lunes, 24 de septiembre de 2018

Cabo Norte (el viaje completo)


Voy a ser sincero: nunca había priorizado ir a Cabo Norte como aquel suspirado destino que algún día haría mío. Ciertamente es un viaje exigente, tal vez lo más bestia que se pueda plantear alguien que viva en la península ibérica y no pretenda salir de esa civilizada Europa en la que cualquier imprevisto se resuelve con una llamada de teléfono y una tarjeta de crédito a mano… Pero hay que tener muy en cuenta que el destino es lejano, el viaje es aburrido según por donde subas, y todo es muy caro cuanto más al norte estés. Pero la llamada del punto más septentrional de Europa (concepto falso, por cierto) es muy potente, y cada vez son más los motoristas que se animan a conquistarlo, provocando a su vez un “efecto llamada” entre los que esperan su turno, y leyendo crónicas como ésta comprueban que efectivamente querer es poder.

En mi caso, el viaje debía tener necesariamente unas paradas interesantes más allá de los paisajes indómitos del círculo polar ártico, y sobre todo, que mi pareja Isabel sufriera lo menos posible la excesiva kilometrada… Empezando por esto último, la solución vino en forma de billete de avión que le ahorraría el acercamiento por tierra. De este modo, cuando estuviéramos juntos tendríamos la faceta más turística del viaje… y los once días que yo campase a mi bola por Europa los invertiría haciendo paradas en sitios singulares marca Kaizen, historias fenomenales que explicaré en otro momento porque no quiero distraerme del Gran Viaje.

Los preparativos son muy importantes, y a que a no ser que tengas las posaderas encallecidas, probablemente este será el viaje en el que más horas te vas a tirar encima de la moto; la equipación ha de ser la adecuada, la máquina tiene que estar mimada y revisada como nunca… y bueno, la cuestión económica ya la he comentado, ¿no? Asume desde ya que en Escandinavia vas a ser un indigente en moto, y tu vida glamurosa será básicamente dormir en campings y comer salchichas en las gasolineras… y ni de coña te acerques al alcohol, está tan gravado con impuestos que te será más barato brindar con caviar.

Empecemos por la moto: mi SuperTeneré comienza a tener un extenso currículo de kilómetros (cumplió 100.000 en algún lugar de Finlandia), así que no escatimé en gastos a la hora de ponerla a punto: consumibles y líquidos nuevos, batería recién cambiada y un juego de neumáticos que durarán los veintidós días de este viaje… En mi caso, y “haciéndole el salto” a mi marca de toda la vida, opté por unos Continental ContiTrail Attack 2, con un dibujo más asfáltico del que llevo normalmente… porque “se suponía” que en este viaje no íbamos a salir de lo negro, ¿verdad? Más adelante, os comentaré el fenomenal comportamiento que brindaron estas gomas en los casi doscientos kilómetros de pistas sin asfaltar que recorrimos.

Por lo demás, me veo en la obligación de volver a mencionar uno de los mejores accesorios que llevo: el asiento de gel Lolo Pámanes (www.lolopamanes.es), del cual ya he hablado en otras ocasiones, pero que en este viaje pasó su prueba de fuego salvando literalmente mi culo en sucesivas “milkilométricas” etapas.

Referente al equipamiento personal, y si bien es cierto que se puede ir al fin del mundo con una chupa de polipiel y unos papeles de periódico a modo de aislante, es importante que la ropa sea técnica, eficaz y sobre todo muy cómoda. Yo opté por la chaqueta Held Caprino y el pantalón Held Arese, productos que ya llevan unas temporadas en el mercado, y por tanto, probadísimos. Por debajo de la primera capa, opté por la camiseta y pantalón termorregulador Rukka Outlast, todo un hallazgo por su increíble comodidad… Puedes encontrar todos estos artículos en www.ubricarmotos.com .

El día de la partida, con la moto torpe de tanto peso y tus allegados con más cara de preocupación que ilusión, es inevitable tener un instante de duda, de aquellos en los que piensas “¿qué es este fregado en el que me estoy metiendo?”, pero el movimiento disipa tus inquietudes, y si cuando rebasas la frontera ya ni piensas en ello, es que lo estás llevando fenomenalmente.


Desmontemos un mito en voz bien alta: acercarse a Cabo Norte es un soberano coñazo. Si eres uno de esos currantes que no va precisamente sobrado de días y dinero, deberás ir y volver de manera decidida; ello implica no mirar mucho a los lados y dar caña por la autopista, primero fundiendo la tarjeta en Francia -bendita tarifa reducida para las motos-, y luego en las autobahn alemanas, gratuitas y de velocidad libre. Respecto a estas últimas, te aconsejo encarecidamente que no bajes la guardia ni te flipes con el puño del gas, ya que Alemania tiene un tráfico muy denso y son frecuentes las retenciones: yo fui testigo de más de media docena de accidentes por alcance, alguno de ellos grave.

Para romper un poco la rutina, en Friburg abandoné temporalmente las vías rápidas para atravesar Schwarzwald, la “Selva Negra”, zona montañosa plagada de bosques de abetos, pueblos de postal y carreteras muy apetecibles. También aproveché para enterrar en el fondo del equipaje la chaquetita veraniega y los tejanos reforzados con los que había salido de casa, sacando a su vez el flamante equipo “Held”, que estrenaba por vez primera… Demasiado tarde me percaté de que, si tenía algún problema de roces o mala adaptación, me iba a comer el marrón los próximos veinte días, pero tanto la chaqueta como el pantalón encajaron como un guante. Con los días tomé conciencia de que este es el mejor traje que nunca antes he llevado, y que detrás del elevado precio hay un trabajo de desarrollo y diseño de producto: hay una vida mejor, pero es más cara, amigos.


