lunes, 29 de enero de 2018

Postales de Marruecos, 6. Zagora-Marrakech



Hassan el mecánico ha cumplido con su palabra, y a las ocho de la mañana traía de vuelta la moto de Javisin arreglar, o peor aún, más desarreglada: no pudo hacer nada para detener la hemorragia de la horquilla, y además, ahora no prendía la luz de cruce.

Aunque parecía haber una causa-efecto evidente, Hassan jura y rejura que “ni se ha acercado a los cables de las luces”. Javi, sabedor de que no hay un puñetero día que lo acabemos con luz solar, volvió al taller del Gordito para reemplazar la bombilla, mientras el resto iniciábamos una etapa dura de roer: 400 kilómetros.

Los primeros kilómetros son extraordinariamente bellos: el valle del Draa es el oasis más grande de Marruecos, y reserva datilera mundial, cien kilómetros de palmeras non-stop.

Los pueblos de adobe contrastan con el verde de las palmeras y el furioso ocre de las montañas que nos rodean. El río Draa, paralelo a la carretera, es un bullicio de mujeres lavando ropa.

Más allá del palmeral, entre Agdz y Ouarzazate, la carretera se retuerce para remontar el Anti-Atlas, tan desolado y sin embargo tan atrayente...



En Ouarzazate, paramos a repostar junto a los estudios cinematográficos “CLA”. La lista de superproducciones aquí filmadas es muy extensa: “Babel”, “La Momia”, “Troya”… Marruecos tiene los mejores ingredientes para "cocinar" películas ambientadas en cualquier lugar del mundo árabe, sin los inconvenientes de jugarte el pellejo por culpa de guerras civiles, étnicas, religiosas, o sencillamente ser daño colateral por cortesía de una potencia militar del primer mundo. El país alauita tiene sus movidas, pero la sensación de seguridad es alta.

A pocos kilómetros de Ouarzazate, es casi obligado parar en la kasbah de Aït-Benhaddou, una de las mejor conservadas de Marruecos. Paradigma de las construcciones defensivas bereberes, también ha acogido multitud de rodajes cinematográficos: aquí vendieron al “esclavo” Russell Crowe en Gladiator, y si quiere más ejemplos, señora, se los doy.

Más allá de Aït-Benhaddou, la carretera nacional 9 da una breve tregua en la transición del Anti-Atlas al alto Atlas. Es el único paso entre Marrakech y el desierto, por lo que hay mucho tráfico, muchos de ellos camiones que sudan anticongelante y vomitan humo negro; para acabar de echarle pimienta al asunto, hay bastantes tramos en obras.

En la cumbre, ningún motero pasa de largo sin retratarse bajo el letrero que hay en la cumbre del Tizi-n-Tichka: 2.260 metros sobre el nivel del mar. Tradicionalmente reconocido como “el paso más alto del norte de África”, esto ya no es así desde la asfaltización de la carretera de Tizi-Tirherhouzine (consulta el capítulo 3). Pese a ello, conquistar Tizi-n-Tichka sigue siendo un reto fascinante... y algo peligroso por la ya comentada orografía y tráfico. Este paso fue construido por los franceses en 1936, siguiendo la lógica militar de la época.

La bajada por la vertiente norte siendo accidentada a causa de las obras. Decenas de camiones trasiegan rocas sin descanso, convirtiendo la carretera en un peligroso lodazal. Retroexcavadoras hacen equilibrios aparentemente imposibles en las laderas, y cada segundo parece ser el último antes de que alguna de ellas se precipite sobre nuestras cabezas. Nada de eso pasó, y poco después hemos llegado al extrarradio de la ciudad más delirante del país: Marrakech.

Quien quiera decir que "ha visto de todo" sin salir de una ciudad, deberá venir a Marrakech, urbe de un millón y medio de almas que se dividen entre los que viven en la ville Nouvelle (diríase que en expansión infinita), y la medina, núcleo histórico de la ciudad.

Nuestro hotel estaba en la parte nueva, algo alejado del meollo turístico. Es un complejo de cuatro estrellas, con una decoración casi extravagantemente ostentosa, muy al estilo años 80. Unos mozos te abren las puertas, otros te llevan las maletas. También tienen en nómina a un perro de raza indefinida al que veremos paseando a su bola por todas las plantas del hotel.


Nos ponemos cómodos (bendita sea la moto, pero que nadie nos niegue el placer de cambiar la ropa gore-tex por un pantalón de algodón y unas bambas), y hemos dado un paseo hasta el centro; podríamos haber cogido un petit taxi, pero a todos nos apetecía estirar las piernas. Durante el trayecto nos cayó la noche encima.

El minarete de la mezquita de Kutubía, máxima altura de la ciudad, sirve de referencia para llegar hasta la medina. El mencionado minarete fue el “original” a partir del cual se clonó la Giralda de Sevilla.

Cerca de Kutubía está la plaza de Jamaa el Fna, un mundo paralelo de contadores de historias, encantadores de serpientes, domadores de monos, ladrones y polis de la secreta, acróbatas e incluso dentistas, todos desparramados junto a los típicos puestos de dátiles y zumos de naranja.

Flanqueando la plaza hay diversos cafés con terrazas elevadas. Uno de ellos, el café Argana, fue objetivo de un sangriento atentado terrorista en 2011; unos bastardos fanáticos pusieron una bomba que segó 17 vidas. Nosotros nos hemos instalado en el lado opuesto, en el "café Glacier", para cenar unas pizzas “a la marocain”.

Para volver al hotel, unos cuantos se hacinaron en un par de taxis, pero Joaquín, Dani, Isabel y yo decidimos hacer bajar las pizzas dando otro vigoroso paseo nocturno. Antes de subir a las habitaciones, echamos un vistazo al “piano-bar”, poco adecuado para tomar el último combinado ya que las prostitutas eran demasiado visibles.

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