miércoles, 29 de noviembre de 2017

Embalse de Gabriel y Galán



Al norte de la provincia de Cáceres, en una vasta zona entre el valle del Ambroz y las Hurdes, se desparraman las aguas del embalse de Gabriel y Galán. Alimentado por el río Alagón, esta monumental reserva de agua es un tesoro para un territorio castigado por prolongadas sequías.

Fuente: en la imagen
Fuente: Fran Asensio
Fuente: Fran Asensio

Proyectado ya desde los primeros años del siglo XX, su construcción no se inició hasta 1952. Al frente de las obras colocaron al ingeniero de obras y caminos Juan Bonilla Domínguez, hombre brillante, adelantado a su tiempo… y pragmático: durante la ejecución de la obra, se enfrentó con los responsables de la contrata a causa de un defecto en la cimentación de la presa, y aunque en principio fue relevado del cargo (acusado de “boicotear la obra a causa de su ideología comunista”), consiguió una entrevista con el mismísimo general Franco, y tal fue su poder de persuasión, que fue restituido en el cargo.

Juan Bonilla (Fuente: Radio Interior)

Expediente en el que se "justifica" el despido de d. Juan Bonilla (fuente: wikipedia)
Las obras del pantano supusieron la revolución de una zona hasta entonces anónima: multitud de puestos de trabajo (sobre todo de las poblaciones más próximas, Granadilla, Guijo y Ahigal), la construcción de nuevas carreteras, y el levantamiento de un poblado para trabajadores e ingenieros, con “lujos” tales como un hospital con quirófano, cine o supermercado.

Para fabricar el hormigón de la presa, excavaron la roca de una montaña cercana, aún hoy se puede ver el “mordisco”. También fue preciso expropiar todas las tierras del pueblo de Granadilla, que siendo la base de su economía, lo condenó a su desaparición aún sin que sus aguas lo sumergieran. El último habitante de Granadilla se marchó en 1965.

En 1961, el pantano fue finalmente inaugurado, con toda la parafernalia del Régimen. Fue llamado “Gabriel y Galán” en honor al poeta salmantino José María Gabriel y Galán, que vivió sus últimos años en Guijo de Granadilla, y que pese a ser “forastero”, arraigó en la tierra que inspiró algunas de sus obras y le vio morir. Buena parte de las tierras anegadas por el pantano fueron de su propiedad, por lo que su familia solicitó el nombre de la obra a modo de homenaje. En Guijo de Granadilla es posible visitar su casa-museo.

Volviendo al pantano, presenta unas medidas colosales: 924 hectómetros cúbicos, y 4700 hectáreas anegadas. Sus aguas se utilizan para el riego, y también para alimentar una central hidroeléctrica de 110 mW.

Cierto día conocí a Francisco, uno de los ingenieros (“llámame trabajador, por favor”) que se encarga del mantenimiento de la presa. Mi interés por la obra propició que Francisco me hiciera uno de los “regalos” más preciados que he recibido: visitar las entrañas de la presa.

Nos hemos citado en la coronación de la presa, a medio camino de los dos extremos. La carretera de Villanueva de la Serena, que aprovecha la presa para “saltar” el embalse, está desierta. Una pequeña cancela con candado nos separa del primer nivel. Estamos dentro.

Un gran espacio abovedado sirve de “hall” para el montacargas que une las seis galerías de la presa. También hay una caja de terminales electrónicos, precariamente tapados por un improvisado techo de metacrilato: “cada vez que llueve hay filtraciones, la presa en sí está empapada, que ya es normal, pero esto es agua de las lluvias”, me comenta Francisco mientras señala un charco con el haz de una vetusta linterna de pilas recargables que lleva siempre consigo durante la ronda. Todos los pasillos están eficientemente iluminados, pero hay que ser previsor ante un posible apagón.

Inmediatamente por debajo de la carretera, hay una larga terraza con vistas al valle, y al río que vuelve a embalsarse ya desde el mismo aliviadero: el agua es oro líquido, y tenemos ante nosotros la cola del embalse de Valdeobispo, cuya presa está 20 kilómetros más abajo. Desde la terraza también observo un detalle que inquieta al cronista, pero que Francisco relativiza: grandes grietas en la estructura de las columnas, monitorizadas por unos sensores que tiene adheridos: “esto pasó desde que hicieron unas voladuras en la base de la presa para meter la tubería de la central hidroeléctrica, pero yo siempre he visto las grietas igual. Esta presa es indestructible”. En efecto, al fondo se observa la tubería de marras, que finaliza ante las instalaciones de la central. Tiene un diámetro muy grande, ya que las características de la presa impidieron  construir un “tobogán” que le diera impulso al agua. Menos ímpetu, más caudal.


Francisco me muestra el montacargas. En su interior hay dos teléfonos: uno con línea exterior (“está averiado desde la tormenta del otro día”), y otro de aspecto mucho más vetusto, hecho de pesada baquelita. Este último forma parte de la red de teléfonos internos, hay varios diseminados por la presa, y una ingeniosa ruedecilla imantada en el auricular permite generar una especie de “efecto Doppler” que se propaga por el resto de terminales, y así avisar de una emergencia.


Por motivos de seguridad, nos abstenemos de coger el montacargas, que por cierto tarda un minuto en completar todo el recorrido. En su lugar, volvemos a la carretera, y con el vehículo de Francisco bajamos hasta la base de la presa.

Una puerta de recio metal nos introduce, ahora sí, en la red de galerías de la presa. Esta puerta, como todas las demás, tiene un sensor que dispara una alarma en el edificio principal. Hablando de sensores, encontramos el primero cuando aún no hemos dado cinco pasos por el interior de la galería… éste, en concreto, mide el volumen de  agua que se desaloja por la canaleta del pasillo. Encontraremos más aliviaderos de este tipo, el interior de la presa es sorprendentemente húmedo.


