lunes, 18 de marzo de 2019

Reinosa, primavera de 1987


Llegué a Reinosa un domingo soleado de febrero, bien temprano. Es la capital de la comarca cántabra de Campoo-los Valles (la que ocupa el “cuerno” sur de la comunidad, para que nos entendamos), y también es uno de los cuatro municipios cántabros que se pueden llamar “ciudad”, pese a contar con poco más de 9.000 habitantes.



Desde el pueblo vecino de Retortillo, hay una buena perspectiva de Reinosa; a aquella distancia, y con el marco nevado de la cordillera cantábrica, la ciudad se negaba a salir de la cama por ser demasiado temprano y demasiado domingo. Bucolismo y sosiego.

En la primavera de 1987 no había bucolismo ni sosiego, y sí a una represión que se le fue de las manos a ese “estado de Derecho” que conservaba -ejem, conserva- unos preocupantes "tics" de totalitarismo que muchos creíamos enterrado. Antes de entrar en detalles, un par de pinceladas de historia…

Desde tiempos inmemoriales, Reinosa ya era una referencia del trasiego mercantil en la comarca, que se consolidó en el siglo XVIII gracias a la construcción del Camino Real y el puente sobre el río Ebro: multitud de carretas confluían allí camino del puerto de Santander, y con ellas, diversos mercados ganaderos y de grano. La llegada del ferrocarril, en 1857, facilitó la implantación de industrias, sobre todo alimentarias.

Recién entrado el siglo XX, se añadieron las grandes factorías de forja, especialmente la llamada “La Naval”, que sólo por ella misma ya daba empleo a más de mil personas. A rebufo de La Naval se establecieron otras empresas, que convirtió a aquella comarca en un referente industrial no sólo de la comarca, sino de todo el país.

… Y llegó la llamada “reconversión industrial”.

En 1973, los países árabes cortaron el suministro de petróleo a Estados Unidos y sus aliados europeos, en represalia por el apoyo a Israel durante la guerra del Yom Kipur. Este embargo supuso un colapso en la economía mundial, que España sorteó de puntillas “gracias” a su teórica neutralidad en el conflicto árabo-israelí.

En marzo de 1974 se levantó el embargo, pero la crisis todavía duró varios años, por motivos económicos varios que se resumían en la vulnerabilidad del Primer Mundo ante su dependencia del petróleo. Fruto de ello, se revisaron las políticas de desarrollo hasta entonces vigentes, y bajo la tutela de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), empezó una durísima reestructuración de la agricultura y la industria, con la pretensión de adaptarlas a los nuevos tiempos, y sobre todo para hacerlas tan rentables como fuera posible… En el caso de España, se preveían tiempos duros, ya que la autarquía franquista había generado auténticos “monstruos” industriales en el sector naval, textil, la minería y la siderurgia.

La muerte de Franco pospuso temporalmente cualquier medida que pudiera suponer una alteración de la tambaleante paz social en aquellos tiempos de Transición. Finalmente, en 1981 comenzaron a aplicarse los primeros cierres y regulaciones de empleo, que se aceleraron dramáticamente en 1986 con la entrada del país en la Comunidad Económica Europea.

Las siderúrgicas de Reinosa estaban plenamente afectadas por esta Reconversión, y si se llevaban a cabo, supondrían el paro o el éxodo para buena parte de la comarca.

El 11 de marzo de 1987, Enrique Antolín, hasta entonces presidente de “Forjas y Aceros” (la antigua “Naval”), se dirigió por última vez a su despacho, para vaciar los cajones y despedirse de sus consejeros antes de tomar posesión como nuevo y flamante consejero de Obras Públicas del gobierno vasco. Pocos días antes, se había hecho público que la empresa iniciaba un expediente de regulación de empleo para 463 trabajadores, y a Antolín se le suponía feliz de estar bien lejos cuando aquello ocurriera... Sin embargo, no salió de allí aquel día, ya que miembros del comité de empresa lo retuvieron, y se lo llevaron por la fuerza hasta el "búnker", edificio de Control de Calidad carente de ventanas, con el propósito de canjear su "liberación" por la retirada del mencionado expediente…

A la mañana siguiente, la Guardia Civil asaltó la fábrica y liberó a Antolín. Los disturbios se extendieron rápidamente por todo Reinosa, superando claramente la capacidad de respuesta de las fuerzas del orden hasta el extremo de acorralar a ocho guardias civiles, que fueron apalizados y desposeídos de sus armas antes de dejarlos marchar; un fotógrafo de la agencia EFE captó el momento en una imagen que dio la vuelta al país. 


