martes, 7 de noviembre de 2017

Manos calientes



En la parte más cruda del invierno, los que siguen militando sobre dos ruedas saben que hay que mantener el cuerpo lo más caldeado posible, para mantener la hipotermia a raya, y sobre todo para no cogerle antipatía a nuestro insustituible medio de transporte.

Si bien hacemos grandes inversiones en trajes de moto y ropa interior térmica, de poco va a servir si no proporcionamos la misma atención a nuestras extremidades, esto es cabeza, manos y pies: si quedan expuestos a las bajas temperaturas, todo nuestro calor corporal se irá por allí.

En este artículo, me centraré exclusivamente en las manos, eligiendo un día frío para pasear, y llevándome una serie de “cachivaches” que deberían ayudarme a mantener las manos calientes. En breve os digo cuáles fueron los resultados, no sin antes informaros que la temperatura del día de la prueba fue fresca pero no extrema (entre 2 y 7 grados positivos), y que mi moto equipa paramanos de serie, que sin ser la solución al frío, siempre es una pequeña ayuda ya que desvía parcialmente el flujo de aire de los puños.

Guantes calefactables

El primer “gadget” que pongo en marcha son unos guantes calefactados por baterías autónomas, concretamente los Garibaldi TCS Heating Glove.


La primera toma de contacto, antes de salir de casa, tuvo lo que parecía ser una de cal y una de arena: el guante se ve muy bien rematado, y las baterías, ubicadas en un compartimento de la caña, no molestan aunque lógicamente “pesan” más cuando los sostienes. El enfundado de la mano es natural, nada indica que por ahí en medio hay unas resistencias incandescentes, pero cuando lo pongo en marcha, el calor que irradia es tenue… Me había hecho a la idea de que los dedos se me convertirían en salchichas a la brasa, ya que las instrucciones prometen “hasta 60 grados a máxima potencia”.

Una vez encima de la moto, vuelvo a ponerlos en marcha, y aunque de nuevo la sensación de calor es relativa, descubro con agradable sorpresa que cumplen con su función: el sistema de resistencias incandescentes no “protagonizan” estos guantes, sino que trabajan en equipo junto al aislante térmico Primaloft, la membrana Hypora, y otros nombres propios en elementos de protección, que ya de por sí nos indican que estamos ante un producto de gama alta.

El calor que producen estos guantes es tan confortable, pero a la vez tan discreto, que no te das cuenta del trabajo que hacen hasta que te los quitas para hacer unas fotos al paisaje… y al rato vuelves a meter las manos heladas, recibiendo de inmediato un bálsamo de bienestar. Puestos a criticar, diría que el dedo pulgar queda un poco más frío que sus cuatro compañeros.

Las baterías duran dos horas si las llevas a toda potencia, y hay opción de adquirir como accesorio un cargador que, enchufado a la toma de mechero, hace que te olvides de las baterías hasta el final de la jornada… a cambio de perder tu autonomía de movimientos y quedar “atado” a la moto, claro.

No me parece un mal invento, sobre todo pensando en nuestr@ pasajer@, aunque el precio a pagar es, tal vez, algo desmesurado …

Los guantes Garibaldi TCS Heating Glove están a la venta en www.ubricarmotos.com por 217,75 euros.

Manoplas

En este caso, más que el producto en sí, hay que luchar contra su concepto: las manoplas son aparatosas, engorrosas, y estéticamente le quedan a nuestra moto como a un santo dos pistolas. Pero han sido diseñadas para anular completamente la acción del viento contra nuestras manos, lo que ya es media victoria. Yo me he inclinado por las OJ Pro Hand Plus, que me prometen universalidad y adaptabilidad incluso con mis paramanos de serie…

…Y efectivamente, así fue: la instalación me llevó unos 30 segundos por manopla, y eso siendo la primera vez que las ponía. Tienen una estructura rígida frontal para evitar el flaneo en movimiento, y también unas varillas de anchura adaptable en el hueco de las manos. Lo que ya no veo tan práctico son las correas para mantenerlas unidas entre ellas, y que lo único que hacen es molestar: cuando volví a casa, lo primero que hice fue “extirparlas” de un tijeretazo, sin remordimientos.