Ya en el norte de Alemania, una de las fórmulas más utilizadas para cruzar a Escandinavia es tomar el ferry de Puttgarden (40 minutos de travesía), pero yo os aconsejo el ferry nocturno de Travemünde a Malmö, algo menos de ocho horitas en las que, mientras duermes, avanzas.



Al día siguiente, recién desembarcado en Malmö, iba a tardar poco en descubrir que, sin salir de la autopista –y más tarde, carretera de tres carriles alternos-, Suecia sería una prolongación del tedio francoalemán: efectivamente, la belleza no saldrá a tu encuentro, la has de ir a buscar. Eso es debido a que buena parte del país es llana y tupida de altos bosques alpinos, y ese será el decorado reiterado del camino. Muy bonito la primera media hora.

En la primera parada que hice para repostar, me atendió Miss Suecia 2018… Con el tiempo, me di cuenta de que buena parte del país está plagada de “Miss y Mister Suecias”: no sólo son cívicos, ordenados y eficientes, sino que además son tremendamente atractivos.

Mi camino sueco pasaba cerca de Huskvarna, ciudad que alberga el gigante industrial Husqvarna, conocido por nuestro colectivo gracias a las motos de enduro, pero que también fabrica maquinaria industrial, forestal, agrícola, de jardinería, máquinas de coser, armas de fuego, ropa de seguridad e incluso un jodido carro para hacer perritos calientes. Junto a la fábrica hay un museo donde puedes hacerte una idea de la trascendencia de Husqvarna en Suecia, Escandinavia y el resto del mundo.
 La primera noche sueca la pasé en un hotel-pensión de Gävle, a orillas del Báltico. El local de debajo era un kebab con tres parroquianos marginales dándole a la jarra en una mesa exterior; uno de ellos se me enganchó del brazo, y medio entendí que también era motorista y que, canastos, por sus cojones íbamos a tomar una ronda juntos. Me presentó al resto de la pandilla (un gigantesco sueco al que le separaba un zurito del coma etílico, y una señora de edad indeterminada a la que le faltaba la mitad de la dentadura). Les prometí que “volvía en seguida, después de descargar la moto”, y ya no me vieron más el pelo, aunque yo sí a ellos: la ventana de mi habitación estaba justo por encima de sus cabezas. Por cierto, no había cortinas, y Gävle ya estaba suficientemente al norte como para no anochecer. Ni el antifaz me salvó del primer insomnio ártico.

Al día siguiente se repitió la tónica de ruta aburrida, con la sonadísima excepción del puente colgante de Höga Kusten, el tercero de su categoría más largo de Europa, y undécimo del mundo (1867 metros); la travesía de dicho puente fue una de las pocas oportunidades en que pude divisar la costa del golfo de Bòtnia, prácticamente invisible tras la continua barrera de árboles que, todo sea dicho, me sirvieron de parapeto para hacer más llevadero un desagradable día de vientos racheados.

Tras ochocientos cansinos kilómetros, llegué a Lulea, casi en la coronación del golfo de Bòtnia, y por lo tanto muy cerca también de la frontera finlandesa. He atravesado el país sin una sola corona sueca en los bolsillos, en toda Escandinavia el uso de las tarjetas de crédito es masivo, e incluso hay tiendas con carteles que indican que “podrían no disponer de monedas para dar cambio en efectivo”. En Lulea reservé directamente en el hotel que la aplicación del móvil me decía era el más económico… Esperaba encontrarme un tugurio al estilo de la noche anterior, pero para mi sorpresa el hotel respiraba diseño cosmopolita y modernidad por los cuatro costados: el ahorro estaba en la habitación, un minúsculo zulo sin ventanas, pero aun así acogedor. Por lo menos, la inexistencia de ventanas me permitió dormir como una piedra, a salvo del sol de medianoche.



De buena mañana, ya estaba desayunando en el “buffet” del hotel, situado en la última planta, y rodeado de ventanales panorámicos en casi todas sus paredes, supongo que para compensar la carencia de las habitaciones. Tomo nota mental del carácter de los comensales que me rodean: silenciosos, educados… me siento como un actor de una serie de televisión donde el plató y los extras del rodaje están exquisitamente bien colocados, casi de manera artificial. Más allá de los ventanales, Lulea se despereza iluminada con la luz irreal de estas latitudes, casi de película para continuar con los símiles cinematográficos.

Aunque el cielo estaba despejado, las temperaturas se habían desplomado en todas las franjas del día; un vistazo a la méteo corroboró que, de aquí en adelante, las temperaturas fluctuarían entre los 4-5 grados matinales, hasta los 15-18 del mediodía, auténtica gloria para los que odiamos ese bochorno mediterráneo que, paradójicamente, encanta a quienes no lo tienen. Total, que saqué del petate la artillería invernal que aún no había desembalado, concretamente la camiseta y pantalón termorregulador Rukka Outlast. Al no ser ropa estrictamente térmica, su eficacia se hubiera resentido de haber padecido temperaturas extremas, pero en aquel momento y lugar era simplemente perfecta para conseguir bienestar térmico, todo ello gracias a una ropa tan ligera y ergonómica como tu pijama favorito. Verlo para creerlo.

Antes de abandonar definitivamente la habitación del hotel, me acerqué hasta la cercana aldea-iglesia de Gammelstad, una de las mejor conservadas de Escandinavia, y Patrimonio de la Humanidad. Siglos atrás, muchos feligreses construyeron pequeñas casas alrededor de sus iglesias de referencia, ya que la dureza del clima les complicaba los traslados. Con el tiempo, estas casas acabaron conformando auténticos “pueblos” de uso temporal. Hoy en día sí son viviendas definitivas, aunque muchas de ellas recicladas en apartamentos turísticos, casi todas pintadas de ese exquisito y característico color “rojo Falun”.

