martes, 18 de septiembre de 2018

Cabo Norte (3 de 11)


De nuevo cargado y en ruta, Haparanda es la última ciudad sueca, tenía su nombre mitificado ya que llevaba seiscientos kilómetros leyéndolo en los plafones de la carretera; en las afueras, un salto al río Torne me deposita en Finlandia, recuperando el euro como moneda, y añadiendo un huso horario a mi reloj.

Como un autómata, y por la inercia generada de tanto leer a otros motoviajeros, me acerqué hasta Rovaniemi, hogar “oficial” de ese gordinflón vestido de rojo que, en nochebuena, se cuela por las chimeneas de los hogares acomodados… Y, por mis pecados, eso fue exactamente lo que encontré, un parque monotemático donde siempre es Navidad. Entré en la guarida de Papá Noel justo en el momento del relevo, poco discreto ante la escasa afluencia de público; ver a dos tipos de barba blanca hablando de manera coloquial, sin la sobreactuación habitual, fue la mejor escenificación de nuestra sociedad postiza… Niños, no hagáis caso a este escritor gruñón y seguid creyendo en la magia de la Navidad.

Total, que me marché de allí con la única satisfacción de retratarme bajo el cartel y la marca en el suelo que delimita el Círculo Polar Ártico: oficialmente, ya estaba más allá de donde Cristo perdió las alpargatas.


El paisaje finlandés tiene similitudes con el sueco, y aunque la densidad de los bosques es similar, la carretera atravesaba núcleos habitados –benditas píldoras de animación visual-, la orografía empezaba a ondularse… y los renos se hacían finalmente presentes en el camino, después de decenas de señales de tráfico advirtiendo de un peligro que tardó en corporizarse. 




Sirkka es una pequeña población que vive de la estación de esquí de Levi, cuyas pistas prácticamente acaban en sus calles; contraté pernocta en un camping de bungalows, y al comprobar su magnífica relación confort-precio (tenían hasta sauna), alargué la estancia una noche más. Durante estos dos días, tomé unas ocho o diez sesiones de sauna, intenté por enésima vez engancharme a “En el camino” de Jack Kerouac –no hay manera, si alguien quiere este libro, lo cedo gustosamente-, y completé una ruta circular por pistas de tierra compactada que el mapa Michelin me juraba eran carreteras; por cierto, sin ser especialmente conservador en lo marrón, no fue casi hasta el final de la jornada que caí en la cuenta de que llevaba las Contitrail Attack 2, y además con las presiones de carretera… Estas gomas me han convencido para convertirse en mis nuevas “zapatillas” de referencia.





lunes, 10 de septiembre de 2018

Cabo Norte (2 de 11)


Al día siguiente, recién desembarcado en Malmö, iba a tardar poco en descubrir que, sin salir de la autopista –y más tarde, carretera de tres carriles alternos-, Suecia sería una prolongación del tedio francoalemán: efectivamente, la belleza no saldrá a tu encuentro, la has de ir a buscar. Eso es debido a que buena parte del país es llana y tupida de altos bosques alpinos, y ese será el decorado reiterado del camino. Muy bonito la primera media hora.

En la primera parada que hice para repostar, me atendió Miss Suecia 2018… Con el tiempo, me di cuenta de que buena parte del país está plagada de “Miss y Mister Suecias”: no sólo son cívicos, ordenados y eficientes, sino que además son tremendamente atractivos.

Mi camino sueco pasaba cerca de Huskvarna, ciudad que alberga el gigante industrial Husqvarna, conocido por nuestro colectivo gracias a las motos de enduro, pero que también fabrica maquinaria industrial, forestal, agrícola, de jardinería, máquinas de coser, armas de fuego, ropa de seguridad e incluso un jodido carro para hacer perritos calientes. Junto a la fábrica hay un museo donde puedes hacerte una idea de la trascendencia de Husqvarna en Suecia, Escandinavia y el resto del mundo.
 La primera noche sueca la pasé en un hotel-pensión de Gävle, a orillas del Báltico. El local de debajo era un kebab con tres parroquianos marginales dándole a la jarra en una mesa exterior; uno de ellos se me enganchó del brazo, y medio entendí que también era motorista y que, canastos, por sus cojones íbamos a tomar una ronda juntos. Me presentó al resto de la pandilla (un gigantesco sueco al que le separaba un zurito del coma etílico, y una señora de edad indeterminada a la que le faltaba la mitad de la dentadura). Les prometí que “volvía en seguida, después de descargar la moto”, y ya no me vieron más el pelo, aunque yo sí a ellos: la ventana de mi habitación estaba justo por encima de sus cabezas. Por cierto, no había cortinas, y Gävle ya estaba suficientemente al norte como para no anochecer. Ni el antifaz me salvó del primer insomnio ártico.

