lunes, 22 de octubre de 2018

Campo de concentración de Neuengamme, y la tragedia de Lübeck


En memoria de todas las víctimas de la barbarie nazi, especialmente de Emilio Zafón Campos, operario fabril, militante de la CGT, y miembro de la Resistencia francesa antes de ser apresado y enviado al campo de Concentración de Neuengamme, de donde ya no salió. Su hijo Joan Zafón murió hace poco, no sin antes “humanizar” con nombres y apellidos una historia familiar plagada de penurias, y que ha visto la luz gracias a su libro “el reloj de Neuengamme”, de la editorial Duxelm. Se imprimieron pocos, pero aún es posible encontrar alguno en las librerías….

… Y muchas gracias a Toni Trotacaminos por ponerme en bandeja una “historia mínima” que vale tanto como una vida.

Llevo varios minutos enfrentándome a una página en blanco; teclear el título ha sido sencillo, pero… El cursor parpadea, esperando el momento de ponerse a correr por delante de las letras que vayan brotando. Y no sale nada, porque no sé cómo explicar la visita a uno de los campos de concentración más sádicos de la Alemania nazi… ¿me dejo llevar por el apasionamiento? ¿Mantengo el estilo descriptivo formal, sin perder la compostura ni siquiera cuando hable de las ejecuciones a sangre fría de aquel grupo de niños polacos?

Ya he hablado alguna vez de los campos de concentración españoles, que los hubo por más que algunos se resistan a explicarlo, y además fueron excelentes “prototipos” que los amigos del Tercer Reich replicaran hasta las últimas consecuencias... Porque en Miranda de Ebro o Castuera tenías alguna posibilidad de salir vivo, pero lo de los nazis fueron auténticas “factorías” de exterminio y otras aberraciones humanas sin adjetivo que las describa ni calderas en el infierno suficientemente grandes para meter dentro a sus responsables.

Muchos de los campos de concentración nazis empezaron a funcionar incluso antes de la guerra, recluyendo en ellos a los nuevos “enemigos del régimen”: homosexuales, gitanos, testigos de Jehová, disidentes políticos… y judíos, por supuesto. Neuengamme, cerca de Hamburgo, fue uno de ellos, y empezó a funcionar en 1938 como campo de trabajos forzados: la Alemania de Hitler, necesitada de material de construcción, compró una fábrica de ladrillos en desuso, la reactivó, y anexó a ella una serie de barracones cercados por alambradas electrificadas y guardias armados. La mano de obra era, no hace falta decirlo, puro esclavismo que se agudizó una vez iniciada la contienda mundial.








Además de la fábrica y los edificios de intendencia, había 16 grandes barracones de madera para los reclusos que, al principio, dormían en el suelo sobre sacos rellenos de paja; posteriormente, se instalaron literas de tres pisos. Cada barracón medía 50 metros de largo por 16 de ancho, y en su apogeo llegaron a hacinarse hasta 600 prisioneros en cada uno de ellos, compartiendo un jergón cada tres personas. La falta de higiene provocaba hedores permanentes, los baños no tenían ningún tipo de privacidad (eran agujeros correlativos), y las plagas de piojos y enfermedades asociadas estaban a la orden del día.




El hambre era, con perdón, el pan de cada día; el aporte calórico era ínfimo para un adulto que además trabajaba 12 horas diarias.
Respecto a la indumentaria, los presos llevaban el típico traje a rayas combinado con zuecos de madera; no había criterios de talla, por lo que la ropa podía ir muy holgada o ajustada. En los meses de invierno, se ponían por debajo mantas o plásticos para aislarse tanto como fuera posible. Cuando más adelante se acabaron los trajes a rayas, los nuevos prisioneros recibían ropa de sus paisanos ejecutados, convenientemente marcada con una gran cruz amarilla.