La instalación finaliza apretando la manopla al manillar mediante un sistema de gomas graduables: no es la panacea de la estanqueidad, pero es que tampoco hay mucho margen de mejora, teniendo en cuenta la simpleza del sistema. Para darle más extremismo a la prueba, utilicé los guantes de verano.

La parte interna de las manoplas es de un agradable tejido polar, combinado con la costura exterior, impermeable.

De nuevo en movimiento, las manoplas permanecen firmemente en su sitio; los mandos de las piñas son fáciles de accionar, aunque lógicamente debes hacerlo “a ciegas”, y la sensación de tener las manos prisioneras va desapareciendo conforme pasan los kilómetros. La desviación del aire es efectiva, pero no definitiva, ya que por la boca de las manos sigue habiendo una cierta corriente de rebufo. Al cabo de los kilómetros, las manos empiezan a resentirse por culpa del tejido veraniego de los guantes, pero en todo caso he llegado mucho más lejos que si no hubiera llevado las manoplas. Con guantes de invierno, mano de santo seguro.

Sin duda, las manoplas son uno de los sistemas más económicos a la hora de combatir el frío, y además, no tienen ningún tipo de dependencia eléctrica, ya sea con la moto, o cualquier otro generador externo. Las OJ Pro Hand Plus están a la venta en www.ubricarmotos.com por 37,85 euros.

Puños calefactables

Tal vez el gadget invernal más instalado, sobretodo por los tragamillas. Yo me he inclinado por los Oxford Premium Adventure, que se regulan desde un mando auxiliar que se ancla al manillar.

¿Problema principal? A diferencia de los guantes o las manoplas, los puños requieren una instalación previa, por ti mismo si eres un “crack” trasteando en la instalación eléctrica, o bien pagando una hora de mano de obra a tu mecánico de confianza.

Una vez instalado, es tan sólo pulsar el interruptor, y los puños empiezan a calentarse. En el caso de los Oxford, con menos calorías que otros modelos utilizados por el que os escribe… Tanto es así, que en temperaturas realmente bajas (por debajo de los tres grados) el confort empieza a estar seriamente comprometido, y eso con guantes de pleno invierno.

Por lo demás, los puños tienen el “pero” de un consumo eléctrico alto: atención al desgaste de las baterías, sobre todo si la moto tiene un alternador “justito” como es el caso de mi Superteneré.

Los Oxford Premium Adventure están a la venta en www.ubricarmotos.com al interesante precio de 65,20 euros.

Veredicto

Ningún sistema es la panacea por sí mismo, y al final la solución que elijas dependerá del boca-oreja de tus amigos, de los foros, de tu economía, o de hasta qué punto quieres complicarte la vida porque igual con unos buenos guantes de invierno ya tiras… Por lo que a mí respecta, y teniendo en cuenta que soy de aquellos “gélidos” en sus extremidades, siempre me ha funcionado combinar manoplas con puños calefactables. Eso, y una buena sopa caliente al llegar al destino, claro.

Saludos y buena ruta!

lunes, 9 de octubre de 2017

Bailando en una pista vacía




Te conocí hace muchos años (aún no me atrevo a decir “muchísimos” cuando me refiero a mi niñez). Yo era un chaval retraído, de pocos amigos, refugiado en los tebeos de la editorial Bruguera, y en esas fantasías personalizadas donde conducía trenes que sólo yo podía ver. O autobuses. O esos coches deportivos que dibujaba con rotuladores “Potombo”… y allí estabas tú, pero yo era un mocoso inmaduro que veía, pero no entendía, tus furtivos guiños de complicidad infantil.

Durante la adolescencia te perdí un poco la pista: las hormonas y los amigachos con ganas de juerga me tenían demasiado distraído como para pensar en ti. Nos alejamos. Pero por ahí andabas.