De nuevo cargado y en ruta, Haparanda es la última ciudad sueca, tenía su nombre mitificado ya que llevaba seiscientos kilómetros leyéndolo en los plafones de la carretera; en las afueras, un salto al río Torne me deposita en Finlandia, recuperando el euro como moneda, y añadiendo un huso horario a mi reloj.

Como un autómata, y por la inercia generada de tanto leer a otros motoviajeros, me acerqué hasta Rovaniemi, hogar “oficial” de ese gordinflón vestido de rojo que, en nochebuena, se cuela por las chimeneas de los hogares acomodados… Y, por mis pecados, eso fue exactamente lo que encontré, un parque monotemático donde siempre es Navidad. Entré en la guarida de Papá Noel justo en el momento del relevo, poco discreto ante la escasa afluencia de público; ver a dos tipos de barba blanca hablando de manera coloquial, sin la sobreactuación habitual, fue la mejor escenificación de nuestra sociedad postiza… Niños, no hagáis caso a este escritor gruñón y seguid creyendo en la magia de la Navidad.

Total, que me marché de allí con la única satisfacción de retratarme bajo el cartel y la marca en el suelo que delimita el Círculo Polar Ártico: oficialmente, ya estaba más allá de donde Cristo perdió las alpargatas.


El paisaje finlandés tiene similitudes con el sueco, y aunque la densidad de los bosques es similar, la carretera atravesaba núcleos habitados –benditas píldoras de animación visual-, la orografía empezaba a ondularse… y los renos se hacían finalmente presentes en el camino, después de decenas de señales de tráfico advirtiendo de un peligro que tardó en corporizarse. 




Sirkka es una pequeña población que vive de la estación de esquí de Levi, cuyas pistas prácticamente acaban en sus calles; contraté pernocta en un camping de bungalows, y al comprobar su magnífica relación confort-precio (tenían hasta sauna), alargué la estancia una noche más. Durante estos dos días, tomé unas ocho o diez sesiones de sauna, intenté por enésima vez engancharme a “En el camino” de Jack Kerouac –no hay manera, si alguien quiere este libro, lo cedo gustosamente-, y completé una ruta circular por pistas de tierra compactada que el mapa Michelin me juraba eran carreteras; por cierto, sin ser especialmente conservador en lo marrón, no fue casi hasta el final de la jornada que caí en la cuenta de que llevaba las Contitrail Attack 2, y además con las presiones de carretera… Estas gomas me han convencido para convertirse en mis nuevas “zapatillas” de referencia.




Al amanecer del tercer día en Sirkka, volví a cargar los fardos para continuar hacia el norte, siempre el norte… Recuerdo perfectamente que en la “playlist” del casco sonaba a toda castaña “Baba O Riley” de los Who, el día era rabiosamente azul, y yo era un tío feliz. Me separaban seiscientos kilómetros de Alta, la pequeña ciudad de servicios donde aterrizaría mi esposa un par de días más tarde. Al traspasar la frontera noruega, volví a sincronizar aquel huso horario que en realidad nunca me importó ganar o perder: ¿qué más daba una hora más o menos en aquella jodida zona del mundo donde siempre era de día? Además, estaba de vacaciones y se supone que los relojes son prescindibles…







Tras varias horas de monótona tundra ártica, a mediodía ya estaba ocupando la espartana cabaña del camping que se convertiría en mi/nuestro hogar los próximos dos días… El cámping estaba en las afueras, así que tras descargar los trastos acabé de llegar a Alta para escandalizarme con el precio de cualquier cosa que mirara… Noruega es un país estrepitosamente caro, y mucho me temí que las salchichas de las gasolineras iban a ser nuestra dieta base durante los próximos días. En la puerta del camping, coincidí por vez primera con dos parejas de moteros españoles, fenomenalmente bien vestidos a bordo de sus impecables BMW; como pensaron que era “guiri”, me preguntaron por la dirección de un camping cercano en un inglés rudimentario y a gritos, como si alzar el tono de voz fuera garantía de que les iba a entender mejor. Cuando respondí en castellano a mi interlocutor, la distensión duró poco: “Ah, catalán, ¿eh?”. Se envaró muchísimo, y se marchó sin despedirse. Los de la moto de atrás ni me dirigieron la palabra.


Total, que al día siguiente esperé pacientemente a que llegaran las once de la noche para recoger a Isabel en el aeródromo de Alta. Un rato antes me había llamado desde Oslo, donde debía enlazar con el vuelo que la traería hasta aquí:
-¿Qué tal el aterrizaje en Oslo?-le pregunté.
-Una auténtica mierda -respondió ella, con un cabreo de mil demonios- los vientos racheados me han puesto el estómago del revés… ¿cómo está el tiempo allí?
-¡Un solete de lo más majo, no te preocupes! –le mentí alegremente mientras veía por la ventana como la fuerte tempestad amenazaba con tirar la moto al suelo... ¿para qué preocuparla prematuramente?

Total, que el aterrizaje fue otra invitación a no coger un avión nunca más, incluso salí de la terminal para ver cómo el pequeño reactor de SAS tomaba tierra como un pájaro borracho, sin estilo pero entero, que a fin de cuentas era lo más importante. La alegría del reencuentro casi consiguió hacer olvidar a Isabel el aterrizaje. Casi.

¡Ya éramos dos sobre la moto! Al día siguiente, arrancamos para cubrir los últimos 240 kilómetros hasta Nordkapp. Nos alejamos de la costa siguiendo la E6, “mother road” en mayúsculas que cruza el país de punta a punta; alguien debería hablar más de esta vía, auténtica “ruta 66” sin salir de Europa.


