lunes, 8 de octubre de 2018

Qué cosas tiene Mariano!


-"Oye Mariano, tú sabes lo que es la obsolescencia programada?"
-"Sí, es un sinsentido, pero gracias a ella colecciono mis cosas..." 

Mariano vive con su esposa en un pueblo de la España rural. La casa es grande, no tienen problemas de espacio, así que Mariano puede permitirse el “lujo” de hacer suya una de las habitaciones para dar rienda suelta a lo que le ronda por la cabeza… Algo que requiere mucho espacio.

Las cuatro paredes están cubiertas de corcho desde el zócalo al techo, permitiendo así la crucifixión de miles de llaveros, cada uno colgando de su chincheta. Hay más de tres mil, pero es una estimación aproximada, ya que Mariano no los ha inventariado, ni falta que le hace; el primero lo colgó hace más de cuarenta años, y no hace falta ser un experto en coleccionismo para deducir de que en pocos sitios se verán tantos llaveros en tan poco espacio: 

“-Sí, hay demasiados, pero nunca me parecen suficientes… por cierto, la próxima vez que te pases por aquí, tráeme unos cuantos de tu tierra”.

Peleando duro con los llaveros para hacerse un hueco en el corcho, decenas de placas de matrícula también se expanden por las paredes. Mariano empezó con las de sus propios vehículos conforme los iba “jubilando”, y entre amigos y desguaces ha ido consiguiendo las demás. Abundan las de turismos, con indicativos provinciales de todas partes, pero no le hace ascos a ninguna. Algunas de ellas ya campaban por las carreteras desde antes que este cronista viniera al mundo…

Los llaveros y las matrículas son los amos de las paredes, pero sólo son una parte del “patrimonio” de este Diógenes contemporáneo: en las estanterías, sin criterio aparente, cachivaches de todo tipo se juntan en una caótica amalgama de trastos, enseres y útiles: relojes de pulsera, mecheros, viejos despertadores, radios de todas las épocas… No hay un hilo conductor, parece la “performance” de un chatarrero: lo veo, me gusta, lo expongo, he ahí los tres pilares de Mariano. No he mencionado multitud de escudos del Barça, el equipo de su vida por más que el Camp Nou esté a casi mil kilómetros de su casa.




Atestada hasta que casi te exploten los ojos, aquella habitación no hubiera tenido que dar para más, pero Mariano se las ha arreglado para encajar allí la más espectacular de sus aficiones: el maquetismo. De manera completamente autodidacta y artesanal, construye casitas, estaciones de tren o belenes donde falta detalle, iluminación ambiental incluida. La principal materia prima, leed bien esto, son ramas de olivo que acumula en un rincón, esperando convertirse en puentes, edificios o minúsculas piezas de mobiliario. Le pregunto si alguna vez ha expuesto estas maravillas en algún sitio, pero lo relativiza todo con extraordinaria modestia: “todo esto sólo es un pasatiempo para mi satisfacción personal. No soy persona de bares ni me gusta la programación de la tele”.





Hay otro lugar que también es territorio Mariano: las dos hectáreas de terreno rústico que atesora a las afueras del pueblo. La mayor parte son olivos de los que extrae su propio aceite, pero una vez más, la vista se va a la barraca de autoconstrucción, surrealista como un cuadro tridimensional pintado por un Dalí atacado de acidez estomacal: desde un gallinero compartimentado hasta un sistema de riego alimentado por aguas pluviales, todo tiene una razón para estar ahí.

“-Tanto amplié la barraca, que los de Hacienda me la filmaron con un dron, y ahora tengo que pagar un recargo en el impuesto de la propiedad”-me responde, más divertido que contrariado.

Ya finalizando la visita, le dije solemnemente que, en caso de guerra atómica, él sería uno de los supervivientes, lo cual hizo estallar en carcajadas a este antiguo sepulturero, torero y repartidor de butano.

Como colofón a la visita, Mariano me mostró una maqueta que no es la más espectacular, pero sí la que él sabía que robaría mi corazón: la vieja estación ferroviaria de su pueblo.


Saludos y buena ruta!

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