Uno de los guardias civiles manifestó que “no nos mataron porque no quisieron. Cayó sobre nosotros una nube de piedras hasta que alguien dijo que ya estaba bien (…)”.

Aquella actuación de orden público, se convirtió en un enfrentamiento entre un pueblo que se sintió atacado, y unas fuerzas del orden que, poco acostumbradas a que les hicieran frente, contraatacaron como si fuera una escaramuza entre bandos antagónicos. El PSOE, por aquel entonces en el gobierno, respaldó sin fisuras la actuación de la Guardia Civil, y volcó la responsabilidad en los “trabajadores y vecinos de Reinosa”. El ministro del interior era José Barrionuevo, y el director general de la Guardia Civil, un tal Luís Roldán. La única medida disciplinaria que se tomó fue el relevo del teniente coronel jefe de la comandancia de Cantabria, hecho que para nada atemperó los ánimos de los sublevados.

Los siguientes días continuaron las protestas callejeras, observadas a distancia por un grupo cada vez más nutrido de antidisturbios que incluía tanquetas y helicópteros. Finalmente, el 16 de Abril, la Guardia Civil “peinó” la ciudad provocando todo tipo de destrozos, entradas indiscriminadas en domicilios, y otras acciones de las que, literalmente, ni Dios se salvó: en la iglesia de San Sebastián, el párroco pudo in extremis cerrar los portones de madera antes de que cayeran sobre ellos una lluvia de pelotas de goma. El destrozo gratuito de aparadores y agresiones a quienes se cruzaron por la calle mostraron que aquello, más allá de una actuación de orden público, era una venganza por la "humillación" sufrida un mes antes, perversamente alimentada por cierta prensa que tachaba de "blandos" a los mandos políticos del cuerpo armado.

Y finalmente pasó lo que se temía pasaría en cualquier momento: un trabajador murió por inhalación de gases. Se había refugiado en un garaje en el que se dispararon hasta 30 botes de humo.


Aquella muerte, a la postre la única de todos los disturbios, marcó un punto de inflexión; tras el entierro, al que acudieron 10.000 personas, y dos huelgas generales, la ira fue mutando en frustración. Varias manifestaciones frente al ministerio de Industria, en Madrid, tampoco sirvieron para que finalmente se ejecutaran aquellos 463 despidos de la discordia.


Hoy, La Naval se llama Sidenor, y sigue haciendo dramáticos equilibrios para mantener una producción que, desde la Reconversión, nunca volvió a ser lo que era.

lunes, 11 de marzo de 2019

El día que conocí a Pepe Rubianes


 
Fuente: en la imagen
-“¡Pero bueeeno!”-exclamé, dentro del casco, al ver la fábrica de cierta marca de dulces que había al otro lado de la carretera. Los había saboreado muchas veces a lo largo de mi vida.

Circulaba por una carretera secundaria en la parte menos poblada de una provincia poco poblada, así que fue una sorpresa encontrarme a aquel gigante de la bollería industrial precisamente allí, en medio de ninguna parte, empequeñeciéndose cada vez más en el espejo retrovisor.

Hubo algo que no me cuadró en aquella fugaz fotografía: la puerta de acceso estaba cerrada, okey vale, es domingo, pero en el  interior –aparcamiento, muelles de carga-, la hierba estaba demasiado crecida, y además, una solitaria silla de oficina estaba abandonada en medio de la explanada, y esa aparente banalidad fue la que más llamó mi atención… Siguiendo ese instinto que sólo puedo obedecer cuando viajo solo, paré un par de kilómetros más allá, y unos instantes después ya estaba conectado al cibermundo para indagar qué había pasado allí…
 