Al día siguiente se repitió la tónica de ruta aburrida, con la sonadísima excepción del puente colgante de Höga Kusten, el tercero de su categoría más largo de Europa, y undécimo del mundo (1867 metros); la travesía de dicho puente fue una de las pocas oportunidades en que pude divisar la costa del golfo de Bòtnia, prácticamente invisible tras la continua barrera de árboles que, todo sea dicho, me sirvieron de parapeto para hacer más llevadero un desagradable día de vientos racheados.

Tras ochocientos cansinos kilómetros, llegué a Lulea, casi en la coronación del golfo de Bòtnia, y por lo tanto muy cerca también de la frontera finlandesa. He atravesado el país sin una sola corona sueca en los bolsillos, en toda Escandinavia el uso de las tarjetas de crédito es masivo, e incluso hay tiendas con carteles que indican que “podrían no disponer de monedas para dar cambio en efectivo”. En Lulea reservé directamente en el hotel que la aplicación del móvil me decía era el más económico… Esperaba encontrarme un tugurio al estilo de la noche anterior, pero para mi sorpresa el hotel respiraba diseño cosmopolita y modernidad por los cuatro costados: el ahorro estaba en la habitación, un minúsculo zulo sin ventanas, pero aun así acogedor. Por lo menos, la inexistencia de ventanas me permitió dormir como una piedra, a salvo del sol de medianoche.



De buena mañana, ya estaba desayunando en el “buffet” del hotel, situado en la última planta, y rodeado de ventanales panorámicos en casi todas sus paredes, supongo que para compensar la carencia de las habitaciones. Tomo nota mental del carácter de los comensales que me rodean: silenciosos, educados… me siento como un actor de una serie de televisión donde el plató y los extras del rodaje están exquisitamente bien colocados, casi de manera artificial. Más allá de los ventanales, Lulea se despereza iluminada con la luz irreal de estas latitudes, casi de película para continuar con los símiles cinematográficos.

Aunque el cielo estaba despejado, las temperaturas se habían desplomado en todas las franjas del día; un vistazo a la méteo corroboró que, de aquí en adelante, las temperaturas fluctuarían entre los 4-5 grados matinales, hasta los 15-18 del mediodía, auténtica gloria para los que odiamos ese bochorno mediterráneo que, paradójicamente, encanta a quienes no lo tienen. Total, que saqué del petate la artillería invernal que aún no había desembalado, concretamente la camiseta y pantalón termorregulador Rukka Outlast. Al no ser ropa estrictamente térmica, su eficacia se hubiera resentido de haber padecido temperaturas extremas, pero en aquel momento y lugar era simplemente perfecta para conseguir bienestar térmico, todo ello gracias a una ropa tan ligera y ergonómica como tu pijama favorito. Verlo para creerlo.

Antes de abandonar definitivamente la habitación del hotel, me acerqué hasta la cercana aldea-iglesia de Gammelstad, una de las mejor conservadas de Escandinavia, y Patrimonio de la Humanidad. Siglos atrás, muchos feligreses construyeron pequeñas casas alrededor de sus iglesias de referencia, ya que la dureza del clima les complicaba los traslados. Con el tiempo, estas casas acabaron conformando auténticos “pueblos” de uso temporal. Hoy en día sí son viviendas definitivas, aunque muchas de ellas recicladas en apartamentos turísticos, casi todas pintadas de ese exquisito y característico color “rojo Falun”.

...continuará...

martes, 4 de septiembre de 2018

Cabo Norte (1 de 11)


Voy a ser sincero: nunca había priorizado ir a Cabo Norte como aquel suspirado destino que algún día haría mío. Ciertamente es un viaje exigente, tal vez lo más bestia que se pueda plantear alguien que viva en la península ibérica y no pretenda salir de esa civilizada Europa en la que cualquier imprevisto se resuelve con una llamada de teléfono y una tarjeta de crédito a mano… Pero hay que tener muy en cuenta que el destino es lejano, el viaje es aburrido según por donde subas, y todo es muy caro cuanto más al norte estés. Pero la llamada del punto más septentrional de Europa (concepto falso, por cierto) es muy potente, y cada vez son más los motoristas que se animan a conquistarlo, provocando a su vez un “efecto llamada” entre los que esperan su turno, y leyendo crónicas como ésta comprueban que efectivamente querer es poder.

En mi caso, el viaje debía tener necesariamente unas paradas interesantes más allá de los paisajes indómitos del círculo polar ártico, y sobre todo, que mi pareja Isabel sufriera lo menos posible la excesiva kilometrada… Empezando por esto último, la solución vino en forma de billete de avión que le ahorraría el acercamiento por tierra. De este modo, cuando estuviéramos juntos tendríamos la faceta más turística del viaje… y los once días que yo campase a mi bola por Europa los invertiría haciendo paradas en sitios singulares marca Kaizen, historias fenomenales que explicaré en otro momento porque no quiero distraerme del Gran Viaje.

Los preparativos son muy importantes, y a que a no ser que tengas las posaderas encallecidas, probablemente este será el viaje en el que más horas te vas a tirar encima de la moto; la equipación ha de ser la adecuada, la máquina tiene que estar mimada y revisada como nunca… y bueno, la cuestión económica ya la he comentado, ¿no? Asume desde ya que en Escandinavia vas a ser un indigente en moto, y tu vida glamurosa será básicamente dormir en campings y comer salchichas en las gasolineras… y ni de coña te acerques al alcohol, está tan gravado con impuestos que te será más barato brindar con caviar.

Empecemos por la moto: mi SuperTeneré comienza a tener un extenso currículo de kilómetros (cumplió 100.000 en algún lugar de Finlandia), así que no escatimé en gastos a la hora de ponerla a punto: consumibles y líquidos nuevos, batería recién cambiada y un juego de neumáticos que durarán los veintidós días de este viaje… En mi caso, y “haciéndole el salto” a mi marca de toda la vida, opté por unos Continental ContiTrail Attack 2, con un dibujo más asfáltico del que llevo normalmente… porque “se suponía” que en este viaje no íbamos a salir de lo negro, ¿verdad? Más adelante, os comentaré el fenomenal comportamiento que brindaron estas gomas en los casi doscientos kilómetros de pistas sin asfaltar que recorrimos.

Por lo demás, me veo en la obligación de volver a mencionar uno de los mejores accesorios que llevo: el asiento de gel Lolo Pámanes (www.lolopamanes.es), del cual ya he hablado en otras ocasiones, pero que en este viaje pasó su prueba de fuego salvando literalmente mi culo en sucesivas “milkilométricas” etapas.

Referente al equipamiento personal, y si bien es cierto que se puede ir al fin del mundo con una chupa de polipiel y unos papeles de periódico a modo de aislante, es importante que la ropa sea técnica, eficaz y sobre todo muy cómoda. Yo opté por la chaqueta Held Caprino y el pantalón Held Arese, productos que ya llevan unas temporadas en el mercado, y por tanto, probadísimos. Por debajo de la primera capa, opté por la camiseta y pantalón termorregulador Rukka Outlast, todo un hallazgo por su increíble comodidad… Puedes encontrar todos estos artículos en www.ubricarmotos.com .

El día de la partida, con la moto torpe de tanto peso y tus allegados con más cara de preocupación que ilusión, es inevitable tener un instante de duda, de aquellos en los que piensas “¿qué es este fregado en el que me estoy metiendo?”, pero el movimiento disipa tus inquietudes, y si cuando rebasas la frontera ya ni piensas en ello, es que lo estás llevando fenomenalmente.


Desmontemos un mito en voz bien alta: acercarse a Cabo Norte es un soberano coñazo. Si eres uno de esos currantes que no va precisamente sobrado de días y dinero, deberás ir y volver de manera decidida; ello implica no mirar mucho a los lados y dar caña por la autopista, primero fundiendo la tarjeta en Francia -bendita tarifa reducida para las motos-, y luego en las autobahn alemanas, gratuitas y de velocidad libre. Respecto a estas últimas, te aconsejo encarecidamente que no bajes la guardia ni te flipes con el puño del gas, ya que Alemania tiene un tráfico muy denso y son frecuentes las retenciones: yo fui testigo de más de media docena de accidentes por alcance, alguno de ellos grave.

Para romper un poco la rutina, en Friburg abandoné temporalmente las vías rápidas para atravesar Schwarzwald, la “Selva Negra”, zona montañosa plagada de bosques de abetos, pueblos de postal y carreteras muy apetecibles. También aproveché para enterrar en el fondo del equipaje la chaquetita veraniega y los tejanos reforzados con los que había salido de casa, sacando a su vez el flamante equipo “Held”, que estrenaba por vez primera… Demasiado tarde me percaté de que, si tenía algún problema de roces o mala adaptación, me iba a comer el marrón los próximos veinte días, pero tanto la chaqueta como el pantalón encajaron como un guante. Con los días tomé conciencia de que este es el mejor traje que nunca antes he llevado, y que detrás del elevado precio hay un trabajo de desarrollo y diseño de producto: hay una vida mejor, pero es más cara, amigos.


Ya en el norte de Alemania, una de las fórmulas más utilizadas para cruzar a Escandinavia es tomar el ferry de Puttgarden (40 minutos de travesía), pero yo os aconsejo el ferry nocturno de Travemünde a Malmö, algo menos de ocho horitas en las que, mientras duermes, avanzas.



...continuará...