miércoles, 18 de julio de 2018

ARTIC Pirineos 2018


Durante los últimos años, el calendario de eventos moteros está viviendo una sutil transformación: las concentraciones digamos “clásicas” están padeciendo un estancamiento, mientras que aquellas que exigen un movimiento continuo son cada vez más numerosas: siempre lúdicas antes que competitivas, las concentraciones “maratonianas” llevan el concepto “salir en moto” más allá de nuestros límites habituales, ya sea por el tiempo que pasaremos pilotando, la originalidad de la ruta planteada, o la necesidad –en algunos casos- de llevar un road-book.

Los organizadores de “Artic Pirineos” han entendido perfectamente que para destacar en el calendario motociclista hay que ser originales… y sobre todo serios, para que el “boca-oreja” multiplique la asistencia de un año para otro. Los casi quinientos inscritos que se dieron cita los pasados 8 y 9 de junio en Biescas son el mejor ejemplo de que se están haciendo bien las cosas.


Repasemos las originalidades de “Artic”; de entrada, combina sabiamente dos grandes grupos: los que vienen exclusivamente a rodar por carretera, y los que combinarán el asfalto con pistas de enduro “amable”, apto para esas grandes “trails” que ahora se están vendiendo como churros, y que paradójicamente encuentran pocos eventos organizados en los que se les brinde la posibilidad de mancharse un poco de barro… Pero ahí no acaba todo, ya que en diversos puntos del recorrido hay pruebas tipo yincana que los participantes deberán superar para ir acumulando puntos, y así conseguir que nos sellen el “pasaporte Artic” al final de la jornada.




En la edición de este año, la lluvia intermitente ha mermado la diversión, sobre todo para los que hacían rutas “trail”, que en algunos tramos tuvieron que bregar con más fango del que hubieran deseado. El planteamiento de la ruta es el ya visto en otras ediciones: hay cuatro subrutas tanto de “trail” como de “road”, que la organización repartió de manera equitativa para evitar que se montaran “pelotones”, algo muy de agradecer sobre todo para los que hacían caminos. Y de ahí al final de la jornada, a descubrir decenas de rincones del Pirineo oscense, y por supuesto a completar las pruebas de la yincana, una excusa para descabalgar un rato de la moto, echar unas risas, y muy probablemente hacer nuevos amigos. 







Cuesta encontrar fisuras en la organización de este evento: un “welcome pack” de lo más generoso, la ya mencionada buena gestión de los grupos para que no se molestaran entre ellos, la cena al final de la jornada, y sobre todo, que en ningún momento dejaran de insistir en que el respeto a vecinos, fauna y flora estaba siempre por encima de nuestra propia diversión. Profesionalidad en mayúsculas que trae buen ambiente, y que sin duda hará que cada vez más gente hable de un evento que tiene músculo para años.

domingo, 3 de junio de 2018

Cementera de Xerallo


Las comarcas catalanas del Pallars Jussà i la Alta Ribagorça están unidas por la carretera N-260, llamada pomposamente “eje pirenaico”, aunque a efectos prácticos es una precaria carretera de montaña a la que el título de “nacional” le viene muy grande, especialmente en el tramo que comunica La Pobla de Segur y el Pont de Suert a través del puerto de la Creu de Perves: son las primeras grandes alturas del Pirineo, y al estar de camino hacia algún otro sitio, la presión turística es muy relativa, disfrutando sus escasos habitantes de un estilo de vida que se ha movido muy poco con el paso de los años.

Por ese motivo, darse de bruces en uno de sus idílicos valles con la mole de una fábrica cementera es un anacronismo que casi obliga a frotarse los ojos para creérselo; y si además tu inquietud te hace detenerte unos instantes para contemplarla, deducirás por su silencio que ese gigante ya pasó a mejor vida, pero a la vez está demasiado entera como para llevar cuarenta y cinco años abandonada: está tan retirada de todo, que ni siquiera los vándalos la han encontrado para reventar sus vidrios a pedradas. Esta es la historia de la cementera de Xerallo.

En la España de la posguerra, la generación de energía hidroeléctrica era fundamental para hacer funcionar al país; en los valles del Pirineo, multitud de ríos se embalsaron para canalizar su furia y convertirla en vatios. La construcción de estas infraestructuras (presas de Canelles, Santa Anna, Cavallers…) motivó una gran demanda de cemento, y qué mejor manera de conseguirlo que fabricarlo allí mismo. Así fue como, en 1950, se levantó la cementera de Xerallo, junto al río de Bellera para colmar sus necesidades de agua, y también muy cerca de las minas carboneras de Malpàs, que le suministraban el combustible. El árido se extraía de las montañas vecinas, roca calcárea de gran calidad.
fuente: Joan Tous i Casals
 Junto a la cementera, se levantó el poblado de Xerallo, para acoger a ingenieros y trabajadores venidos de todo el país; la barriada no tiene entidad administrativa propia, depende del ayuntamiento de Sarroca de Bellera. 

Obviamente, el tiempo que estuvo funcionando la cementera supuso una época de prosperidad para sus vecinos y trabajadores, con un generoso sueldo que multiplicaba el poder adquisitivo de una comarca plenamente agrícola. En Xerallo llegaron a vivir casi 400 personas, con “lujos” hasta entonces exclusivos de grandes ciudades como un casino, o un cine que proyectaba películas de estreno. También se les multiplicó la polución por gases y polvo en suspensión, cuestión que se hizo más llevadera con la instalación, pocos años después, de unos filtros en las chimeneas.
fuente: pasapaspercatalunya.wordpress.com

La vida de la cementera se puede considerar efímera, ya que tan sólo 23 años después de su inauguración, en abril de 1973, cesó su producción en una opaca decisión corporativa que, dicen, pretendía reducir competencia en el negocio del cemento. Oficialmente, la fábrica había dejado de ser rentable.