…Y básicamente pasó que la fábrica, después de tres décadas de actividad, entró en suspensión de pagos en 2006, un drama para la comarca, y para muchos trabajadores que llevaban allí desde el primer día. Años después, un pez grande y solvente se zampó al pez arruinado por un precio simbólico, con la promesa de reflotarlo y devolverlo a los buenos viejos tiempos… Nada de eso pasó, y poco tardó en saberse que la única intención del pez grande era eliminar competencia, quedarse con la cartera de clientes, y desmantelar la maquinaria para subastarla por el dinero que quisieron darles. Una agonía que se prolongó tres años más. En 2013, todo quedó abandonado, esperando a que un contador de historias chafardero y motorizado pasara por allí…


A través de unas rendijas desencajadas pude acceder a la fábrica (cuya ubicación no desvelaré, para mantenerla en la medida de lo posible alejada de los vándalos). Tomé algunas instantáneas que, días después y ya en casa, descubrí que no aportan nada al desarrollo de esta historia porque por más que escarbé en las hemerotecas, no encontré nada digno de relatar. No tengo ninguna duda de que ahí hay decenas de historias personales dignas de contar, pero no han trascendido, o bien no las he sabido encontrar.


Hace diez años que murió Pepe Rubianes.

En 1998, este humilde narrador era conductor en la compañía municipal de autobuses de Barcelona. Como todavía era un novato, demasiado a menudo me “comía” las líneas más ingratas… Y la más jodida de ellas, con diferencia, era la 38.

Con un extremo en el Hospital Clínic y el otro en la plaza Catalunya, la 38 tenía dos perfiles de pasaje claramente diferenciados: entre el Clínic y el barrio de la Zona Franca era una línea como cualquier otra, y a partir de allí, se alejaba de la ciudad, pasaba por debajo de la Ronda Litoral, y entraba en el inframundo de Can Tunis, encajado entre el puerto de mercancías y el cementerio de Montjuic; en su origen, fue un extenso poblado de “casas baratas” levantadas apresuradamente en 1929 para alojar a los chabolistas de la montaña de Montjuïc. A partir de los años 80, fue casi enteramente demolido, y lo poco que quedó fue ocupado por un centenar de familias gitanas; por acción de algunos y la inacción de otros, aquel gueto se convirtió en el mayor supermercado de la droga de Barcelona. Los miles de heroinómanos que cada día acudían allí a por su dosis, solo podían llegar en “narco-taxis” de toxicómanos que aún conservaban su coche y lo compartían, o bien tomando el autobús 38. 

fuente: en la imagen

Más allá de la Zona Franca, los únicos clientes del 38 eran heroinómanos, y esporádicamente alguna señora que llevaba flores al cementerio. Cuando el bus enfilaba la glorieta que había junto a Can Tunis, los espectros salían de los rincones donde se habían chutado, y dándole una carrerita a sus cuerpos enjutos, se ponían en la cola de la parada. Can Tunis quedaba un centenar de metros más allá, y nadie -salvo sus inquilinos, y obviamente los “clientes”- se acercaba más. Desde allí eran perfectamente visibles las calles rotas, jalonadas por hogueras y basura, adolescentes haciendo trompos con coches robados, y varias yonkis prostituyéndose allí mismo: un par de mamadas, y a seguir montando el caballo. A veces se dejaba ver algún zeta de la Policía Nacional, pero iban solo para ver el espectáculo, ya que nunca intervenían excepto en las redadas, cuando entraban varias furgonas de antidisturbios a la vez. Cada vez que eso pasaba, el “mercado de la droga” en can Tunis se paralizaba durante una o varias semanas, y mientras se reabastecía el suministro, los toxicómanos iban a buscar jaco a Sant Cosme o La Mina.

La cuestión que más conflicto generaba a los conductores del 38 era el cobro del billete. Según la conflictividad del momento, la empresa utilizaba diversas estrategias: la del “aquí pagáis todos”, la del “hacemos la vista gorda pero portaos bien”, y la del vuelta a empezar, pero con guardias de seguridad a bordo del autobús. En la época que os relato, estábamos en la fase del “paga todo Dios”, modalidad sin guarda de seguridad, por lo que el marrón se lo comía el conductor: las mujeres nos ofrecían canjes por anillos, pulseras, e incluso algún “te enseño las tetas si me dejas subir”. Los hombres generalmente ofrecían objetos robados, sobre todo autorradios. Pobres diablos, una vez superabas la aprensión –y el miedo, joder- de enfrentarte a aquellos cadáveres andantes de miradas extraviadas, comprobabas que detrás de esa tambaleante fachada sólo había una vida que se apagaba de manera indigna, incluso eran cruelmente humillados por los hijos de los traficantes, que jugaban a ser Vaquillas y Toretes.