Las galerías presentan un recorrido uniforme, clónico, por lo que tras varios centenares de metros, el cronista ha perdido por completo el sentido de la orientación. En un momento dado, la bóveda se  ensancha, la iluminación aumenta, e incluso la humedad retrocede gracias a la acción de unos potentes calefactores que funcionan las 24 horas del día: estamos en uno de los “puntos sensibles” de la presa, el lugar desde el que se controlan las compuertas de los desagües de fondo. Aquí se mezclan las ancestrales ruedas y engranajes de hierro con la domótica, el pasado y el presente. Un panel numérico exige que, antes de cualquier operación, se introduzca una clave de seguridad, todas las precauciones son pocas cuando tienes ante ti la posibilidad de anegar buena parte del noroeste extremeño. Es en estos momentos cuando la figura de Francisco se hace más grande, y como él, la de tantos otros “Franciscos” que tienen al alcance de sus dedos la responsabilidad de un trabajo que exige hacerlo bien, porque la alternativa es devastadora.




Seguimos deambulando por las galerías. Aparecen más sensores, por ejemplo uno que mide las filtraciones que discurren por dentro del hormigón: “a veces se genera demasiada presión, y es preciso perforar la pared para sacar el agua fuera”. Yo me encomiendo a la tranquilidad del ingeniero, pero como neófito en el tema, cada vez imagino más este hormigón como una gigantesca esponja. Francisco ríe, e insiste en que todo ello forma parte de la normalidad de cualquier presa.

Otro tramo de escaleras nos lleva hasta uno de los puntos más interesantes de la presa: el nivel más bajo, donde nuestros pies “pisan” tierra firme. El hormigón de las paredes tiene otro tipo de granulado, más tosco. Estamos donde empezó todo, el lugar donde se volcaron las primeras hormigoneras. La bóveda se agranda, y es atravesada por las dos inmensas tuberías de los aliviaderos bajos. Están tratadas con un material a prueba de óxido, y tuvieron que instalarlas incluso antes de levantar las paredes. Cómo no, aquí también hay filtraciones, y ante la falta de aliviaderos al exterior, toca poner una bomba con sensor de aforador que impulse el agua hasta los aliviaderos del piso superior.


-¿Y si la bomba falla?-pregunto yo.
-Pues… ¡tráete el bañador y el colchón de playa! -me responde Francisco, divertido. Por si acaso, han tendido unos cables para que, en fechas breves, unas cámaras de circuito cerrado controlen a distancia y en todo momento el lugar.

Sin salir del sótano, observo una gran curiosidad de esta presa… el lado Este presenta un galopante problema, que sin embargo no se da en el lado Oeste: una gran acumulación de cal allí donde hay humedad. Francisco me señala grandes cascarones calcáreos en la pared: “en el piso de arriba te voy a dar una gran sorpresa”, me prometió. Y la tuve…

El montacargas antes mencionado no es el único “pozo” vertical que tiene la presa; en varios puntos, otros conductos unen perpendicularmente todas las galerías. A través de ellos pasan cables, sensores de plomada (miden la flexión de la pared de la presa), y también son lugares por los que el agua filtrada se escapa en sentido descendente. Al pie de uno de esos conductos hay, en palabras de Francisco, una “balsa de curaciones mágicas”, agua saturada en cal que a lo largo de los años ha ido dejando un rastro de estalactitas y formas caprichosas en las paredes. “Mete la mano”, me dice Francisco; así lo hago, y la saco con una sensación “de aceite” que me dejó la mano insólitamente suave hasta el día siguiente…


-“Este agua ha curado eccemas y urticarias resistentes a los medicamentos” –comenta Francisco –“y aquí está, inaccesible y anónima”.

Seguimos por las galerías. Otra escalinata, ésta vertical, nos mete en una claustrofóbica oquedad donde hay tuberías y más llaves de paso. Francisco dice algo así como que esto es un bypass de algo, pero sus palabras se diluyen y se espacian porque algo ha captado su atención: un engranaje no está como él esperaba, y toca hacer comprobaciones mientras el cronista guarda un prudente silencio. Tras diez minutos de manipulaciones, todo vuelve a la normalidad: me da la sensación de que, pese a lo grande que es la presa, si chuto una piedrecilla con el pie, Francisco lo sabrá la próxima vez que la vea.


Después de casi tres horas dentro de este submundo, salimos nuevamente al exterior. Las últimas luces del día le dan a la presa un toque romántico, o tal vez es mi estado de ánimo. En todo caso, soy un tipo feliz y privilegiado por haber podido realizar esta singular y feliz visita.




Muchas gracias, Francisco, por tu confianza y buen corazón, y muchas gracias Raúl "John Doe", por encender la mecha que precipitó todo lo demás.

Saludos y buena ruta!

6 comentarios:

  1. Gracias a ti por compartirlo my friend! Pero yo no hice nada, solo morir de envidia 😂😚

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  2. Una vez más, redescubriendo hitos del pasado olvidados en el presente. Gracias.

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    1. Gracias a tí por el seguimiento, fiera! Nos vemos en la carretera o donde sea, pero que sea pronto ;-)

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  3. Así si, los pantanos abundan en historias trágicas previas a su construcción pero este punto de vista es muy interesante.
    Saludos.

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    1. Te entiendo, yo también he disfrutado un montón dando un enfoque diferente... Saludos de vuelta, y gracias por estar siempre ahí!

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