domingo, 4 de febrero de 2018

Postales de Marruecos, 7. Marrakech-Ouzoud-Málaga. Epílogo.



La etapa del día siguiente cubría 160 kilómetros, así que, por una vez, deberíamos haber llegado temprano al destino, ¿no?

Y un rábano. “Temprano” fue un concepto nunca atendido en este viaje… Así lo supimos desde el momento que Joaquín nos dio los buenos días exigiendo “un hospital o un tiro de gracia”: había pasado una noche de amor con el retrete, abrazado a él o sentado sobre él, vaciando sus entrañas hasta la última molécula. Afortunadamente, todos habíamos contratado un seguro de asistencia en viaje: Marruecos tiene una eficaz red sanitaria… en carísimas clínicas privadas.

Así que, tras desayunar, un taxi se llevó a Joaquin a la Clinique Grand Atlas mientras los demás fuimos a matar el rato deambulando por Marrakech, que de día ofrece un aspecto muy diferente a la noche.

Nuestros andares nos llevaron hasta la cotidianidad de un mercado local no aparece en las guías turísticas. Más tarde, nos perdimos por la siempre abigarrada medina; hay que estar alerta con los ciclomotores que circulan a saco entre la marea humana mientras su conductor grita “balak, balak!” (¡cuidado, cuidado!). Los escaparates de las zapaterías ofrecen "presuntas" marcas de moda a una cuarta parte de su precio. También hay hammams, baños segregados por sexos que siguen siendo el punto de encuentro de los marrakechís. Un barbero me ofreció arreglar mi maltrecha y cada día más poblada barba. En el zoco, un curioso tipo medio árabe y medio chino abordó a Isabel para intentar venderle unos graciosos candiles a 50 dirhams; un minuto después, se llevaba dos a mitad de precio. Mi mujer “regatea” duro, puro ADN catalán.



El mediodía fue la hora de las decisiones: los del hotel nos apremiaban para abandonar las habitaciones, y Joaquín seguía "aparcado" en un box de urgencias, encadenado por vía entravenosa al suero fisiológico; su diagnóstico fue tranquilizador, no había nada más allá de una descomposición por el cambio de hábitos alimenticios. No fue el último en caer, pero sí el único que acabó en un hospital. El papeleo del alta podía demorarse unas cuantas horas, así que cargamos su moto en el remolque del 4x4 -bendito deux ex machina-, y se lo dejamos aparcado en la puerta de la clínica mientras los demás nos poníamos en marcha para ahorrar tiempos muertos.

El trayecto hacia Ouzoud, virando hacia el interior en dirección nordeste, fue aburrido a matar, sin excusas que distrajeran nuestra atención de una carretera demasiado recta y saturada de tráfico. En Sidi-Rahal, paramos a comer en uno de tantos restaurantes con barbacoa anexada que había a pie de carretera.

Un último giro nos dejó frente al aparcamiento de las cascadas de Ouzoud; es uno de los espectáculos más impresionantes del norte de África, un manantial de vida en caída libre de 110 metros que puedes dramatizar a tu antojo ya que hay pocas barandas entre el espectador y el abismo.


Un camino flanqueado por tenderetes permitía alcanzar la base de la cascada; la zona está habitada por macacos que no tienen reparo en acercarse al visitante, especialmente si sospechan que llevas algún cacahuete encima.



El ocaso nos cayó encima. La falta de luz no nos preocupó porque nuestro alojamiento -la kasbah Ouzoud- estaba a menos de dos kilómetros. El complejo tiene un edificio comunal construído en adobe, y diversas cabañas bereberes que nos rifamos a discreción... Por cierto, Joaquín ya nos esperaba, al final su mejor terapia fue abandonar aquella clínica y volver a respirar el aire libre... Bueno, eso, y unos antidiarréicos también.

La kasbah también tenía una piscina con iluminación subacuática, y aunque la temperatura no estaba para bañadores, en cinco minutos estábamos dando brazadas: era nuestra última noche en Marruecos, y demonios, era casi obligado cometer alguna extravagancia...

El tiempo se nos escurría entre los dedos como arena del desierto.




Epílogo

Bip-birip, bip-birip, bip-birip...
El despertador nos sacó de la cama a las "¡canastos!" de la madrugada, y aún sumergidos en la negra noche, cargamos las motos por última vez en suelo marroquí. Estábamos a 600 kilómetros de Tánger, y nuestro ferry zarpaba a las dos de la tarde.

La moto de Joaquín seguía atada en el remolque, y aunque él todavía estaba físicamente vapuleado, exclamó: “llegué a Marruecos montado en la moto, y montado en ella me marcharé”. Épico. Entre linternas del móvil y aplausos, devolvimos la moto al suelo.

Partimos aún a oscuras, y rápidamente ganamos altura siguiendo una carretera retorcida y estrecha... Como un maravilloso regalo de despedida, una enorme luna llena iluminaba el valle a nuestros pies. Esta fue la última gran postal de Marruecos.

Lentamente, el alba aclaraba nuestro camino, algo que todos deseábamos ya que la carretera, poco más que una pista forestal mal asfaltada, estaba plagada de piedras.

Aquellos fueron los últimos 46 kilómetros “salvajes” de nuestro viaje; en Beni Mellal, la carretera se convirtió en una autopista que ya no abandonamos hasta el puerto de Tánger, desde donde saltamos a la península en una travesía tal vez demasiado agitada por los vientos del estrecho.


Más tarde…

La mayoría seguimos juntos hasta Málaga, donde Antonio y su mujer Susana nos llevaron a comer "espeto" al paseo marítimo.

Pese a la deliciosa cena, yo estaba debatiéndome entre dos contradicciones: la satisfacción del camino recorrido se enfrentaba a la negación infantil de admitir que todo había terminado. La desolación sólo se aplacó con la certeza de que, tras el telón caído, ya se estaba ensayando la próxima función.

Si ya has estado en Marruecos, espero haber sido certero removiendo tus propios recuerdos, y si aún no has tenido la suerte de viajar hasta allí, ojalá este relato te haya dado el empujoncito definitivo: cuando regreses de allí, tú también querrás explicar un montón de cosas.

Saludos y buena ruta!

2 comentarios:

  1. Pues soy de los que todavía no hemos bajado al Moro, asignatura pendiente y crónica guardada para un futuro. Gracias por compartir la experiencia, como siempre un diez. Saludos

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    1. Con el bagaje que lleváis, ir a Marruecos será pan comido, como bajar a buscar el pan ;-)
      Gracias por el seguimiento, un saludazo!

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