Recién llegado del servicio militar, me ennovié… No hace falta que os diga lo que es el amor a los veinte años, ¿verdad? Probablemente una monumental equivocación, pero por favor, no me obliguéis a bajar de esta noria que gira a toda velocidad... Lógicamente, el nuevo estado de las cosas hizo que te perdiera de vista, pero tu terquedad era inagotable, y aunque no te veía, tú seguías observándome, convencida de que acabarías teniendo tu oportunidad conmigo.

Me casé en 1996. Poco tiempo después, llegó mi primera moto, una maltratadísima CB Two Fifty de cuarta mano. Hasta entonces, había sido monotemáticamente de coches. Después llegó una Pegaso carburada (y el primer viaje, a Jerez por cierto), más tarde una Triumph Sprint (compra compulsiva e inapropiada que malvendí a los nueve meses), y nuevamente una Pegaso, esta vez inyectada.

Y me divorcié. Corría el año 2003. La tradición manda que este es el momento, con permiso de tu cuenta corriente, de comprar algo aparatoso para celebrar el retorno a la soltería... En mi caso, adquirí una BMW GS once-cincuenta, esa que algunos denominan "la mejor GS de todos los tiempos". La disfruté poco, dos años como mucho, pero fueron buenos tiempos. Ah, y nadie más que tú subió al asiento de atrás.

Porque te faltó tiempo para volver a mi vida. Y a saco, además. Accedí. Caí en tus brazos y me dejé llevar, pese a lo mal que caías a mucha gente, especialmente a mi madre… Y la verdad sea dicha, ella tenía buenos motivos para rechazarte, sobre todo por culpa de tu extrema bipolaridad: a veces eras embriagadora, pero también teníamos nuestros malos ratos, que llegaban a hacerme dudar sobre si esto es lo que quería para el resto de mi vida... Pero me gustabas.

Eras (aún eres) una compañera extraña, amada por algunos, indeseada por muchos, pero debo reconocer que tú prendiste la mecha de mi afición por la escritura, a ti te debo el tesón con el que me dedico a esto, y en tu compañía ha sido cuando he dado forma a los párrafos más inspirados.

Intenté dejarte. Varias veces. Pero me costaba prescindir de tí, siempre has sido una especie de droga tóxica, alejándome de la gente sin que yo opusiera resistencia...

Y así sigue siendo a día de hoy. Lo confieso. Soy un jodido adúltero, y ya puedo dar gracias a que mi santa esposa Isabel ha acabado aceptándote como presencia inevitable en mi vida, pese a la mala influencia que eres.

Aún sigo escribiendo cosas. Modestia aparte, en esto creo que he mejorado con los años. Mis primeras crónicas eran, y perdone el lenguaje señora, una mierda sobreactuada con mucha filosofía existencialista de barra de bar. Ahora, por lo menos, puedo revisar mi obra sin que me vengan ganas de arrancarme los ojos. Incluso hay una revista digital que publica mis viajes racionales, que casualmente son aquellos que hago con Isabel; ella es la “musa amable”, la que me hace ver los colores del bosque, la calidez de los pueblos, y el placer de un buen almuerzo dispuesto en mesas cubiertas por inmaculados manteles blancos…

Pero tú, retorcida y maquiavélica, sacas mi parte más animal. Pasas de lo "normal", y siempre pides subir conmigo cuando busco carreteras con arcenes en los que nadie quiere excavar; visitamos ruinas insalubres, escenarios de crímenes, y lugares anónimos de los que nadie parece acordarse ya. Hemos dormido en ruidosos hostales de carretera, con tapones en los oídos para enmascarar los ruidos de la cafetería del piso de abajo y los gemidos de sexo clandestino en la habitación de al lado...

... Pero me gusta. Es como rascarse una picadura hasta hacerla sangrar: no debería hacerlo, pero cuesta dejarlo correr.

Me rindo. Eres parte de mí, aunque sé que sin ti tendría más amigos. Tal vez algún día me arrepienta de tu compañía, pero no será hoy, mientras escribo esto. Tal vez mañana... O pasado mañana...

