martes, 2 de enero de 2018

Postales de Marruecos, 3. Imilchil-Merzouga



Por la mañana, todas las penurias del día anterior parecían olvidadas. Qué increíble es la adaptación del cuerpo humano una vez le has dado calor, alimento y ocho horas de sueño. De nuevo, estábamos todos sentados alrededor de la gran mesa comunal del salón, desayunando el típico pan redondo que nos ofrecen en todas partes.

El propietario de la kasbah nos comenta que, de aquí en adelante, la carretera seguirá siendo una mierda, pero eso sí, una mierda asfaltada. Imilchil empieza a entrar en el siglo que le corresponde, sobre todo desde que en fechas recientes llegaron la luz eléctrica y las carreteras pavimentadas. Una vez al año, se celebra el “festival de las bodas”, donde diversas tribus bereberes se reúnen para unir parejas, una especie de “speed dating”, pero con firma de matrimonio al momento. Las mujeres se visten con túnicas coloridas, y los hombres, con chilabas y turbantes blancos.

Tan superada teníamos la etapa de ayer, que sugerí desandar unos kilómetros del camino infernal  para ver dos grandes lagos (“Isli” y “Tizlit”, el lago del novio y la novia), que nos pasaron absolutamente desapercibidos en la oscuridad. Total, que después de desayunar, unos cuantos desmontamos las maletas y volvimos a tragar polvo hasta llegar a los mencionados lagos.







De vuelta a Imilchil, y  antes de marcharnos definitivamente, hemos repostado en la única gasolinera que hay en 150 kilómetros a la redonda; estaban reformando la marquesina, y no parece haber incompatibilidades entre el tipo que está soldando unas planchas por encima de nuestras cabezas, y el empleado que reposta nuestras motos justo debajo de él, ajeno a la lluvia de chispas incandescentes.

Un grupo de cuatro chavales se arremolina junto a nuestra moto; intento convencerles de que se estén quietos para sacarles una foto, resultando imposible porque van a su bola. Saco el monedero, pensando que un poco de calderilla disciplinaría a mis pequeños soldados: el que parece ser líder de la manada exige todas las monedas para él, y yo cojo un cabreo de mil demonios ante semejante muestra de egoísmo. Les dí una moneda a cada uno, y se esfumaron entre chillidos. Una mujer y su hija de tres o cuatro años aparecen montadas en un burro, la madre envía a la niña hasta donde estoy yo, burdo chantaje emocional, pero es imposible negarle nada a aquella chiquilla de cara sucia y ojos negros como platos. Más calderilla cambia de manos.

Antonio ha visto la escena, y opina: “No es buena idea darles dinero, estos chavales tendrían que estar en la escuela, y si les enriquecemos a cambio de nada, seguiremos dándoles motivos para que no vayan”. En Marruecos la educación es universal y gratuita, tal vez estos chicos acaben siendo pastores, pero no analfabetos.

Seguimos hacia el Sur, surcando ese impresionante muro de la naturaleza que es el Atlas; al otro lado nos espera la inmensa nada del desierto.





El altiplano del Alto Atlas es una zona rica en agua, lo que favorece el cultivo de regadío. Aquí no hay tractores, sólo burros y brazos. El pueblo de Agoudal nos brinda un paisaje bíblico, con casas de adobe y agricultores labrando tierras. En el arcén, muchas mujeres caminan acarreando pesadísimos fardos, algunas de ellas cubriéndose el rostro con las manos al ver el ojo intimidatorio de la cámara de Isabel por encima de mi hombro.













El final del altiplano nos aboca al abismo de la cara sur del Atlas. La carretera por la que transitamos era camino hasta hace apenas dos años, el paisaje es rotundamente pedregoso y no hay vida hasta donde llega la vista. Coronamos el paso de Tizi-Tirherhouzine, que tutea a los grandes “pass” alpinos con sus 2.700 metros.





La bajada de Tizi-Tirherhouzine es vertiginosa pero dentro de un orden: el asfalto es nuevo, pero está sucio de grava y tierra. En Ait-Hani nos desviamos para alcanzar la garganta de Todra, el último “regalo” que nos brinda el Atlas antes de abandonarlo definitivamente.