 La zona más septentrional de Noruega es la provincia de Finnmark, que atesora una personalidad propia gracias a la comunidad saami, que conforma la entidad transnacional de Laponia, dándole una patada cultural a las fronteras al estilo de los bereberes en África o los kurdos en Asia. 

Finnmark también fue una zona especialmente castigada durante la II Guerra Mundial; los nazis ocuparon el país en 1940, instaurando un “gobierno-títere” al estilo del Vichy francés. La región de Finnmark fue de gran importancia estratégica para controlar el tráfico del gas natural hasta los puertos, y sobre todo para atacar los barcos que abastecían militarmente a la vecina Unión Soviética. Los nazis fueron especialmente cruentos con la población local, y al retirarse derrotados, aplicaron la estrategia de tierra quemada, razón por la cual es muy difícil encontrar edificaciones antiguas en buena parte del país… Bueno, por eso, y porque la madera con que están construidas las viviendas es tan inflamable como parece, y cualquier incendio doméstico podía, entonces y ahora, achicharrar perfectamente a medio pueblo.

En Olderfjord abandonamos la E6, que en este punto vira al Este para, cuatrocientos kilómetros más allá, llegar a la frontera rusa de Kirkenes. Nos hubiera gustado llegar hasta allí, ni que fuera para decir que “habíamos visto Rusia”, eso sí sin acercarse a la barrera, ya que es bien conocido el telón de acero que hace completamente inviable entrar en la antigua Unión Soviética sin un pasaporte visado y una invitación expresa de algún particular o entidad local. Multitud de carteles kafkianos a lo largo de la línea fronteriza prohíben terminantemente “iniciar contactos o insultar verbalmente” a quien esté al otro lado. Y no olvidemos que Noruega es la primera línea del territorio Schengen, por lo que se toman muy en serio la vigilancia de sus límites, patrullas aéreas incluidas: ni lo remoto de este emplazamiento disuade a las mafias de personas para intentar colar refugiados. 

Volvamos a la nuestra ruta… En las primeras líneas de este relato, escribí entre paréntesis que era falso que Nordkapp fuera el punto más septentrional del continente, y nuestro transitar por el túnel submarino de la isla de Mageroya, (siete kilómetros de longitud, 212 metros de profundidad), corrobora esta afirmación: Nordkapp realmente está en una isla, y con un atlas geográfico en la mano, el punto estrictamente continental más al norte es el cabo Nordkinn, al oeste de Kirkenes. El problema es que si quieres ponerte legalista y jugar limpio, deberás aparcar la moto en Mehamn, y dar una incómoda caminata de 23 kilómetros, esperándote al final del camino un premio visual que nada tiene que ver con la fenomenal atalaya del Nordkapp que conocemos. Y ya puestos a jugar sucio, incluso el vecino cabo de Knivskjellodden está un kilómetro y medio más cerca del Polo Norte, presentando los mismos problemas de accesibilidad que los ya descritos en el cabo Nordkinn. Total, que vistos los pros y contras, en beneficio de todos damos por buena la trampa y santas pascuas.

Pero volvamos al túnel de Mageroya, o sencillamente “el túnel de Cabo Norte”: su recorrido es vertiginoso, con gran pendiente tanto en la entrada como en la salida. En sus dos bocas, se pueden ver claramente las puertas antihielo que en invierno lo mantienen a salvo de ventiscas y heladas.

Ya en la isla, la población de referencia es Honningsvag, que ostenta el discutido galardón de “ciudad más septentrional del mundo”, aunque hay quien objeta si sus 2700 habitantes son suficientes para considerarse ciudad. En su puerto hay una animada actividad cada vez que atraca un crucero, o bien el Hurtigruten, ferry que conecta las principales ciudades costeras desde Bergen a Kirkenes. Muy cerca del puerto, en el “Ártico Ice Bar” se habla español, no en vano Gloria y José, sus propietarios, son de Zaragoza…


Son pocos los que no conocen la “picaresca” de acceder al complejo Nordkapp durante la “noche” (ya me entendéis), momento en el cual las barreras permanecen abiertas y, por lo tanto, no hay que pagar el desproporcionado precio de la entrada; además, así es posible arrimar la moto hasta el mítico monumento de la bola del mundo. Por esa razón, contratamos una cabaña en el “Kirkeporten Camping” de Skarsvag, que también se sube al carro de ser “lo más algo” del mundo, en este caso el camping más septentrional… Se nos hizo extraño saber que teníamos el borde de Europa a apenas doce kilómetros, pero debíamos esperar unas horas para conquistarlo. Así que, para quemar la tarde, nos hemos acercado hasta diversos rincones de Mageroya… Resulta chocante que, pese a ser referencia turística de todo el mundo, el confín de nuestro continente continúa siendo aparentemente virgen, y en los pueblos se pesca como siempre se ha hecho.


Por la “noche”, que en Julio era más de día que nunca, nos despertaron diversas manadas de renos que, aprovechando la quietud del sueño, prácticamente llamaban a la puerta de nuestra cabaña.

Finalmente, a las cinco de la madrugada nos pusimos en camino… A los pocos kilómetros, una densísima niebla nos obligó a avanzar prácticamente a tientas. Casi nos tragamos las garitas del peaje, con las barreras abiertas como era de esperar. Decenas de autocaravanas dormían alineadas, y nadie nos molestó cuando arrimamos la moto hasta la bola tantas veces retratada. Evidentemente, la niebla nos privó de las vistas al punto donde el mar de Noruega se convierte en el mar de Barents. Qué coño, la niebla no nos dejaba ver nada que estuviera más allá de diez metros.


