domingo, 1 de abril de 2018

Penitencia


Era casi de noche cuando llegamos a Penitencia.

Decidimos pernoctar aquí por una cuestión inevitable: la casa rural que nos iba a acoger es el único alojamiento en varios kilómetros a la redonda.

Desde el minuto cero, Penitencia nos envió un mensaje de “somos así, y no vamos a cambiar por ti”: la calle de acceso a lo que podríamos llamar “el centro” es estrecha y mal iluminada, flanqueada por desvencijadas hileras de casas.

La plaza de la iglesia es uno de los pocos lugares en los que el espacio coge un poco de aire, circunstancia que aprovechan ocho o diez coches para estacionar. Allí también estaba el único bar del pueblo, su dueño lo es también de la casa rural; insiste en escoltarnos con su coche, porque la casa está cerca, “pero las calles son estrechas, y acabo antes así”.

Tras un breve “eslálom” nocturno a una velocidad que se nos antojó muy poco prudente, finalmente llegamos a la casa. Estábamos a unos 300 metros a pie del bar, pero para llegar con los vehículos hemos tenido que dar un largo rodeo, siempre por calles claustrofóbicamente estrechas.

La casa no es muy grande, y sus cinco habitaciones se expanden en vertical, repartidas en tres plantas. La nuestra está en el primer piso, fría, austera y con un indefinible olor viejuno en el ambiente… Creaciones de ganchillo se desparraman sobre una pequeña televisión de tubo, y también en una colcha presuntamente decorativa. Sobre la cama reposan las toallas más ajadas que nunca habíamos visto.

Como la tele es de las antiguas, el aparato de TDT es externo, con su propio mando a distancia. El tipo de la casa nos hace un rápido tutorial para poder hacer funcionar el aparato, y ya marchándose, da un repaso a los horarios de la cocina: “se cena a las nueve y media, no vengáis antes porque no está la cocinera. Por la mañana se desayuna a las nueve y media, no vengáis antes porque estará cerrado”. Aquel tipo llevaba fatal lo de tratar con desconocidos, circunstancia que en principio entra en conflicto con regentar una casa rural.

Finalmente, nos hemos quedado a solas en la habitación. La cama era un poema: el cabecero repiqueteaba contra la pared al mínimo movimiento, la almohada tenía el grosor de un folio, y los muelles del colchón hacía años que habían claudicado. Las sábanas, al igual que las toallas, habían sido lavadas un millón de veces, y en el plato de la ducha había moho. Elegí un mal día para olvidarme las chanclas.

La hemos cagado con el alojamiento. Muy pocas veces habíamos dicho eso en voz alta, ya que somos gente de pocos alardes. Si no fuera porque ya era noche cerrada, tal vez nos hubiéramos largado de allí sin más.

Bajamos a la calle. Tenemos casi dos horas hasta que sean las famosas “nueve y media”, así que decidimos dar una vuelta para intentar reconciliarnos con aquel pueblo.

Penitencia cuenta con algo menos de doscientas almas censadas, encajonado en una depresión entre montañas de suave orografía. No es un pueblo agrícola, la única tierra cultivable son unas pocas hectáreas ocupadas por árboles frutales; su bonanza pretérita se basaba en la alfarería y en procesar cierto compuesto químico, pero de eso hace casi dos siglos, y hoy Penitencia está sumida en un ostracismo del que no sabe o no quiere salir.

En quince minutos, hemos recorrido el pueblo de punta a punta. No hay vida en las calles, y tampoco hay comercios. El único barullo lo ponen tres críos jugando con patinetes en la plaza de la iglesia, chillando como si no hubiera nadie más en el mundo, y sin padres a la vista que les pidan un poco de contención y respeto.

No es lugar agradecido para pasear. Las calles están en cuesta, mal iluminadas; deambulamos en silencio porque alzar la voz supone alertar a los vecinos de que hay alguien ahí fuera. En un chaflán, tras una vitrina iluminada, nos observa un Cristo de mirada escrutadora, parece saber que yo no comulgo con él, y no me lo perdona.

Ayudados por la linterna de los teléfonos, hemos subido hasta un castillo en ruinas que se eleva sobre el pueblo; desde la altura y la distancia, todo se pacifica (excepto los puñeteros críos, incluso desde aquí les oíamos). La postal nocturna, bajo un cielo despejado y sin contaminación lumínica, nos ha proporcionado un rato de bienestar.