Al principio, Neuengamme sólo acogió reclusos varones, esa situación cambió en 1942, cuando hasta 10.000 mujeres fueron confinadas en un barracón segregado que acabó convirtiéndose en el burdel del campo; “gracias” a ello, las mujeres estaban mejor alimentadas que los hombres, para así tener un aspecto más saludable.

Todos los prisioneros convivían diariamente con la muerte en forma de enfermedades no tratadas, agotamiento, accidentes laborales, desnutrición o algo tan trivial como moverse ligeramente en las formaciones u olvidarse la letra de los himnos propagandísticos que eran obligados a memorizar. Particularmente sádicos fueron los “ensayos médicos” llevados a cabo por el doctor Alfred Trzebinski; el más atroz de ellos fue el que perpetró con 20 niños y niñas traídos expresamente de Auschwitz... Pocos días antes de finalizar la guerra, todos ellos fueron asesinados para que no quedaran "pruebas" de las atrocidades cometidas.

El campo de concentración tenía un horno crematorio. No hubo cámaras de gas como tal, pero el Zyklon B se utilizó igualmente en el barracón de las celdas de castigo, como mínimo para asesinar a 448 soldados soviéticos.




Hasta su liberación, el 4 de mayo de 1945, se calcula que pasaron por Neuengamme 106.000 prisioneros. Más de la mitad, 55.000, no sobrevivieron.

La tragedia de la bahía de Lübeck

A partir de la segunda quincena del mes de abril de 1945, y ante la inminente llegada de las tropas aliadas, los alemanes decidieron evacuar el campo para que, en el momento de la capitulación, estuviera vacío. 4000 prisioneros escandinavos fueron liberados, en un guiño a la clemencia de cara a futuras responsabilidades penales, y otros tantos fueron diseminados en diferentes “campos de refugiados” sin ningún tipo de cobertura alimenticia o sanitaria. El resto, unos 10.000, fueron obligados a caminar los casi 85 kilómetros que separan Neuengamme de la bahía de Lübeck, una “marcha de la muerte” que muchos no fueron capaces de completar.
supervivientes de la "marcha de la muerte"

Ya en la bahía, había cuatro barcos esperando a los prisioneros: Athen, Deutschland, Thielbek, y el más grande de ellos, el Cap Arcona, crucero de lujo apodado “la reina del Atlántico Sur”. El objetivo de los alemanes era tan mortífero como simple: embarcar los prisioneros, y torpedear  los barcos para que murieran ahogados.

Vale la pena pararse unas pocas líneas en el Cap Arcona: botado en 1927 en los astilleros de Hamburgo, fue el buque insignia de la naviera HSDG, que cubría la ruta entre Europa y América del Sur. De aspecto muy similar al Queen Mary, su interior tenía el mismo nivel de refinamiento, no escatimando maderas nobles. Durante el régimen nazi, fue utilizado como plató cinematográfico para recrear una película sobre el hundimiento del Titanic. A partir de 1933, el cap Arcona paseó la esvástica del Tercer Reich por los océanos del mundo, y en 1939, coincidiendo con el inicio de la IIGM, fue militarizado y utilizado primero como residencia de la Kriegsmarine, y posteriormente como buque de evacuación de ciudadanos alemanes en puertos de la Unión Soviética (la llamada “Operación Aníbal”). Cuando el 20 de abril de 1945 llegaron a bordo los primeros prisioneros de Neuengamme, el buque estaba muy dañado de motores y equipación, pero aún conservaba intacta su innegable -y anacrónica, dadas las circunstancias- categoría.


Volviendo a los hechos de Lübeck, las dimensiones del cap Arcona le obligaron a permanecer fondeado tres millas mar adentro, mientras el carguero Athen hacía de “lanzadera” con los prisioneros; todos los chalecos salvavidas, botes auxiliares y otros elementos de supervivencia habían sido previamente retirados.

Cuando, diez días después, el Athen completó el último viaje-lanzadera, la situación a bordo del cap Arcona era un infierno: casi 7.000 prisioneros se hacinaban sin prácticamente agua ni comida, y decenas de ellos morían a diario. La misma situación se daba en los cargueros Deutschland, Thielbek y Athen. Era el 30 de abril de 1945, y Hitler se acababa de suicidar en Berlín.

