viernes, 1 de febrero de 2019

La Ardilla Vuelve... porque los viejos rockeros nunca se fueron


En 1982 nacieron, de manera simultánea, dos grandes concentraciones motociclistas invernales: Pingüinos en Valladolid, y la jienense Ardilla; pese a las convulsiones vividas durante todo este tiempo, una de ellas fue, es y seguirá siendo referencia en el calendario motero, y la otra languideció hasta desaparecer en el olvido… hasta este año.

Los más veteranos recordarán aquel espíritu rompedor de las concentraciones invernales, en las que la ropa “técnica” eran papeles de periódico rellenando la chupa, y el equipaje iba atado con pulpos en la parte posterior de aquellas deportivas de media cilindrada que tan bien se vendían entonces… Pernoctar en una confortable habitación de hotel nunca fue opción, y tampoco había redes sociales para vender aquel feliz suplicio como una cosa épica: sencillamente era algo que se hacía en nombre de la amistad y la aventura.

Siempre se ha dicho que España es un país ideal para no guardar la moto ningún mes del año, pero todos sabemos lo radical que puede ser el inverno tierra adentro… Como se apuntaba al principio del artículo, Pingüinos es una de las “grandes” citas invernales a nivel europeo, pero también hay otras concentraciones mucho menos dimensionadas, que han hecho precisamente de su pequeño formato la oportunidad de formar parte de una “maravillosa minoría” que se cita en Argüís (decana de las invernales, por cierto), o Manzanera, por citar dos a bote pronto… La Ardilla formó parte de este selecto grupo, agrupando en los alrededores de Jaén a los motoristas más desacomplejados de la zona... Y así fue hasta el último año del siglo pasado, cuando los organizadores se desmarcaron del evento, sin que nadie cogiera el testigo.

Tuvieron que pasar 20 años para que tres nostálgicos de aquella Ardilla original (Pedro Martos, Javier Blasco y Juan Caballero), retomaran la idea con motivación adolescente y corazón de viejos rockeros; tras pelearse con diversas instituciones –algunas decepcionantemente poco receptivas-, finalmente sedujeron al ayuntamiento de La Guardia de Jaén, que puso los medios para que la concentración finalmente encontrara cobijo… ¡Y menudo cobijo! Nada menos que la cima del cerro San Cristóbal, junto a la ermita de San Sebastián, con vistas privilegiadas a la ciudad de Jaén y las sierras del sur de la provincia, plagadas de olivares; el acceso hasta allí, superando escalofriantes rampas, prácticamente compensa el viaje.

Retomar una concentración después de tantos años, y sin que ninguno de sus antiguos organizadores quisiera formar parte, era un enigma que acabó resolviéndose con 1500 asistentes (300 formalmente inscritos en un evento que no tenía “puertas”), 90 acampados, diversos conciertos, la rifa del sábado por la noche, y cuatro rutas a elegir durante el domingo, por cierto una de ellas con estacionamiento frente a la catedral de Jaén, excepcionalidad facilitada por el consistorio.







Haciendo balance de lo vivido, parece ser que la Ardilla ha vuelto para quedarse. Como en los viejos tiempos

¡Mucha suerte y hasta el año que viene!

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