De nuevo en el camping, lo empaquetamos todo ya que teníamos una etapa algo “aburrida” por delante: desandar lo andado hasta Alta (no existe “plan B” en aquellas latitudes), y tirar hasta donde nos fuera posible, sin paradas planificadas, únicamente sorprendiéndonos con lo que encontráramos en los márgenes de la carretera. Fue aquí donde, en una cafetería-gasolinera, encontramos una SuperTeneré como la nuestra, pero “tuneada” por todas partes y, lo más singular, matrícula canadiense; Bill y Susan están camino de Nordkapp, y ya que han cruzado el océano, darán un garbeo por Europa hasta que se les acabe el presupuesto.


Más allá de Alta, empezaba nuestro auténtico descubrimiento de la costa más torturada de Noruega, los eternos rodeos a innumerables fiordos, y coger ferrys como quien coge el autobús. Durante un buen rato, la carretera E6 circula encajada entre mar y montañas, prácticamente sin margen neutral entre el continente emergido y el sumergido.







Hicimos noche en Sorkjosen, anónima población de servicios al borde del mar; unos chicos se estaban bañando en el puerto, usando una grúa como trampolín. Y nosotros, con dos capas de forro polar. Nuestro hostal estaba anexado a un pequeño supermercado, y de hecho la “consigna” era la propia línea de cajas.


Al día siguiente, nos internamos en la isla de Senja, conectada al continente por uno de esos puentes abombados que facilitan la navegación, y dejan al motorista completamente vendido ante los vientos racheados que, en esta parte del mundo, son rabiosos y salvajes como todo lo demás al norte del Círculo Polar. Senja te acerca aún más a la pureza de lo inhóspito, los paisajes más naturales, y la agricultura y la pesca como forma de vivir. En la costa, abundan las casas de pescadores, construidas sobre estacas de madera que las elevan unos palmos por encima del mar. El rojo es el color predominante en las paredes, pigmento resultante de mezclar grasa de salmón con el óxido de hierro extraído de numerosas minas que procuraban riqueza y trabajo a la zona.




En el extremo de Senja, un ferry que sólo funciona en verano conecta con las vecinas islas de Vesteralen y Lofoten, auténticos “imanes” turísticos gracias al colmo de la convivencia entre montañas abruptas que mueren súbitamente ante playas de arena blanca que sólo se utilizan para dar románticos paseos, ya que en estas latitudes el Sol no calienta y el agua está tan gélida como el corazón de tu suegra. Durante la travesía, conocimos a una pareja que vivía a cinco kilómetros de nuestro hogar, y que se movían en una furgoneta camperizada. El mundo es un pañuelo. La mujer era una santa, pero el hombre no paraba de despotricar sobre “lo caro que era todo”, y que “Noruega no era para tanto”.


En el extremo Norte de Vesteralen, a las afueras de Andenes, está el complejo espacial desde donde se han lanzado (y se siguen lanzando) centenares de cohetes científicos. Está habilitado para su visita. También hay diversas agencias que te llevan a ver ballenas, con garantía de observación o devolución del dinero.

Muy cerca de Andenes, en el puerto de Bleik podemos embarcarnos para avistar miles de frailecillos que cada verano anidan en la cercana isla de Bleik. Tan pintoresco como la observación de aves es el propio barco y su tripulación, pescadores sin ningún complejo en mostrar su rusticidad.








Ya en las Lofoten, la ciudad más concurrida es Svolvaer, uno de los puertos que contactan con el continente, y por tanto, puerta de entrada y salida para muchos turistas. También atesora el Krigsminnemuseum, diminuto pero atiborrado museo de la II Guerra Mundial. Es de obligatoria visita para entender la ponzoñosa huella que dejaron los nazis en Noruega, y también para perder la noción del tiempo ante cada una de las piezas expuestas: si crees que te puede ocurrir eso, es importante estar acompañado de alguien menos fascinado que tú, para que te recuerde que ya va siendo hora de acabar para ver otras cosas.









Aquella noche dormimos en Kabelvag, prácticamente abocados a su puerto pesquero, el más grande de las Lofoten, y muy cerca de la Lofotkatedralen, una de las iglesias de madera más grandes de Noruega.

Poco antes de llegar al extremo de las Lofoten, el recóndito y bellísimo pueblecito de Nusfjord encarna la esencia de la isla: tanto es así, que es el único pueblo en el que te cobran por entrar. Eso sí, creo que vas a amortizar el paso por la taquilla cuando pasees por su resguardado puerto y sus casas de inequívoco sabor marinero. Aquí se vanaglorian de pescar “los bacalaos más grandes del mundo”, y a tenor de lo visto en los secaderos, no les vamos a discutir esa afirmación.













Al final de las Lofoten está Ä, el pueblo con el nombre más breve del mundo; al igual que en otros puntos de la isla, desde aquí es posible embarcarse para pasar una jornada de pesca mar adentro…

…Y cuando ya no queda más tierra que pisar, un vistazo al horizonte nos muestra la isla de Vaeroy; el espacio entre nuestro punto y la mencionada isla está ocupado, de forma casi invisible pero letal, por el Moskenstraumen, la más potente corriente de remolinos del mundo, y que figura en todas las cartas náuticas como lugar a evitar sin excusas ni excepciones. Algunas empresas organizan aproximaciones en potentes lanchas de varios motores. El Moskenstraumen ha sido carne de leyenda gracias a escritores como Edgar Allan Poe, o las “veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne, ambos lo mencionan como un gigante vórtice submarino; Herman Melville también lo menciona en boca del capitán Ahab.