Cuando el 38 iba en dirección plaza Catalunya, la clientela había alimentado el mono, y por tanto se comportaba de una manera más ordenada; en dirección contraria, había más impaciencia y sudoraciones… No era inhabitual acabar el turno recogiendo varias jeringuillas del suelo…

Madre mía, cómo me he ido del tema… Os iba a hablar del día que conocí a Pepe Rubianes, ¿verdad?

Sucedió un sábado de 1998, a media tarde, en el terminal de Hospital Clinic. Era una calle tranquila y una hora tranquila, aquel “valle” entre acabar de comer y salir a pasear que en el Sur llaman “hora de la siesta”… El tiempo de trayecto de la 38 era generoso, por lo que si el viaje era tranquilo, los conductores teníamos hasta un cuarto de hora para relajarnos en los terminales. Para llenar aquellos ratos de asueto, siempre llevaba un libro en la mochila, en aquel momento “1984”, de George Orwell.

Y allí estaba yo aquella tarde, leyendo las tribulaciones de Winston Smith y el Ministerio de la Verdad, con el libro apoyado en el volante, y el motor del Pegaso apagado para no molestar al vecindario. Como no había ningún pasajero a bordo, ni siquiera tenía encendidas las luces interiores….

En un momento dado alcé la vista, y más allá de la luna del autobús, observé a un tipo en medio de la calle. Estaba a unos diez metros de mí, y parecía dudar entre ir a dos comercios, cada uno de ellos en un lado de la acera…

El tipo en cuestión, como habrás supuesto, era Pepe Rubianes.

En 1998 yo tenía veintiséis años, y conocía a Pepe sobre todo por su último  espectáculo, “Rubianes Solamente”,  que llevaba un año interpretando en el teatro Club Capitol: nadie habría aventurado que estaría nueve años sin moverse de allí, un prodigio de longevidad en la exigente cartelera de la ciudad condal… Y en unos tiempos en que ser monologuista era una excentricidad, y no la norma.

Pero Pepe era mucho más que “Rubianes solamente”, pero mi inmadura edad y escaso conocimiento me impedían dimensionar a un actor que formó parte del elenco fundador de la compañía Dagoll Dagom, allá por los años 70, y que más adelante actuó junto als Joglars de un Albert Boadella que por aquel entonces molaba.

Un jodido icono de las artes escénicas, vaya. Y ahí lo tenía, bailando en medio de una calle desierta mientras decidía si tiraba para un lado o para el otro mientras un joven y atónito conductor de autobús era testigo privilegiado.

Finalmente, enfiló hacia la acera opuesta a donde estaba el autobús. Yo era, -ejem, soy-, una persona con demasiada timidez en la mochila, aun así llegué a un acuerdo conmigo mismo: “si cuando salga de esa tienda cruza la acera para ir a la otra, le abordo”. La otra tienda estaba a menos de cinco metros de la puerta del autobús, y casi al instante empecé a desear que no lo hiciera, ya que no creía ser capaz de hacerlo…

Pepe Rubianes salió de la tienda… y el muy jodido cruzó la calle.

La tienda que había junto al autobús era de esas tipo “menaje”, en la que te vendían desde un taburete hasta un mantel, y el escaparate estaba copado de utensilios prácticos para el hogar; allí se detuvo Pepe, y yo, sin pensar mucho en ello, cogí el libro y bajé del autobús...

-Hola Pepe…

Él se giró, mirándome y buscando en su agenda mental si me conocía de algo.

-No me conoces, bueno esto te pasará mucho, que tú no conoces a gente que quiere saludarte porque te admira como actor, en fin no quiero distraerte mucho pero que me encanta tu actuación, estuve hace pocas semanas en el Club Capitol y no veas como nos reímos jaja…

Mientras hablaba como una cacatúa, mi neurona en la sala de máquinas se desgañitaba intentando reconducir la situación: “¡¡POR AMOR DE DIOS, SAL DE ESE BUCLE, O POR LO MENOS UTILIZA COMAS Y PAUSAS, ESTO TE VA A PASAR UNA VEZ EN LA VIDA Y ESTÁS QUEDANDO COMO UN GILIPOLLAS!!”
 
