sábado, 1 de diciembre de 2018

El gigante dormido


Me gustaría hablar con calidez de mi infancia, pero no puedo; lo mire como lo mire, solo veo a un chaval introvertido, de pocos amigos y refugiado en los tebeos Bruguera, que creció en un barrio de Sant Feliu de Llobregat levantado de cero para dar cobijo a la migración interior de los años 60 y 70.

En nuestro edificio, la vía del tren pasaba atrincherada justo por delante. Un par de porterías más arriba, estaba el “quiosco del inválido”, minúsculo local de 3x3 metros donde un discapacitado en silla de ruedas fumaba un pitillo tras otro mientras vendía golosinas y alquilaba mininovelas del oeste y ciencia ficción. A mí me gustaban estas últimas, siempre escritas por novelistas españoles que firmaban con pseudónimos anglosajones para parecer más serios. Yo me leía todas las de “Joseph Berna”, ya que aparte de una lectura ágil, siempre metía alguna escena subida de tono que alborotaba mi testosterona preadolescente.

Y bares. A patadas. Todos ellos al estilo de la época, viviendo de esos alcohólicos “socializados” que empezaban la jornada con el pack carajillo-copa, y después del turno en la obra o en la fábrica volvían otra vez para aparcar su culo en la barra, y pedir el primero de muchos quintos para seguir ampliando su dependencia etílica frente a un televisor que emitía a todo volumen un partido de fútbol. Luego venían los accidentes de tráfico y las palizas a sus mujeres, pero por aquel entonces aquello “eran cosas que pasaban”. Mi padre fue uno de estos desgraciados (léase indistintamente en sentido piadoso o despectivo), así que los únicos favores que nos hizo fueron darme la vida y morir por sus vicios de manera prematura.

Mi colegio estaba en las afueras, montaña arriba; afortunadamente para todos, los compañeros de clase fuimos extremadamente solidarios y afectuosos entre nosotros: cada uno era hijo de su madre, pero como grupo funcionábamos muy bien. Fueron buenos tiempos, aquellos de la EGB.

Y por encima de la escuela, en la ladera de la montaña de Collserola, el tótem que dominaba todo el paisaje, el cáncer de la ciudad, el gigante humeante que nunca dormía: la fábrica cementera de la Sansón.

Al haber nacido y crecido a su falda, naturalizamos su presencia sin ningún tipo de trauma, incluso la veía desde el balcón de casa, siempre emitiendo un rumor sordo pese a la distancia de varios kilómetros. El cemento necesitaba materia prima para elaborarse, y de manera periódica la cantera que había junto a la fábrica iba asestando dentelladas a la montaña. Nosotros la llamábamos “fábrica Sánson” (así, con el acento mal puesto), y era referencia indiscutible cada vez que subíamos a la montaña para explayarnos: era un recurso cercano y gratuito, con zonas de barbacoas y multitud de caminos para dar paseos, o más bien  excursiones con cantimplora.

Para acceder a la fábrica había una carretera que pasaba por delante de nuestro colegio, permanentemente transitada por camiones que trajinaban áridos. Como era cuesta arriba e iban cargados, los camiones bufaban a baja velocidad, y se convirtió en “deporte” para niños atrevidos correr detrás de uno de ellos, y aferrarse a alguno de los salientes del volquete para llegar colgado hasta la escuela… O como mínimo fue así hasta que uno de los nuestros murió aplastado por las ruedas de un Pegaso.

En fin, que una vez en la fábrica, la carretera pasaba a ser titularidad de la cementera, que nunca puso trabas a que la población la utilizara para subir a las cotas altas de Collserola, donde estaban las canteras y el merendero de Santa Creu d’Olorda.

Y aunque la demanda del cemento fue altísima durante décadas (primero para levantar los barrios-dormitorio, y después por la burbuja inmobiliaria), la verdad es que, a partir de cierto momento entre la década de los 80 y los 90, la cementera dejó de explotar la cantera para traer los áridos en camiones desde otro lado. Sin interés en la carretera de Santa Creu d’Olorda, la empresa dejó de preocuparse por su mantenimiento, convirtiéndose de manera progresiva en un campo de minas que los coches debían sortear con mucho cuidado, ya que en algunos agujeros se podía llegar a tocar el cárter motor: subir a asar carne de día, o buscar intimidad de pareja de noche se había convertido en un deporte de riesgo.

Con 22 años, fui uno de los primeros de mi generación en hacer las maletas para marcharme de casa, y también de Sant Feliu. Volví temporalmente entre 1999 y 2003, para escribir el epílogo de un matrimonio fallido: aún recuerdo perfectamente el desmantelamiento definitivo de nuestra sociedad, hablando de cómo nos repartiríamos los muebles, y yo arrojando nuestro álbum de boda al contenedor de papel que había junto a la comisaría de la policía local. Por aquel entonces, Sant Feliu ya no era exactamente lo que era: nuevos barrios bienestantes se habían añadido a la trama urbana, mis compañeros de infancia se habían dispersado creando sus propias familias, e incluso mi madre se había mudado a otra parte. Cambié de trabajo, cambié de vida y, por supuesto, cambié de ciudad.

Liberado de corsés, el jovenzuelo de los tebeos se metió en otras movidas, compró una moto, se lanzó a la escritura, e incluso se puso un “nombre artístico”, como Joseph Berna en su día. Tanto vivía el momento, que no sé si de manera consciente o inconsciente fui olvidando que tenía un pasado… Hasta que el otro día volví a Sant Feliu, para contemplar una de las pocas cosas que continúan inamovibles desde mi infancia: la cementera.


Eso sí, nada es para siempre, y el gigante de antaño ahora está dormido: la burbuja inmobiliaria explotó, y el cemento ya no es rentable. En 2013, el gigante mexicano CEMEX vendió la fábrica a Cementos Molins, que en cuestión de meses la cerró, quién sabe si de manera definitiva, o esperando agazapada a que una nueva burbuja empiece a hincharse… Porque amigos, los bienpensantes dicen que “de los errores se aprende”, pero yo creo que seguiremos tropezando mil veces con la misma piedra.

En fin, la cuestión es que el otro día entré a Sant Feliu “por la puerta de atrás”, desde la montaña, en el merendero de Santa Creu d’Olorda. La maldita carretera privada continúa igual de destruida, al igual que el rico patrimonio industrial de la cantera: las cintas transportadoras, el almacén de áridos… Desde esta altura, los silos, las chimeneas y el apocalíptico paisaje metálico de la cementera permanecen en inaudito silencio, y el único movimiento lo protagoniza un coche de seguridad privada. Más allá, la ciudad se desparrama, y todo queda muy lejos: desde aquí no veo los bares de miseria, ni el jodido Luís “el Gordo”, matón de barrio venido a menos que nos tenía acojonados. No veo el tren que parte la ciudad en dos, ni los coches que se amontonan buscando un hueco donde aparcar, tampoco la riera que de vez en cuando se desbordaba y lo ponía todo patas arriba…

Tampoco veo al crío que leía novelas de ciencia-ficción para refugiarse en mundos inventados… Bueno, ahora que me pongo en marcha y veo mi reflejo en el espejo retrovisor, juraría que…

12 comentarios:

  1. Joder. Que bueno.
    Grande, Maestro.
    Elmese Motolover.

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    1. Gracias a tí por el seguimiento, un abrazo y hasta pronto!

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  2. Buuuf vaya streptease , me ha encantado. Gracias

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    1. Gracias a tí por el seguimiento, recuerdos y hasta pronto!

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  3. Buenísimo!!! Si esto siguiese, sin detenerse en la.cementera, te prometo que estaría leyendo el primer episodio de un libro 😎

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    1. Tomo nota para futuras segundas partes de la trama ;-) Muchas gracias por el seguimiento!

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  4. yo me he esforzado en borrar mi infancia y practicamente lo he conseguido. Solo de vez en cuando, viendo viejas series, pelis o leyendo cosas como esta hago un esfuerzo y recuerdo las cosas buenas de akellos años.
    Cuantas cosas en comun! aysh

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    1. Todo forma parte de nuestro currículum, Koper! Afortunadamente, cada día nos esforzamos en construir cosas nuevas, y cuando de aquí a cien años nos tiren al agujero, seguro que lo bueno va a superar a lo malo... bueno, y si no es así, como que nos la va a pelar igualmente, porque estaremos contándonos batallitas con Ángel Nieto, Luis Salom y el chico aquel de Kentucky...
      Abrazaco, grandullón!

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  5. No te imaginas hasta qué punto me has tocado la patata leerte esta vez, amigo...

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    1. Gracias Dan, espero que no tanto como para que no dejes de leerme... Un abrazo y hasta pronto!

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