lunes, 15 de octubre de 2018

"La peor carretera de Aragón"


Una vez más, y como en los viejos tiempos, he vuelto a mi amado y tan desconocido prepirineo de Huesca…

“¿Viejos tiempos?” ¿Realmente merece esa expresión lo que pasó hace quince años? En mi imaginario, efectivamente aquella es una dimensión temporal ya extinguida: otra moto, otro trabajo, otra esposa, otros amigos… y otra mata de cabello, espesa y morena entonces, canosa e inhóspita ahora. Pero la filosofía es la misma, ahora mismo tranquilamente apalancado en un mirador frente a la sierra de Guara, sin nadie con quien compartir mis pensamientos porque estoy deliberadamente solo. Benditamente solo.

Mi primer viaje en moto a la sierra de Guara fue en 2003, a lomos de una Aprilia Pegaso monocilíndrica con un par de alforjas, y estaba descubriendo el placer de ver el mundo sobre dos ruedas... Inalcanzables las eternas estepas de Mongolia, el Parque natural de la sierra y los cañones de Guara proporcionaba una impresionante soledad, demografía ridícula (aún hoy menguante), y falta de alternativas turísticas en una época en que el turismo rural todavía era considerado una tontuna de “hippies”.

Desde entonces, han sido varias las veces en que he vuelto a este valor seguro, amable, sostenible: no reconozco a mi ciudad natal (duplicó su población en una década), y tampoco la gran urbe vecina que le devoraba la personalidad, pero los pueblos que se diseminan alrededor de la sierra de Guara son inamovibles al tiempo y a las modas, por más que muchos de sus habitantes vean en este arrebato romántico urbanita un problemón de tres pares de narices que les está condenando a la desaparición…

Por ejemplo, la docena de municipios que se agrupan en el valle de la Guarguera, al norte de la sierra, corredor que une las comarcas del Alto Gallego y el Sobrarbe a través de la carretera A-1604: sus 110 vecinos la denominan “la peor de Aragón”, y eso es mucho decir en una comunidad autónoma plagada de carreteras decrépitas. La peor mantenida, claro, porque de calidad paisajística va sobrada, circulando durante buena parte de sus 52 kilómetros en paralelo al río Guarga.

Sin salirse de ella, podrás recorrer multitud de núcleos con menos habitantes que dedos tienes en las manos, de arquitectura tosca, medieval, plagada de iglesias románicas. Y despoblados, claro, la migración industrial de los años 70 le dio la puntilla a una zona abundante en pastos y ganado, es decir, alérgica a la mayoría de jóvenes que se marchaban para buscar un futuro no ya mejor, sino sencillamente un futuro: institutos y universidades, un cine, vida social para aparearse… luz y agua corriente… un médico a pocos minutos de distancia…

Y si la carretera de la Guarguera es secundaria, cualquier desvío a los núcleos de la sierra es retroceder directamente ochenta años en el tiempo. El asfalto se convierte en una especie de gravilla compactada de un ancho que da para coche y medio, y el exiguo tráfico de la A-1604 se convierte en inexistente. En un pueblo del que no diré el nombre, sólo queda una familia viviendo. El cementerio está en las afueras, algunos nichos han sido desalojados, y los oscuros huecos que en su día contuvieron mortajas te observan como si en cualquier momento pudiera sonar una voz de ultratumba clamando algún tipo de venganza y, de paso, darte un susto de infarto: malditos monstruos del subconsciente, no me abandonan desde que, siendo un crío, se escondían debajo de mi cama y yo tenía que taparme hasta la coronilla para estar a salvo. Antes de irme, percibo un inconfundible olor a descomposición, alguien ha arrastrado el cadáver de un perro hasta el recinto funerario, y lo ha dejado allí tapado con un plástico…

-“¡Basta!” –exclama el lector-,  ¡ya está bien de truculencias! Háblame del salto del Roldán, las cuevas de Bastarás o de la Peña Montañesa… Maldita sea, estás a pocos kilómetros de Alquézar, uno de los pueblos más bonitos de España, ¿y me hablas de un perro muerto cubierto por un plástico?”

(Me encojo de hombros, ¿qué otra cosa puedo hacer?)

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