Todra se ha convertido en referencia indiscutible del Marruecos turístico gracias a la reciente “asfaltización” de su acceso. La carretera nos encaja en el fondo de la garganta, entre paredes de 33 metros de anchura por 300 de altura. Durante el rato que permanecimos allí, las motos causaron un gran revuelo entre algunos turistas orientales que habían desembarcado de un autocar, especialmente un grupo de chicas pekinesas bastante pasadas de vueltas.





A pocos kilómetros de la garganta está el mirador de Tinerhir, desde el que se puede contemplar el oasis de palmeras que rodean la ciudad. Una pequeña multitud autóctona intenta venderte baratijas, fósiles, y por supuesto los típicos pañuelos bereberes.





La parada del mirador ha sido breve, ya que esta vez sí que es imprescindible llegar al destino temprano: nos esperaban unos “buggies” para ver la puesta de Sol entre dunas. Así que hemos arrancado hacia Merzouga, a los pies del Erg Chebbi...

Paréntesis para una clase de geografía para Dummies: cuando nos referimos al “desierto del Sáhara”, lo solemos asociar con un inacabable paisaje de dunas, pero esto no es así: además de los mares de dunas (erg), también hay grandes valles de roca (hamada), planicies de grava (reg), y lagos salados (Chott). El Erg Chebbi es la única zona de dunas en Marruecos, y mide 22 kilómetros de largo por 5 de ancho.


Merzouga es una de las varias “puertas del desierto” donde el asfalto termina, y la aventura en mayúsculas empieza. Unos kilómetros más allá está la kasbah "Atlas du Sable", aunque para todo el mundo es simplemente "la kasbah de Alí el Cojo". Alí, controvertido e inclasificable, es una institución en el lugar: efectivamente, la polio le robó una de las extremidades, pero viendo como se mueve con las muletas, es más ágil que muchos tíos “enteros” que conozco. Y allí estaba, esperándonos en la puerta de la kasbah, y gesticulando para que “nos diéramos prisa de una puta vez”, mientras señalaba con una muleta la caravana de cuatro “buggies” que nos habían traído hasta la puerta para ganar tiempo.




El funcionamiento del “buggy” es muy simple: una palanca para seleccionar adelante, atrás o neutral, pedal de acelerador y un pedal de freno que, en nuestro caso y sin pretender demostrar nada, no pisamos ni una sola vez. Nos guía un monitor que, a modo de única explicación, nos dijo que ni se nos ocurriera adelantarle a no ser que quisiéramos dejarnos los dientes incrustados en el Sáhara. Los buggies estaban “capados” de motor, aún así fueron suficientes para descargar adrenalina subiendo y bajando cuestas a priori demasiado pronunciadas. Tan a tope estábamos con el pilotaje, que casi fue un incordio detenernos contemplar la puesta del Sol. Un atardecer en el desierto es algo que todo el mundo debería ver antes de morir. Y ver amanecer, una puta obligación.




Volvemos a la kasbah con el crepúsculo en las retinas, y rebozados en polvo. Dani insiste en tirarse a la piscina porque “he venido aquí para darme un chapuzón en noviembre”, los demás nos acomodamos en la terraza, aprovechando que la noche permite estar al fresco



Alí se une a nosotros, desgranando su habitual repertorio de chistes malos. Nos pregunta que qué tal ha ido la experiencia con los buggies, ya que el dueño del negocio es primo suyo... ¡No jodas! Pues ahora que lo dices... le hemos braseado con las pocas prestaciones de las máquinas, y de paso porque nos han “sisado” diez minutos de la hora pactada. Alí monta en cólera, y llama por teléfono a su primo para darle un sobreactuado chorreo: total, que al final hemos acabado pagando la cantidad ya pactada.

Poco después, hemos pasado a cenar. Hay buffet libre en el que, por la experiencia de otros años, sólo hay una regla sagrada: mantenerse alejado de la paella. Las mesas son corridas, y aprovechamos para confraternizar con otros huéspedes. Por Alí el Cojo han pasado buena parte de los que son o fueron alguien en el mundo de los grandes raids, amén de otras personas, personalidades y personajes de todo palo y condición.

Al ritmo que vamos (y con las edades que empezamos a tener) resulta casi imposible estirar una tertulia cervecera hasta altas horas de la noche… pero hicimos lo que pudimos.

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