Desde entonces, la fábrica fue desmantelada, y sus edificaciones (chimenea, silos de almacenaje, despachos de administración) resisten el paso del tiempo con sorprendente entereza: al parecer, se hicieron con cemento del bueno, jaja.











Entre semana, Xerallo es una barriada fantasma que no se viene abajo gracias a que las primeras vivendas ahora son segundas, y con una decena de habitantes empadronados que, si están, no se les ve.

Antigua cantera que abastecía la cementera

jueves, 24 de mayo de 2018

El primer muerto


En el pueblo del norte de Extremadura donde veraneábamos cada año, casi nunca pasaba nada. Sus ochocientos habitantes se podían triplicar perfectamente durante los meses de estío, pero los forasteros sólo veníamos a divertirnos… y los autóctonos eran gente rural de hábitos obsesivamente repetitivos. La basura se recogía en un carro tirado por una mula, y el pregonero era un inválido (nadie decía “discapacitado” en aquellos tiempos) que caminaba raro y tenía la mano izquierda retorcida en un ángulo extraño; también regentaba el pequeño quiosco en el que comprábamos pipas y chucherías, así que todos los chavales nos llevábamos muy bien con él. 

Corría el año 1984, yo tenía doce años, y la cabeza llena de pájaros. Con mi zumbadísimo “amigo del verano” (un vasco del rollo radical porque sus padres pusieron el huevo en Bilbao, los míos se fueron a Barcelona) dábamos vueltas con las bicicletas, chapoteábamos en la piscina, molestábamos un poco a las muchachas –sin maldad, éramos dos virginales preadolescentes-, y dábamos por saco a los mayores escuchando cintas de Kortatu y La Polla Records. Y poco más, porque, como he dicho en el primer párrafo, en nuestro pueblo casi nunca pasaba nada…

…Y precisamente por eso nos sorprendió oír una tarde aullidos de sirenas en la carretera general que partía el pueblo por la mitad. Nosotros estábamos algo alejados, tal vez a tres o cuatro calles, pero oímos perfectamente como el sonido de la sirena cesaba abruptamente antes de dejar atrás las últimas casas. Alguna cosa había pasado. Algo grave. Otra sirena, ésta más nerviosa, se oyó llegar, y también enmudeció en el mismo sitio.

Con la inconsciencia infantil de que todo en la vida era un juego, echamos una carrera entre risitas para llegar al origen del espectáculo… pero la señora Matilde, que vivía en una de las casas de la carretera, no nos dejó llegar:

-¡Iros a casa, chicos! ¡Ha habido un accidente de tráfico, y es mejor que no lo veáis!

Detrás de Matilde, a unos cincuenta metros, se veía un pequeño grupo de gente junto a una ambulancia de aquellas familiares sobreelevadas, y un Land Rover de la Guardia Civil. El bosque de piernas era demasiado denso como para ver el asfalto, pero hasta nuestras narices llegó un olor característicamente trágico: el del aceite caliente supurando de un bloque motor resquebrajado.

Súbitamente, a nuestras espaldas apareció mi madre y mi tía, que con cuatro aspavientos nos dijeron que nos fuéramos a casa a tomar un helado de la nevera. Ellas que se acercaron, y yo pensé “jo, qué envidia los mayores, pueden ir adonde quieran”.

Total, que estábamos por desobedecer a la autoridad y seguir acercándonos, cuando llegaron a nuestros oídos las últimas novedades que se iban pasando los vecinos:

-“Una moto ha chocado con la furgoneta del Postigo, el motorista ha muerto, ¡qué desastre!”.

Ostia, un muerto. Esto cambiaba completamente las reglas del juego, e incluso el morbo infantil se batió en retirada. Empezó a parecernos muy adecuada la idea de volver a la casa, y servirnos un par de generosas raciones de barra de helado, metido entre dos galletas cuadradas.

Por la noche, los adultos hacían corrillos con hamacas plegables delante de las casas, ya que la circulación de coches por dentro del pueblo era la excepción y no la norma. A mí me gustaba aquel ambiente adulto, y a diferencia de los otros compinches de generación, me sentaba con ellos a compartir el rato. Obviamente, el tema de aquella noche fue el accidente, y mi madre nos puso al corriente:

-Ha sido en el cruce de la carretera de Valdelamatanza, ¡esto se veía venir! Con lo malo que es aquel cruce, se ve muy mal para salir a la general… Pobre chaval, el motorista, era de San Sebastián y estaba de viaje… Mañana le harán capilla ardiente en la iglesia...

Por aquel entonces, yo no era nada de motos, pero me quedé largo rato pensando en aquel pobre desdichado, y en qué debía estar pensando para viajar en moto, renunciando al confort de un coche como por ejemplo el “850” de nuestra familia…

A la mañana siguiente, mi familia y yo mismo estábamos en la iglesia, donde efectivamente habían colocado el ataúd del motorista a los pies del altar. Tenía la tapa abierta, al parecer estaba “presentable” para ser exhibido. Paradójicamente, ninguno de mis progenitores puso trabas a que, movido por la curiosidad, me acercara al féretro. El chaval debía rondar la treintena, pero el bigote que llevaba le hacía parecer mayor. Le habían taponado las fosas nasales con dos algodones, bien visibles al estar el cuerpo en posición horizontal.

Fue el primer muerto que vi.

Aun hoy, nunca le recuerdo con la pena de la vida prematuramente arrebatada, sino la intensidad con que debió vivirla, porque en la primera mitad de los años 80, viajar lejos en moto todavía era una auténtica aventura.