lunes, 15 de enero de 2018

Postales de Marruecos, 4. Sáhara

Al día siguiente, teníamos planeado desintoxicarnos un poco de la moto, y dejarnos llevar por un par de todoterrenos en una ruta circular alrededor del erg... Pero Adolfo, Joaquín y yo teníamos otros planes en la cabeza, que le planteamos a nuestro road-leader:

-“Antonio, ¿podríamos hacer la ruta con las motos, siguiendo a los todoterrenos?”

…Y Antonio recogió el envite:

-“Quitad las maletas y cualquier plástico que se pueda caer, hoy veremos poco asfalto”.


En Erfoud convergen pistas de piedra oscura que a nuestro paso volvían a levantar un polvo anteriormente removido por Ciril Neveu, Gaston Raier, Stéphane Peterhansel, Marc Coma… recorrer esta "tierra santa" tiene algo de espiritual, y también un punto de locura que nos hizo perder complejos con el gas, y ponernos sobre los estribos al grito de "¡¡Yippi-kay-yee!!".

La primera toma de contacto con la tierra duró poco, ya que a escasos kilómetros de Merzouga está el “Morocco National Auto Museum” (MNAM). La entrada cuesta la voluntad, y en su interior hay una parte de los más de 400 vehículos que colecciona el jeque Hamad Bin Hamdan Al-Nahyan, de Abu Dhabi. Es la segunda fortuna de los Emiratos Árabes Unidos, y eso en aquellas latitudes quiere decir mucha, pero que mucha pasta.



La mayor parte de su “flota” automovilística está en Abu Dhabi, dentro de una monumental pirámide metálica plantada en medio del desierto... Pero le sobran coches para llenar otros edificios, como éste en el que nos encontramos, en ninguna parte al pie de las dunas.

La colección tiene un punto anárquico, sin criterio, pero con clara abundancia de todoterrenos: al jeque le pirran los grandes monstruos americanos, pero no es su única extravagancia… Como si fuera un chapista atacado de locura, de vez en cuando ordena transformar vehículos hasta lo aberrante: en este museo hay dos Jeep “Wrangler”, uno ensanchado hasta los cuatro metros (Antonio jura haberlo visto circulando), y otro estrechado hasta menos de un metro, y evidentemente sin motor. Además, en el museo de Abu Dhabi es posible contemplar un Jeep Willys agigantado cuatro veces su tamaño (record “Guiness”), o la limusina más larga del mundo.




De nuevo en ruta, dimos un descanso a las suspensiones y nuestros empastes para llegar hasta Rissani siguiendo la carretera N-13: asfalto, normalmente te amo, pero hoy quiero tenerte lejos.




Nos rodean los “Djbel”, montañas peladas de aspecto marciano… y auténtico vivero de fósiles. Nos puso los pelos de punta ver tantos restos milenarios al alcance de cualquiera que pase por allí. Unos kilómetros más allá volvimos a “lo marrón” para alcanzar la llamada “cárcel portuguesa”.


Realmente, esa cárcel nunca ejerció como tal. Se trata de una “olla” natural que, gracias a la construcción de una pared artificial para acabar de cerrarla, sirvió durante el siglo XIX como gigantesco aljibe de agua pluvial. El muro fue construido por esclavos subsaharianos que posteriormente eran vendidos en Portugal, de ahí tal vez le venga el nombre.

La subida hasta la cúspide de la olla es asunto de endureros experimentados, así que todos menos Antonio hemos dejado las motos bajo la sombra de una acacia, y subido a los todoterrenos para ganar de esta manera la terraza más espectacular del viaje, perdiéndose nuestra vista en la inmensa nada de la mayor hamada del mundo…




Los árabes utilizan la expresión “¡Dios te envíe a la Hamada!” cuando quieren mandarte al infierno, muy adecuado teniendo en cuenta que aquí no es inusual ver temperaturas de 55 grados, y ninguna miserable sombra en la que refugiarse.

 La “cárcel portuguesa” ha sido escenario de películas como “el príncipe de Persia” o “La Momia”, y fondo natural para spots publicitarios de todo tipo.



Desandamos el camino hasta Rissani. En las afueras están los colegios, y casualmente es la hora del fin de las clases: centenares de jóvenes invadieron la gran avenida con sus bicicletas. Era de locos circular así, pero nadie dijo que un viaje a Marruecos fuera a ser convencional.

Rissani es otro icónico cruce de caminos, y por lo tanto punto de confluencia de caravanas comerciales, exploradores que iban o volvían de la aventura, o sencillamente lugar de referencia para nómadas bereberes. De aquellos tiempos conserva su inmenso mercado, que tiene el encanto de lo auténtico, con pocos guiños a lo turístico pese a que Rissani es la ciudad “grande” más próxima al Erg Chebbi. Pasear por el mercado supone saturar la vista y el olfato: especias, carnicerías, ropa, animales vivos de granja e incluso una zona de herrerías.





En una inmensa explanada junto al mercado, centenares de vecinos "aparcan" sus burros con los que cargan o comercian; es mejor mantener una prudente distancia, ya que las pulgas también campan a su aire.


Un chaval preadolescente se dedicaba a afilar cuchillos en una muela de piedra; Antonio aprovechó para sacarle punta a su navaja, ya que poco después la utlizó para filetear unas generosas tiras de ternera: “hoy comeremos unos entrecots que os vais a chupar los dedos”, nos prometió.