Tanta soledad es incluso desasosegante, así que finalmente nos hemos acercado al bar del pueblo: aún queda media hora para las nueve y media, pero se nos han acabado las alternativas para hacer turismo, y además la temperatura ambiente se había desplomado.

Resultó que aquel bar acogía todo el bullicio que no vimos en la calle, básicamente el resto de clientes de la casa rural, y un grupo de cazadores que nos observan con poco disimulo, tal vez prejuzgando que esos forasteros son enemigos de su afición ancestral. Jugamos claramente en campo contrario.

El bar no ofrece ninguna concesión a la estética, y allí no se ha puesto una alcayata ni se ha dado una mano de pintura desde que Felipe González ganó sus primeras elecciones. La televisión está emitiendo un Getafe-Celta a un volumen hirientemente elevado. Las otras mesas están ocupadas por dos parejas que sólo pueden ser huéspedes de la casa rural, también con cara de circunstancias.

Puntualmente, a las nueve y media nuestro anfitrión nos ofreció pasar al “comedor”, una sala segregada con la misma austeridad estética, pero como mínimo aislada del volumen de la tele. La cena es un bistec con pimientos: no lo hemos elegido, es lo que nos han dicho que había. La botella de agua que nos han traído tenía el tapón abierto, y ya avanzada la cena, el camarero nos ha retirado el cesto con las dos rodajas de pan que quedaban, lo ha rellenado, y lo ha puesto sin ningún disimulo en la mesa de al lado.

Nos levantamos la mesa sin tomar postre: hemos pedido una pieza de fruta fresca (“cualquier fruta nos vale”, le suplicamos), pero el tipo dice que sólo hay flan.

En el breve paseo de vuelta a la casa, por una “calle Mayor” que casi podíamos abarcar con los brazos abiertos, Isabel deja una frase tan lapidaria como acertada: “nadie de aquí tiene argumentos para decir lo bonito que es su pueblo”.

Tras una noche de sueño intermitente (constantemente me caía al centro de la cama), empaquetamos nuestras cosas. Yo andaba loco por dar gas y largarme de allí, renunciando al desayuno-brunch de las nueve y media; Isabel, como buena catalana, dice que “ya está pagado, y lo vamos a aprovechar”, así que volvimos a hacer tiempo dando un paseo matinal, dándole una segunda oportunidad al pueblo para que nos cayera bien.

De día, la cosa no mejora, más bien empeora. Las calles están pavimentadas con un hormigón que se resquebraja aquí y allá, y el fantasma de una fiesta mayor de meses atrás se manifestaba en descoloridas banderolas de plástico que nadie se ha molestado en descolgar. Remolinos de basura se acumulan en zonas neutrales, más allá de los zaguanes, al parecer el barrendero no está ni tampoco se le espera.

Al igual que la noche anterior, el bienestar está a las afueras, más allá de las casas. Un camino, opuesto a la loma del castillo, nos vuelve a poner el pueblo en perspectiva. La luz del amanecer dignifica el paisaje, e incluso le da un aire bucólico. El único halago que puedo dedicarle a Penitencia es que se disfruta de lejos.

A un par de kilómetros, las ruinas de una ermita venida a más –o una iglesia venida a menos-, vuelven a recordar que aquí no hay ganas de gustar o gustarse.

Tras un desayuno funcional, cargamos el equipaje y nos vamos sin mirar atrás, por la variante muerta de una carretera nacional. El vertedero está a pie de carretera, y están quemando basuras.

6 comentarios:

  1. Vaya depresión jajaja Excelente relato !! Dan ganas de ir a ver si es cierto...

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    1. Sería la leche, poner de moda un sitio por lo cutre que es! Gracias por el seguimiento amigo, nos seguimos leyendo!

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  2. Todos hemos tenido algún "destino" parecido en alguno de nuestros viajes. Es lo que tiene viajar a menudo, jajaja. Como dice el compañero, está tan bien contado que parece cierto. V´ssssssssssss

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    1. "¿que parece cierto?" En el relato, lo único falso es el nombre del pueblo, que lo cambié para que no me lapiden la próxima vez que pase por allí!
      Muchas gracias por el seguimiento, saludos y buena ruta!

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  3. Buénísmo.
    Me recuerda a uno que visité yo una vez.
    Lo llamé VillaSordidadeArriba.
    Porque... si.
    Había una "VillaSordidaDeAbajo"
    Aún peor...!
    ;-)

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    1. Hay muchas "Penitencias" por ahí sueltas ;-)
      Gracias por el seguimiento!

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