Muy cerca de Ä, el recogido puerto de Moskenes acoge el ferry que nos devolverá al continente por Bodo, otra de esas ciudades nórdicas en las que comes, te alojas y si se tercia compras víveres o encuentras un mecánico que afine la moto: al igual que otras ciudades de Noruega, la trama urbanística es muy ordenada, la gente es muy educada, las calles están muy limpias… pero no sé, les falta “alma”. Que nadie se tome esto como una queja, creo que viviría bien aquí, a salvo de fiesteros que perturban el descanso vecinal a las tantas de la madrugada, y donde todo el mundo sabe cómo y dónde reciclar su basura.
A treinta kilómetros de Bodo, otro largo puente salta el estrecho de Saltstraumen, un angosto pasillo de 150 metros de ancho por tres kilómetros de largo que une dos fiordos, y en el que se desarrolla el “remolino de Saltstraumen”, la corriente de mareas más poderosa del mundo: seis veces al día, las aguas entran o salen con una fuerza indomable, provocando un espectáculo de remolinos en la superficie.


 De manera deliberada, abandonamos la mother road E6 para tomar la mucho más estimulante carretera FV17, Helgelandskysten para los amigos, y tal vez la mejor de las dieciocho “carreteras panorámicas” que hay en el país… Discurre al borde del océano, por lo que las distancias se alargan y los “saltos” en ferry se suceden, algo secundario para quien tenga ganas de seguir quedándose boquiabierto ante una naturaleza ruda y virgen.



Más allá de la pequeña aldea de Mevik, y con las olas del mar de Noruega lamiendo el asfalto, encontramos el monolito dedicado a la tripulación del HMS-P41 Uredd, el único submarino que la armada noruega perdió durante la II Guerra Mundial: en febrero de 1943, desapareció mientas se desplazaba de la isla de Senja a Bergen. En 1985, durante las obras de tendido de un oleoducto, la compañía petrolera Statoil lo halló de manera casual, hundido frente a las costas que teníamos ante nuestros ojos. Reconstruyendo el escenario bélico del momento, se concluyó que el submarino fue alcanzado por una de las minas arrojadas desde un destructor alemán, yéndose a pique la nave y sus cuarenta tripulantes. El submarino fue solemnemente declarado “mausoleo de Guerra”, y en la costa, se erigió un monumento honrando su memoria.


A modo de tremendo -y muy discutible- contrapunto, junto al monumento se acaba de inaugurar el “baño público más bonito del mundo” (no es broma), diseñado por un prestigioso bufete de arquitectos de Oslo, y que cuenta con los últimos adelantos en ergonomía y luz ambiental para hacer de nuestra evacuación fisiológica una experiencia sensorial.

Total, que sobre la misma plataforma hay un memorial de guerra (con los nombres de los fallecidos en placas de bronce), y un cagadero de diseño… Astuto y sagaz lector, adivina cuál de las dos construcciones interesa más a las guías de turismo, piensa mal que acertarás.

Más adelante, el parque nacional de Slatfjellet-Svartisen nos regala las vistas del glaciar Svartisen sin necesidad de abandonar la carretera. El día no está del todo claro, pero las nubes no pueden tapar una inmensa e inhóspita área que acoge zorros, linces o alces hasta más allá de la frontera con Suecia.

Hasta cuatro ferries tuvimos que coger en la Helgelandskysten; en el de recorrido más largo, entre Jektvik y Kilboghavn, dejamos atrás la línea imaginaria del círculo polar ártico (marcada con dos “globos terráqueos” a ambos lados del fiordo), y también la sensación de despedirnos de una parte del mundo aún no del todo domada.




De nuevo en tierra firme, viramos “tierra adentro” (concepto difícil de desarrollar aquí, con tanto fiordo que lleva el mar, pongamos, de Barcelona hasta Zaragoza); Mo i Rana es una ciudad justo en el codo del Ranfjorden, por lo que tiene puerto de mar, y un aire industrial heredado de un pasado reciente de acerías. Nos hemos alojado en un hostel de las afueras que todavía olía a nuevo, regentado por unos paquistaníes.

A partir de aquí, volvemos a empalmar con la E6, que ya no abandonaremos hasta salir del país. Siempre hemos tenido presente el límite de velocidad de 80 kilómetros por hora (la policía tiene “tolerancia cero” con el asunto, y también unos cinemómetros portátiles de lo más monos), pero en una carretera que se abre y ensancha por momentos, hay que estar más atento que nunca al velocímetro. Atravesamos apaciblemente la provincia de Nordland, sin grandes reclamos para tirar de frenos, pero disfrutando del placer de rodar en un día soleado, rodeados de bosques, con el ronroneo constante del bicilíndrico bajo nuestros culos. Al pasar por Mosjoen, nuevamente nos sorprende un paisaje marcadamente industrial en medio del paraíso, pero tal y como la dejamos atrás, vuelve el bucolismo. Treinta kilómetros más al sur, tomamos un breve desvío que nos pone al pie de las cataratas Laksforsen, de 17 metros de desnivel; centenares de salmones se empecinan en remontarlas a saltos. En la explanada del aparcamiento hemos coincidido con una concentración de “Mustangs”: a los escandinavos les encantan los trastos americanos de los años 60 y 70, incluidas motos “custom”.






Pasamos de largo Trondheim, aquí es donde Isabel cogerá el vuelo de vuelta, pero como tenemos un par de días de margen, decidimos acometer una visita en principio fuera del guión: las once curvas (y una señal de tráfico única en el mundo) de la Trollstigen, y también el fiordo de Geiranger
Respecto a la primera, deciros que la masificación ha convertido esta ruta en un cansino peregrinaje de autocaravanas que cada dos por tres se atascan con autocares turísticos, y respecto al fiordo, deciros que realmente te sientes dentro de una de las maravillas de la naturaleza, con unas montañas que encierran una estrecha lengua de agua en la que el tráfico de grandes cruceros es constante. La inevitable concentración humana le resta enteros de autenticidad, pero aun así vale la pena asomar por aquí.