La actitud de Pepe tampoco ayudaba nada, mirándome fijamente y agitando levemente la cabeza, por los clavos de Cristo que parecía a punto de enviarme a tomar por culo…

Le esgrimí el libro a modo de escudo, y le pregunté si podía autografiármelo.

La portada mostraba el título, impreso en letras blancas: “1984”, y el nombre del escritor, George Orwell. Pepe esbozó una sonrisa (que me supo a gloria), y dijo:

-Buen libro, sí señor. El gran hermano nos vigila…

Me preguntó el nombre, y estampó una breve dedicatoria con su rúbrica. Al devolvérmelo, ya había borrado su sonrisa, así que era hora de darle las gracias y despedirme. Con un breve “Adéu” se perdió por la calle Provenza, dirección Besòs.

Aquel día, supe en propia carne lo que es obvio: un humorista no va por la calle haciendo de humorista, ríen, sufren y tienen problemas como cualquier mortal, pero a la hora de subir a un escenario interpretan a un personaje que se puede parecer a él, pero no es él. Yo hablé con el Pepe Rubianes de fuera del escenario, un tipo que iba buscando una tostadora nueva, o un cuchillo jamonero, y estaba impaciente porque era sábado por la tarde y no lo encontraba.

Veinte años después…

…Las carambolas de la vida me llevaron a compartir toda una mañana junto a una veterana y reconocida actriz catalana. La recogí en su casa, desayunamos en un bar y me puse al volante para llevarla a su destino, a una hora de distancia. Al principio, la conversación fue muy formal, limitándonos a los tecnicismos que nos habían hecho coincidir aquel día, pero conforme avanzaba la mañana, empecé a deslizarme hacia aquella verborrea de “autobusero”, psicólogo de barra de bar o como quieras llamarlo, y entonces se abrió una puerta de confianzas.

En un momento dado, mencionamos a Pepe Rubianes: “ai, el nostre Pepe”-suspiró ella-“cómo lo echamos de menos…”.

-Yo me lo encontré una vez, le pedí un autógrafo...-repliqué yo.

Mi venerable acompañante mantuvo silencio, como invitándome a continuar, y como no lo hacía, me dio un empujoncito:

-¿Y te lo dio?

-Sí...- respondí con un punto de perplejidad.

-Es que Pepe no era amigo de que le abordasen por la calle, algunas veces incluso se llegaba a poner desagradable, por eso te lo preguntaba…

Yo esbocé una sonrisa, recordando el libro:

-Creo que me salvó George Orwell. Tenía en las manos “1984”, y le pareció curioso…

La actriz, carcajeándose, exclamó con voz de falsete:

-“Big brother is watching you!”
 
-Eso mismo dijo él-repliqué.

 Y ya está. Lo sé, es una mierda de final, a lo bruto y sin moraleja ni broche de oro, pero reconoced que ha tenido su punto empezar en una fábrica abandonada de dulces, y acabar aquí.
fuente: La Vanguardia

lunes, 25 de febrero de 2019

Garínoain: por un puñado de votos



La comunidad foral de Navarra presenta una peculiaridad política que la diferencia del resto del país: la poca penetración de los partidos políticos “tradicionales” en los ayuntamientos, que en muchos casos son gobernados por agrupaciones independientes creadas por los propios vecinos.

Yendo aun más allá, en las últimas elecciones (año 2015) hubo 24 municipios que, por inacción, no presentaron ningún tipo de lista; en esos casos, la ley electoral obliga a que, en el plazo de seis meses, se confeccione una lista alternativa, o el Gobierno foral designará aleatoriamente a unos vecinos para formar una “comisión gestora” que gobierne hasta las próximas elecciones. Aunque esto parezca un extremo insólito, casi la mitad de los municipios de Navarra han recurrido a estas comisiones desde la restauración del sufragio, en 1979.

