos quién fué, el Sr. Mas Rubí

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  4. Manel, un gran artículo. Si deseas ampliar información, añadiré que un único trabajador custodiado por la Guardia Civil fue el encargado del derribo. Dicho trabajador fue mi padre.

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    1. Hola Elf, un halago contar con tu testimonio, no dudo que vuestras charlas familiares de sobremesa fueron (son) de lo más interesantes, al tener de primera mano lo que los demás sólo sabíamos por los periódicos.
      Un saludo!

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    2. Un placer de nuevo leer el artículo, a mi padre le ha encantado. Un saludo! :)

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