El 3 de mayo, unos submarinos alemanes maniobraron en la bahía de Lübeck, posicionándose para torpedear los barcos, no pudiendo llevarlo a cabo porque en ese momento llegaron los primeros aviones de la Royal Air Force británica, que ante el desconocimiento de la naturaleza del pasaje, y viendo las banderas nazis ondeando en sus mástiles, los ametrallaron una y otra vez durante horas. Uno de los pilotos de la RAF, el francés Pierre Clostermann, había sido pasajero en el viaje inaugural del cap Arcona.

No hubo piedad ni tan siquiera con aquellos que, desesperados, se arrojaban al agua, siendo igualmente ametrallados.

Agujereados por todas partes y en llamas, el cap Arcona, Deutschland y  Thielbek se escoraron, quedando parcialmente hundidos en aguas poco profundas. Cuando los primeros supervivientes llegaron a la costa y alertaron a los aliados del error, ya era demasiado tarde: de los 4500 prisioneros a bordo del Cap Arcona, sólo se salvaron 316, y de los 2800 del Thielbek, 50. Del Deustchland salvaron la vida 350 de sus 4000 pasajeros; el Athen fue el más afortunado, todos sobrevivieron.

Los 7500 prisioneros que aquel día murieron ahogados, quemados o tiroteados no han recibido un perdón explícito por parte de los países aliados, que taparon el suceso desde entonces y hasta nuestros días. Tal vez sea la tragedia por “fuego amigo” más devastadora de la historia, y también ha sido, por número de víctimas, el segundo peor desastre marítimo de todos los tiempos.

Los muertos en la bahía de Lübeck fueron enterrados en una fosa común junto a la playa de Neustadt-in-Holstein, a pocos kilómetros del naufragio.


El cap Arcona permaneció cinco años tumbado en la bahía de Lübeck, hasta que finalmente fue desmantelado.

El Thielbek fue reflotado, reconstruido y vendido; navegó hasta 1974 y, cuando fue achatarrado, encontraron los esqueletos de 49 cuerpos incrustados en sus mamparos.
SS Thielbeck

El Athen fue apropiado por la Unión Soviética en concepto de botín de guerra, y posteriormente lo cedió a Polonia, donde fue utilizado para cubrir la línea Gdansk-Buenos Aires.
Athen

Hasta bien entrada la década de los 70, las aguas de la bahía de Lübeck devolvieron a la costa decenas de restos humanos, que eran inmediatamente enterrados en la fosa de Neustadt-in-Holstein.








Neuengamme, desde entonces hasta hoy

Al finalizar la guerra, los aliados utilizaron Neuengamme como campo de internamiento para miembros del Tercer Reich pendientes de juicio. Se estima que, desde el máximo responsable hasta el último guarda, pasaron por Neuengamme unos 4500 miembros del ejército, las SS o personal afín al régimen, de los que se pudieron juzgar unos 180, incluído el doctor Alfred Trzebinski. La inmensa mayoría fueron ahorcados.

En 1960, Alemania construyó una prisión aprovechando parte de los edificios del complejo. Fue derrocada en la década de los 90, y a partir del año 2006, todo el complejo es el memorial cuidadosamente preservado que conocemos hoy, 57 hectáreas con diversas edificaciones como la fábrica de ladrillos, edificios auxiliares, o las “celdas de castigo” en las que quien entraba ya no salía. Hay un especial interés en el trabajo de documentar pertenencias y documentación personal de los prisioneros, quedando a disposición de los familiares su recuperación si pueden acreditar el origen. Todo el material no reclamado está expuesto con la máxima voluntad de reconocer y restituir la dignidad de todos los prisioneros que sufrieron en sus carnes el mayor genocidio de la historia moderna.


Saludos y buena ruta!

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