El caso más paradigmático es el del pequeño pueblo de Bargota, que ya lleva cuatro legislaturas "pasando" de listas; ante cada nueva votación, los vecinos introducen el nombre de un paisano en una urna, y los siete más votados forman el nuevo equipo municipal, sin distinción de ideologías. Algo así como elegir al “delegado” de la clase.

Garínoain, pequeño municipio de 500 habitantes situado 30 kilómetros al sur de Pamplona, también había tenido una larga tradición de equipos de gobierno independientes… Hasta el 2011, cuando unos oportunistas venidos de fuera arrebataron al pueblo la vara consistorial, generando cuatro años de broncas y convulsión.

Aquel año, Garínoain no presentó ninguna lista para las municipales, así que se abrió el plazo reglamentario de seis meses para crear una... Los oportunistas antes mencionados, tenían un nombre: Derecha Navarra y Española (DNE).

DNE fue un partido minoritario, creado por varios miembros expulsados del PP navarro, y con una ideología basada en la identidad nacional, la oposición al aborto, el ultracatolicismo, la homofobia y, en fin, los ítems habituales de un partido nostálgico de la dictadura franquista. Al frente estaba Nieves Ciprés, que en su día pretendió escalar hasta la presidencia del Partido Popular de Navarra; tras un "presunto" trampeo con los avales -no llegaba al mínimo exigido-, el PP la expulsó. Ciprés creó su propio partido (DNE) junto a otros outsiders situados a la derecha de la derecha.
fuente: diario de Navarra

DNE tenía una penetración territorial anecdótica, así que intentaron meter el pie en algunos ayuntamientos “por la puerta de atrás”, es decir, presentando sus listas en el mencionado periodo de gracia de seis meses, y evidentemente escondiendo sus intenciones a los vecinos: si cuela, cuela. En otro pueblo les detectaron a tiempo la jugada, y sus vecinos montaron ipso facto una lista alternativa para "contraprogramarlos", pero en Garónoain no se olieron la tostada, y descubrieron demasiado tarde que aquella cuadrilla de ultras les iban a gobernar, porque sencillamente no había nadie que les hiciera competencia. La única manera era de impedirlo era que no alcanzaran el 5% de los votos, cifra necesaria para validar resultados... y casi lo consiguieron.

DNE obtuvo 18 votos contra 305 en blanco, exactamente el 5% codiciado. Una alcaldía a cambio de un puñado de votos.

Aquella noche de noviembre de 2011, se leyó el resultado electoral en medio de una monumental bronca con megáfonos y cazuelas; el alcalde electo, Gonzalo Vicuña, dimitió aquella misma noche tras sufrir un ataque de ansiedad. La presidenta Nieves Ciprés, también presente en el ayuntamiento, sondeó al número dos de la lista, Javier Echarri Cabodevilla, que sí aceptó. Todos ellos abandonaron aquella noche el pueblo fuertemente escoltados por la Policía Foral.
fuente: Alerta Digital

Tres meses después, finalmente se celebró el pleno donde debía tener lugar el traspaso de poderes. El equipo saliente había “engalanado” la fachada del ayuntamiento con grandes crespones negros, y pancartas que rezaban “CONTRA LOS ESPECULADORES POLÍTICOS” y “QUÉ PARTE DEL ‘NO’ NO ENTENDÉIS”. De los siete ediles, ninguno era del pueblo, y de hecho dos de ellos eran de Madrid. En sus primeras declaraciones a la prensa, el nuevo edil manifestó que “había entrado en este proyecto con calzador, siguiendo a la presidenta Ciprés, y ahora me veo alcalde”.
fuente: Gerinda Bai
Nieves Ciprés y Javier Echarri (fuente: el País)
No hace falta añadir que la legislatura fue convulsa, la deserción de ediles fue constante, e incluso circularon imágenes del alcalde saliendo una noche del ayuntamiento con un serio problema de verticalidad.
fuente: EITB

Pese al "escrache" permanente, DNE aguantó la legislatura completa... De cara a las elecciones de 2015, los vecinos ya tenían preparada una lista independiente que arrasó con el 84% de los votos y terminó con la aventura ultra en aquel pueblo navarro.

Aquel mismo año fue el del canto del cisne de Democracia Nacional Española, finiquitados y diluidos dentro de VOX.

El exalcalde Javier Echarri murió al año siguiente de un ataque al corazón. Tenía 55 años.