domingo, 21 de enero de 2018

Postales de Marruecos, 5. Merzouga-Zagora



El prólogo de hoy es el epílogo de ayer. Nuestra tienda de campaña tenía un ventanuco, y a traves de él, podía observarse como la oscuridad de la noche empezaba a difuminarse; tengo urgencia por salir a exprimir las últimas horas en el el Erg, pisar la arena con los pies descalzos y, tal vez, sentarme en una duna para preguntarme si procede agradecer a alguien que estemos aquí, o tal vez todo el mérito es nuestro por hacer frente a las prudencias de nuestro instinto de conservación...

Fuera de la tienda, el paisaje sugiere que estamos perdidos en medio de la nada, pero un paseo duna arriba confirma que la “civilización” no está tan lejos como para sentirte un náufrago a la deriva.

Creía haber ganado la medalla de oro al más madrugador, y tuve que conformarme con la plata: Joaquín ya está en lo alto de una duna, recortando su silueta al alba con una fotogenia de concurso. Junto a él, a pocos metros, un bereber espera pacientemente cualquier cosa que necesitemos. Me uno a ellos, y desde nuestra atalaya, observamos como poco a poco la gente va saliendo de sus tiendas... No todos lo harán, algunos prefieren cambiar el amanecer del desierto por una hora más de sueño. Herejes.

Nuestro bereber no nos agobia con zalamerías gratuítas; de vuelta a las tiendas, le di en nombre de todos cincuenta dirhams, y en el mío, una camiseta del “club YBR”, grupo del cual formé parte durante unos años, y hacia el que me siento en deuda por contribuir a que sea el motorista -y la persona- que soy. Desde hoy y hasta que se haga jirones, la camiseta del club paseará por el desierto.


Por cierto, tan inolvidable como la salida de Sol fue el abrazo recibido a cambio de la camiseta: Quique, yo también encontré al hombre libre… Me dijo su nombre, pero lo olvidé, tal vez un momento de amnesia deliberada para asegurarme de que un día volveré para que me lo repita.

En el campamento, el ínclito Alí volvió para revolucionarnos a todos, y pide que “aparcarquemos estéticamente” las motos, ya que quiere retratarlas para promocionar su negocio entre la familia motard.




Volvemos a cargar las motos con nuestro equipaje; el paréntesis "sin-moto-para-algunos" de ayer ya es historia, y volvemos a la dinámica habitual de dos a bordo y casa a cuestas. Nos despedimos haciendo un poco el indio por las dunas, y después de clavar la rueda trasera hasta el guardabarros, decidí que ya estaba bien de jugar a que sabía mucho de offroad.

La etapa de hoy debía “amarse” por lo que muestra, pero también por lo que sugiere: no es un trayecto complaciente, de hecho estaremos casi permanentemente rodeados de descarnados Djebels de rocas hostiles y abrasadoras... Nuestras máquinas irrompibles y las cervezas en la nevera del 4x4 hacen que la etapa sea coser y cantar, pero cincuenta años atrás esto era una travesía de riesgo para aventureros que realmente merecen ese adjetivo.

A estas alturas, ya no nos sorprenden las furgonetas abarrotadas hasta el techo de personas, los numerosos controles policiales, o los camiones Mitsubishi cargados hasta lo imposible. En los márgenes de la carretera, diversos camellos comen arbustos ajenos al bramido de las motos.

Más allá de Tazzarine, nos sorprende una carretera nueva, reluciente, incluso los guardarraíles están inmaculados: hasta hace pocos meses, esto era una pista de tierra utilizada para llegar a Zagora tragando polvo y calor del Djebel Rhart; todavía se puede recorrer, pero su trazado, paralelo a la carretera, hace que no tenga sentido maltratar las mecánicas de manera gratuita.

Poco antes de llegar a Zagora, nos sorprendió un “diablo de polvo”, torbellino de arena generalmente inofensivo, pero cuya energía no se puede calibrar hasta que te metes dentro. En nuestro caso, afortunadamente sólo fue una anécdota más, un moderado zarandeo y más arena para mascar.

Zagora es una ciudad joven, creada casi enteramente a principios del siglo XX. Como todas las urbes bereberes, el ritmo de vida es más sosegado, y sus gentes te miran con más curiosidad que ganas de rebañarte el bolsillo. Hemos llegado a una hora sorprendentemente temprana, media tarde, y Antonio ha vuelto a sorprendernos con el alojamiento escogido: un riad de cabañas individuales.

En el aparcamiento del riad nos esperaba Hassan, primo de Mohamed Gordito, que fue uno de los mecánicos más conocidos de la zona por su habilidad para reparar "más o menos" bien y en tiempo record cualquier avería que se le planteara. Gordito falleció en 2015, a causa de una complicación renal, Aún no había cumplido 40 años.
Mohamed "Gordito", el primero por la derecha
 Hoy, sus familiares y descendientes continúan al frente del negocio, y por eso está aquí Hassan, para engrasar, lavar o reparar lo que nos pudiera hacer falta. Javi aprovechó para pedirle que echara un vistazo a la sangrante horquilla de su BMW, que desde la épica noche off road en el Atlas no ha dejado de perder aceite… Hassan lo mira con ojos dudosos, no es habitual ver una “F-ST” en esta parte del mundo, y probablemente no tendrá repuesto, pero intentará hacer una ñapa con lo que tenga a mano. Se lleva la moto, prometiendo que “mañana a primera hora estará de vuelta”.

El riad tenía una piscina de agua helada, y nos ha faltado tiempo para ponernos los bañadores. Además, yo he contratado los servicios de una masajista para intentar reconstruir mi maltrecha espalda.

Refrescados y aligerados de la cordura, nos hemos acercado hasta la ciudad, funcional y con poco atractivo turístico: sencillamente es un lugar de paso y comercio, otra frontera con el desierto. También está el mítico cartel de “Tombuctou, 52 jours”, que es el tiempo que tardaba una caravana de camellos en llegar hasta la ciudad santa de Mali, también conocida como "perla del desierto".

Teníamos referencias sobre una pastelería que vendía una de las delicatessen de Marruecos: sus dulces. Generalmente elaborados sobre una base de frutos secos y endulzados con miel, son un maravilloso acompañamiento para el té… y tal vez la razón por la que hemos visto tantas dentaduras maltrechas.

De vuelta al riad, muchos no hemos pasado una buena noche porque aquellos colchones eran duros como una piedra: en palabras de Javier, “si haces el salto del tigre, igual te rompes algo”.

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