Entre Geiranger y la Trollstigen está el valle de Valldal, muy fértil para el cultivo de fresas y cerezas; al ser julio época de recogida, muchos puestos a pie de carretera ofrecen estos deliciosos manjares.

Cuando aquella misma tarde comentamos nuestra jornada con Harald, el gerente del hotel donde nos hospedábamos, este sacó un mapa y nos indicó un lugar “mucho mejor” que la Trollstigen, por si lo queríamos recorrer al día siguiente. Nosotros le atendimos con cortesía, pero escépticos: si tan buena era aquella carretera, ¿por qué nadie nos habló antes de ella?

“¡Nadie habla porque somos un hatajo de borregos que caminamos los unos detrás de los otros, maldita sea!”-pensé al día siguiente, desde la coronación de aquella carretera que, contra todo pronóstico, fue de lo mejor que hicimos en Noruega. Y todo ello gracias a que el azar nos puso a la persona adecuada en el momento justo. Hecho el espóiler, vuelvo a la tarde anterior…



Harald es un noruego amable, de aquellos que busca conversación desde la cortesía, no desde el compadreo; también es un forofo del fútbol, y tiene reconvertida una parte del salón en una especie de “mini-pub” con banderas de todos los colores, tiene tantas que incluso cubren el techo: 

-“Mi hijo es del Atlético de Madrid”-nos comentó, señalando con la barbilla una bufanda colchonera mientras trasteaba en una gran pantalla plana para conectarla a Internet y ponernos un par de vídeos del país.

El buen ambiente atrajo a otros dos huéspedes, una pareja de Oslo que nos confesó que “nunca antes habían subido tan al norte”. Nuestra primera reacción ha sido de sorpresa, pero luego hemos recapacitado sobre cuántos españoles no conocen la mitad (diablos, algunos ni una cuarta parte) de su propio país… En fin, que esta pareja estaba haciendo montañismo por la zona, la mujer estaba ilusionadísima por los picos que conquistarían al día siguiente, el marido no tanto: “yo la espero abajo”, dijo, con una risita que agitó espasmódicamente su abultada panza. También nos comentaron que, cuando viajan al extranjero, “evitan a sus compatriotas” porque les hacen sentirse “un poco menos extraños en un entorno nuevo”. Yo, recordando mis incómodos encuentros durante este -y otros- viajes, no pude más que asentir dándoles la razón.

Aquel fue el momento en que explicamos a Harald nuestra tibia experiencia en la Trollstigen: hay que reconocer que tuvimos mala suerte con el tiempo (una niebla nos privó de todas las vistas), pero lo peor fue el continuo atasco de vehículos recreacionales. Harald se quedó un rato pensativo, y nos indicó que, al día siguiente, saliéramos del valle por la carretera del parque nacional de Dovrefjell-Sunndalsfjella: “os va a encantar, es mejor que la Trollstigen”.

A la mañana siguiente, de nuevo cargados, pusimos rumbo a la carretera indicada; los primeros kilómetros son prometedores, con una estrecha pista secundaria, desierta de tráfico, y que bordeaba grandes lagos junto a escarpadas montañas; también hay algunos túneles picados en roca viva y sin ningún tipo de iluminación, lo que provocaba una negrura a duras penas horadada por el potente faro supletorio de la Mala. Unos kilómetros más allá, tomamos un desvío a la catarata de Mardalsfossen, una de las más altas de Europa con 705 metros de caída; el desvío, un camino de tierra, tenía un poste al inicio del recorrido que resultó ser un “peaje” sin barrera. Afortunadamente, las motos tenían el acceso gratuito, porque no sé si mi mediterránea, pícara e insolidaria mentalidad habría sucumbido a la tentación de dar gas sin pasar por caja. 



Finalmente, nos quedamos sin el privilegio de ponernos ante la catarata: un largo y empinado camino a pie lo hacía incompatible con nuestra equipación motera, y no teníamos ánimos para hacer un cambio de vestuario.

Unos kilómetros más adelante, la estupefacción se adueñó de nosotros: una barrera en medio de la nada nos decía, ahora sí, que si queríamos continuar debíamos pagar un peaje de 100 coronas, pero es que más allá de la barrera se acababa el asfalto. Estábamos en los límites del parque natural, y un apresurado vistazo a los mapas corroboró que nos esperaban setenta kilómetros de incierta pista, finalmente factible para una maxitrail con dos ocupantes y a tope de equipaje. Harald sobreestimó nuestras habilidades al manillar: muchos motoristas puramente asfálticos y con dos dedos de frente habrían dado la vuelta. Los tercos… bueno, los tercos igualmente habrían continuado. Y ganado el reto, aventuro.

Total, que acercamos la tarjeta de crédito al lector de la barrera, que obedientemente nos abrió el paso; ahora sí, entramos en un entretenidísimo camino que ganaba altura de manera vertiginosa, regalándonos unas vistas de lo más estimulantes. El parque natural es un santuario del “glotón”, especie de pequeño oso que sólo habita en los bosques boreales y tundras del hemisferio norte: este parque es prácticamente el último rincón de la tierra donde es posible ver juntos a los mencionados glotones junto a zorros, águilas reales, cuervos y renos salvajes.


A partir de determinada altura, los bosques desaparecieron para dar paso a una tundra adaptada al clima extremo. Una amplia meseta marca la cota máxima, y varios lagos –algunos naturales, otros atrapados en presas de hormigón- se diseminaban aquí y allá. La combinación del agua cristalina con las rocas blancas, y un cielo azul con nubes de algodón nos metieron en una especie de cuadro hiperrealista. Un albergue a pie de camino nos hizo entrar en calor… porque a todo esto, hacía un frío acusado. Aquí Julio es menos Julio.





