domingo, 3 de junio de 2018

Cementera de Xerallo


Las comarcas catalanas del Pallars Jussà i la Alta Ribagorça están unidas por la carretera N-260, llamada pomposamente “eje pirenaico”, aunque a efectos prácticos es una precaria carretera de montaña a la que el título de “nacional” le viene muy grande, especialmente en el tramo que comunica La Pobla de Segur y el Pont de Suert a través del puerto de la Creu de Perves: son las primeras grandes alturas del Pirineo, y al estar de camino hacia algún otro sitio, la presión turística es muy relativa, disfrutando sus escasos habitantes de un estilo de vida que se ha movido muy poco con el paso de los años.

Por ese motivo, darse de bruces en uno de sus idílicos valles con la mole de una fábrica cementera es un anacronismo que casi obliga a frotarse los ojos para creérselo; y si además tu inquietud te hace detenerte unos instantes para contemplarla, deducirás por su silencio que ese gigante ya pasó a mejor vida, pero a la vez está demasiado entera como para llevar cuarenta y cinco años abandonada: está tan retirada de todo, que ni siquiera los vándalos la han encontrado para reventar sus vidrios a pedradas. Esta es la historia de la cementera de Xerallo.

En la España de la posguerra, la generación de energía hidroeléctrica era fundamental para hacer funcionar al país; en los valles del Pirineo, multitud de ríos se embalsaron para canalizar su furia y convertirla en vatios. La construcción de estas infraestructuras (presas de Canelles, Santa Anna, Cavallers…) motivó una gran demanda de cemento, y qué mejor manera de conseguirlo que fabricarlo allí mismo. Así fue como, en 1950, se levantó la cementera de Xerallo, junto al río de Bellera para colmar sus necesidades de agua, y también muy cerca de las minas carboneras de Malpàs, que le suministraban el combustible. El árido se extraía de las montañas vecinas, roca calcárea de gran calidad.
fuente: Joan Tous i Casals
 Junto a la cementera, se levantó el poblado de Xerallo, para acoger a ingenieros y trabajadores venidos de todo el país; la barriada no tiene entidad administrativa propia, depende del ayuntamiento de Sarroca de Bellera. 

Obviamente, el tiempo que estuvo funcionando la cementera supuso una época de prosperidad para sus vecinos y trabajadores, con un generoso sueldo que multiplicaba el poder adquisitivo de una comarca plenamente agrícola. En Xerallo llegaron a vivir casi 400 personas, con “lujos” hasta entonces exclusivos de grandes ciudades como un casino, o un cine que proyectaba películas de estreno. También se les multiplicó la polución por gases y polvo en suspensión, cuestión que se hizo más llevadera con la instalación, pocos años después, de unos filtros en las chimeneas.
fuente: pasapaspercatalunya.wordpress.com

La vida de la cementera se puede considerar efímera, ya que tan sólo 23 años después de su inauguración, en abril de 1973, cesó su producción en una opaca decisión corporativa que, dicen, pretendía reducir competencia en el negocio del cemento. Oficialmente, la fábrica había dejado de ser rentable.

Desde entonces, la fábrica fue desmantelada, y sus edificaciones (chimenea, silos de almacenaje, despachos de administración) resisten el paso del tiempo con sorprendente entereza: al parecer, se hicieron con cemento del bueno, jaja.











Entre semana, Xerallo es una barriada fantasma que no se viene abajo gracias a que las primeras vivendas ahora son segundas, y con una decena de habitantes empadronados que, si están, no se les ve.

Antigua cantera que abastecía la cementera

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