De nuevo en ruta, poco nos duró el asfalto, ya que poco después tomamos un camino de tierra hacia Tisserdmine, el lugar más remoto de este viaje: allí sólo había piedra dura, algunos arbustos raquíticos, y garitas militares que, en los promontorios más elevados, vigilaban "a cara de perro" la frontera con Argelia.

El único negocio que allí había es la Maison Acacias; tres años antes, era un restaurante para expedicionarios rudos, pero poco a poco, conforme iban ahorrando dinero, lo han invertido en agregar habitaciones para convertirlo en un hotel de un millón de estrellas, gracias a la nula contaminación lumínica. A nosotros nos interesaba sobre todo su cocina, y más concretamente la barbacoa en la que brasearíamos los entrecots de Antonio.

Unos críos (¡siempre críos en todas partes!) se han sentado en el suelo, a una prudente distancia de nosotros; tal vez tenían cinco o seis años, y llevaban baratijas liadas en pañuelos. Las extendieron en el suelo, esperando pacientemente nuestra atención.

Isabel y yo recordábamos, de un viaje anterior a Tisserdmine, a un anciano extremadamente delgado, acuclillado en una pared: nos dijeron que aquel hombre tenía ciento cinco años, y que ver pasar la vida desde aquella pared era lo único que hacía de la mañana a la noche… Cuál fue nuestra sorpresa cuando volvimos a preguntar por él y...

-“¿Aquel hombre? -exclamó Antonio- Ahí sigue, con sus ciento ocho años… Mira, precisamente Mustafá, el dueño de aquí, es su bisnieto”-y llamando al chaval que nos atendía, le preguntó: “-¡Musta! ¿Qué tal está el abuelo?”

Musta se atascaba bastante con el español, aún así nos respondió:

-“Bien, bien… Cada día sale de casa, y vuelve a meterse por la noche”.

Ciento ocho años, la madre que me parió. En mi pueblo, gente bastante más joven ha sido visitada por el alcalde, con una tarta llena de velas y un fotógrafo para inmortalizar el momento. Tisserdmine está tan perdido en el mapa, que ni la innombrable de la guadaña ha sido capaz de encontrarlo.

A todo esto, los chiquillos de las baratijas no se habían movido de donde estaban. Aún nos quedaban ropas, lápices de colores y libretas, y allí se quedó todo.

Una vez más, se nos volvió a echar el tiempo encima; el desfase horario de Marruecos provoca que a las cinco y media ya empezara a anochecer, detalle que nos se nos metía en la jodida mollera porque estábamos en el desierto, caray! En el campamento, unos camellos nos esperaban para llevarnos a ver la puesta del Sol desde lo alto de una duna; los que iban a bordo del todoterreno llegarían a tiempo para ello, no así para los que íbamos en moto… Pero ninguno de nosotros hubiera cambiado ese paseo en camello por el increíble día de moto que estábamos disfrutando.

Así que la caravana se partió en dos: los todoterrenos partieron zumbando hacia el campamento del desierto, y los demás volvimos a la kasbah de Alí el Cojo para cargar el equipaje, y con un poco de suerte, llegar a las haimas antes de que oscureciera del todo…

A un kilómetro de la kasbah de Alí, los tornillos que fijaban el faro suplementario de mi Yamaha decidieron quedarse para siempre en el Erg, quedándose el faro colgando sólo por el cable. Como no llevaba las maletas, tampoco llevaba a mano herramientas para solventar el problema, así que decidí llegar a ritmo de caminante para salvar el faro, y de paso no rayar todavía más el guardabarros delantero. Casualidades de la vida, un mecánico nativo andaba por allí trasteando en un 4x4. Le pregunté si tenía un par de tornillos para arreglar el desaguisado: “no hay problema, voy al taller a buscarlos, y en un momento te lo arreglo”...


“Prisa mata”, dicen en Marruecos, y aquel “momento” se convirtió en una hora. Para cuando el mecánico volvió a dejar el foco en su sitio, ya había oscurecido. Las haimas no estaban muy lejos, apenas 15 kilómetros, pero no había un camino claro, y llegar era cuestión de intuición y referencias que de noche no teníamos: se nos entrecruzaban pistas de tierra, y no sabíamos cuál era la buena. Pasamos un mal rato, que empeoró aún más cuando el camino se convirtió en una arena que tumbó la moto de Adolfo, y pocos instantes después, la de Antonio al hundirse la pata de cabra de su BMW.

Finalmente, una vacilante luz en la distancia nos sirvió de referencia para ubicar el campamento. Antonio dijo: “¡Tenemos que ir hacia la luz!”, y yo, pese al estrés, me descojoné, respondiéndole "¡Hacia la luz, Carolaiiiin!". Llegamos al campamento a la vez que los expedicionarios a camello, los cuales, ajenos a nuestras tribulaciones, venían flipando con su escapadita crepuscular.




El colofón a un día tan intenso fue comprobar que las haimas eran tiendas de campaña por fuera, pero puro lujo por dentro. Incluso había duchas con agua caliente.

La luz eléctrica era servida por un generador que ronroneaba discretamente en la distancia, y la iluminación exterior corría a cargo de decenas de velas metidas en fanales, además de una gran hoguera alrededor de la cual nos congregamos todos para comentar, cerveza en mano, lo mucho que había dado de sí el día.

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