La bajada de la meseta fue un continuo “zigzag” de curvas de 360 grados, con el aliciente de que el asfalto sigue sin aparecer, no lo hará hasta volver a cotas bajas, justo antes de la otra barrera de peaje… Amigos, esto sí ha sido un espectáculo, guardad el secreto y seguirá siendo así.



De vuelta a Trondheim, Isabel insistió en que nuestra última noche merecía algo más que un albergue o la barraca de un camping, así que hemos contratado un hotel pluriestrellado en pleno centro de la ciudad, con derecho a guardar la moto en el patio de las basuras.

Trondheim es la tercera ciudad más grande de Noruega, con 180.000 habitantes, y también la más grande que pisamos en este viaje. Las universidades que atesora le dan un ambiente juvenil, como pudimos comprobar al atardecer, con las terrazas atestadas… Fue curioso reencontrarse con la masificación, hacía bastantes días que las aglomeraciones no eran un problema.



Deciros que visitéis la catedral suena a topicazo, pero en el caso de Trondheim vale la pena: la catedral de Nidaros es el edificio religioso más importante de Escandinavia, y casi diría que el más bello también, no en vano, esta catedral es punto de referencia peregrina, al nivel de Santiago de Compostela.

A ambos lados del rio Nideva, los coloridos almacenes de madera del bryggen son la postal más retratada de la ciudad.

El día siguiente fue un poco agridulce; cuando tienes la sensación de que “todo está hecho”, los kilómetros de retorno pueden ser más una carga que un placer… Y si además has de despedir a tu pareja porque, fíjate qué lista, se vuelve en avión, el bajón fue importante incluso para un tipo como yo, habituado a convivir con la soledad.

Total, que tras aparcar en el aeropuerto, Isabel cargó su mochila, y yo llené el hueco liberado con su casco, dos pares de guantes y su traje de moto (sí sí, has leído bien, todo eso en una maleta, benditas Trekker); no me moví de la terminal hasta que la perdí de vista más allá de los arcos de seguridad del check-in. El bucle empezaba a cerrarse, y volví a montar la Mala para tirar hacia el Sur con la misma determinación de hace diecisiete días, solo que ahora en dirección contraria.

Sin absolutamente ningún plan determinado, volví a la E6, que se convertiría en mi amiga inseparable hasta el último kilómetro del país; aún me quedaban centenares de kilómetros hasta llegar allí, pero no pensé mucho en ello, y sencillamente me deslicé disfrutando los kilómetros y, por qué no decirlo, de un peso aligerado desde que mi artillera cambió el asiento Lolo Pámanes por el 16A reclinable (ventanilla) de un Airbus operado por Norwegian Air Shuttle.

Aun pude alejarme 200 kilómetros antes de alojarme en un decrépito albergue regentado por orientales, en Dombâs. Dormí poco y mal, así que a las 6 de la mañana de otro día sin noche ya estaba encima de la moto. En los alrededores de Oslo, aún no había decidido de qué manera volvería al continente: no despegarme del asfalto cogiendo el puente Oresund, o bien tomar alguno de los ferrys del sur de Suecia. La primera opción me abría las puertas de Copenhague, y la segunda me depositaba directamente en Alemania, ganándole un día al reloj… El cansancio decidió por mí, y contraté por teléfono un billete para el ferry nocturno de Malmö, el mismo que utilicé en la ida, y que me dejó contento por su eficiencia y precio asumible.

A partir de Oslo se acabó el romanticismo Easy Rider, y la carretera se convirtió en una autopista que ya no abandoné hasta la salida del puerto de Malmö, desde donde zarpé con puntualidad escandinava.


Ya en Alemania, un terrible atasco cerca de Hannover mi hizo perder medio día, y la posibilidad de visitar Bruselas… afortunadamente, “siempre nos quedará París”, también atascado de tráfico pese a la intempestiva hora en que llegué. La gran novedad es que, a partir de aquella noche, recuperé las oscuridades robadas.



Un par de jornadas después, esa goma invisible que nos ata a la mayoría volvió a dejarme en la casilla de salida, mi casa.

La imposibilidad de perderse gracias a la tecnología GPS, la fiabilidad de las motos actuales y las fronteras abiertas de la Europa-Schengen han convertido Cabo Norte en una cuestión de salud, determinación, tiempo y dinero: si tienes suficiente de todo ello, ya tienes medio viaje hecho.

Saludos y buena ruta!

6 comentarios:

  1. Hola,

    Vaya recuerdos que me da tu pagina. Lo curioso es que tambien vi a los canadienses en el circulo polar ( Noruega) en el mes de julio

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    1. Muy buena gente, no sé si tuviste oportunidad de hablar con ellos... que pequeño es el mundo!

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  2. Buen relato .Suecia merece ser visitada con mas tiempo .Te aseguro que te gustaría. Y de Noruega sus supermercados si buscas tienes precios muy parecidos a los nuestros. Pero hay que buscar. Dos veces he subido allí y aún creo que subiré una más .pero será cuando me jubile y en tres meses por carreteras secundarias

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  3. buena cronica :)

    "cuestión de salud, determinación, tiempo y dinero: si tienes suficiente de todo ello, ya tienes medio viaje hecho." eso no es asi en todos los viajes? hay alguno ke precise de algo mas? :P

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    1. Ninguno, esos son los cuatro ingredientes... Pero en el caso de Cabo Norte, o destinos aún más lejanos, es necesario creer en uno mismo, en que esos destinos no son mitos reservados a aventureros por encima del bien y del mal. A eso me refería con la frase final. Un abrazo y gracias por el seguimiento, grandullón!

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