Mientras llega ese día, te pido que bailemos otra vez. Lo haremos como siempre, fuera de horas, antes de que lleguen los invitados y la orquesta. Bailaremos sin música, en una pista vacía. Como nos gusta.

Por cierto, aún no os he dicho el nombre de ella.

Se llama Soledad.

lunes, 2 de octubre de 2017

Adiós a muchas cosas

¿Queréis que os cuente el peor día de mi vida? Ha sido hoy. Y aunque me llevará días, o tal vez semanas volver a centrarme, necesito plasmar estos pensamientos más allá de mi cabeza, para ver si convertidos en palabras me ayudan a comprender lo incomprensible.
.
 
Para quien aún no lo sepa, soy policía. funcionario de la Policia de la Generalitat-Mossos d’Esquadra, y si me salto esta elemental regla de privacidad es porque hoy me siento orgulloso de decirlo.
.
 
Hoy ha sido el famoso día del referéndum de autodeterminación, considerado “ilegal” por la ley. Como policía judicial, hemos sido los encargados de acudir a primera hora de la mañana a los colegios electorales para conocer la actividad que realizaban, y en caso de hallar material del referéndum (urnas, papeletas, sobres), confiscarlo todo en nombre de la instrucción 3/2017 de la Fiscalía, cerrar el local y precintarlo. 
Nunca antes de hoy había visto tantos compañeros movilizados, y después de traer a comisaría tantos efectivos como para duplicar los que allí trabajamos ordinariamente, a duras penas hemos conseguido repartirnos una pareja uniformada por cada colegio electoral, muchos de ellos dejados allí sin vehículo, y con un portátil a compartir, único vínculo de comunicación con el mundo exterior, sin contar los teléfonos móviles particulares, claro.
.
 
A mí y a mi compañera nos ha tocado ir a una población pequeña, apenas 900 habitantes, pero sin embargo referencia en una zona poco poblada. Al pasar por delante del “presunto” colegio electoral, había unas 250 personas apiñadas frente a la puerta, hombres, mujeres y niños en actitud pasiva, sin hostilidad aparente, pero claramente resueltas a no dejar que lleváramos a cabo nuestro trabajo.
.
 
Tras explicar lo que nos había traído aquí, hemos preguntado si podíamos entrar, recibiendo un multitudinario “¡Noooo!” por respuesta. Atendiendo a un elemental criterio de proporcionalidad, reiterado por nuestros mandos para que quedara claro, hemos levantado la correspondiente acta, haciendo constar la imposibilidad de entrar en el local, y nos hemos retirado a un discreto segundo plano, siempre a la vista del edificio, para garantizar la seguridad ciudadana.
.
 
Debo decir, y no es ningún secreto, que muchos de mis compañeros -y yo mismo-, éramos a la vez partidarios del derecho a decidir (después os contaré mi intención de voto, creo que os voy a sorprender); ante esta disyuntiva, os podéis imaginar la incomodidad que nos suponía acatar esta orden. Y aclaro que “incomodidad” no es sinónimo de “desobediencia”.
.
 
No entraré en el cenagoso terreno de justificar el porqué del derecho a decidir, todo el mundo tiene su opinión formada y no creo que os haga cambiar de idea si os explico mi punto de vista, así que volvamos al relato del día de hoy... Estábamos plantados a cierta distancia de la entrada principal, observando el movimiento de la gente, siempre con ese extraordinario civismo típico de los días en que las urnas salen a la calle.
.
 
Va pasando la mañana. Los “whatsapps” empiezan a mostrar esas imágenes que nunca hubiéramos querido ver: Las UIP de la Policía Nacional y los GRS de la Guardia Civil aplicándose a fondo contra grupos de personas cuya única arma era la desobediencia pasiva. Gente que, ante el “delito” de meter un papel en una urna, estaba recibiendo patadas y gomazos, algunos de ellos propinados con manifiesta gratuidad, por decirlo suavemente. