lunes, 30 de enero de 2017

El penal de Valdenoceda


Muchas gracias a Eduardo Martínez de Gereñu, por su paciencia y conocimiento.
 
La comarca de las Merindades, al norte de Burgos, es un “pegamento” que une Castilla y León, Cantabria y Álava. Al ser punto de encuentro de la meseta castellana y la cordillera cantábrica, su orografía está plagada de cordilleras y valles, uno de ellos el del río Ebro.

Ah, y en las Merindades hace un frío que pela durante la mayor parte del año.

Valdenoceda es un núcleo de población de 70  habitantes, al pie de la carretera N-232, y que sería fácil pasar de largo ante la falta de alicientes para el viajero; es, sencillamente, otro tranquilo lugar de las Merindades, encajado entre el río Ebro y la sierra de la Tesla. Sin embargo, en las afueras, una antigua fábrica de sedas guarda un “secreto” que constituye el enésimo ejemplo de ese españolísimo hábito de obviar los episodios más oscuros de nuestra historia: durante la Guerra Civil, en 1938, la fábrica fue reacondicionada como penal para reclusos, o más bien un pequeño campo de concentración.

El penal tenía capacidad para 300 prisioneros, aunque en su momento álgido llegó a albergar hasta 1600. En 1943, tras siete años de funcionamiento, cerró sus puertas, dejando un listado aproximado de 4000 personas recluidas y 155 muertos de hambre, frío o enfermedades no tratadas. La inmensa mayoría de ellos eran reos por “desafección al Régimen”.

El edificio, de tres plantas y sótano, no reunía las condiciones mínimas de salubridad. Los prisioneros convivían en grandes espacios comunes. Por el sótano discurría un canal de agua, desviado del Ebro, que en su momento movió las turbinas de los telares, y que se habilitó como “celda de castigo”; en época de crecidas, el nivel del agua llegaba a la altura del pecho de un hombre. Varios de los castigados murieron por hipotermia.
dibujo de José Robledano, exrecluso de Valdenoceda
Dar con tus huesos en aquel sótano era sencillo, a causa de la desproporción y arbitrariedad de los castigos; otras medidas disciplinarias eran permanecer obligatoriamente en pie durante horas, o privarte de alimento. Y por supuesto, las palizas estaban a la orden del día.

Las fugas eran inexistentes. El río servía de barrera natural, el perímetro estaba vigilado por soldados que se reemplazaban a menudo para mantener la atención, y en el interior, presos comunes de confianza (los llamados “cabos de vara”), vigilaban a sus compañeros.
Fuente: Gabriel Nieto Baeza
Fuente: Gabriel Nieto Baeza

Dibujo de Ernesto Sempere Villarubia, exrecluso de Valdenoceda
En invierno, las temperaturas gélidas causaban estragos, apiñándose los reclusos entre ellos para transmitirse calor. Piojos y chinches, más que un problema, eran una auténtica plaga.
dibujo de José Robledano, exrecluso de Valdenoceda
Cuando uno de los presos fallecía, sus propios compañeros se encargaban de fabricar un rudimentario ataúd de madera, y darle sepultura en un terreno anexo al cementerio de la iglesia de San Miguel. Los enterraban bien hondo para mantener los cuerpos a salvo de animales carroñeros. Esta situación de extramuros se mantuvo hasta los años 70, cuando la ampliación del cementerio abarcó finalmente la fosa común; no se hizo por voluntad de desagravio, sino por falta de espacio. De hecho, se plantaron nuevas tumbas encima de la fosa.

Recientemente, la tenacidad de descendientes de los fallecidos ha permitido recuperar 114 cuerpos. El resto, aprisionados bajo las nuevas lápidas, permanecerán allí para siempre.
Fosa común
Lápida con los nombres de las víctimas
Iglesia de San Miguel
Trabajos de exhumación de los cuerpos, en 2014 (fuente: El País)
Entrega de los restos a familiares (fuente: Álvaro Minguito)
Entrega de los restos a familiares (fuente: Álvaro Minguito)
Hoy, el edificio del antiguo penal es un cascarón vacío de funcionalidad, pero lleno de significado; las rejas que antaño sellaban las ventanas han sido arrancadas, pero aún son perfectamente visibles los agujeros de sus anclajes. Carteles de “cuidado con los perros”, vallas sin fisuras y puertas celosamente trabadas con candados mantienen la distancia con el visitante ocasional.

El día que visité Valdenoceda tuve la suerte de contar con la compañía de Eduardo, que además de ser un perfecto compinche de rutas, es un gran conocedor de la historia de estas tierras, y fue el que me mostró un monolito plantado en la carretera del puerto de la Mazorra, que resultó ser el lugar donde el falangista Máximo Nebreda cayó abatido por el fuego amigo de la Guardia Civil, pocas horas después de haberse declarado la guerra. Resultó que los agentes confundieron la bandera falangista rojinegra que ondeaba en su coche, con una de la CNT. No fue la única vez en la guerra que hubo este malentendido. “…dio su vida por Dios y la Patria el 22 de julio de 1936”.

 Saludos y buena ruta!

2 comentarios:

  1. Muchas gracias por lecciones de historia viva

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    1. Gracias a tí por el seguimiento, saludos y nos vemos en ruta!

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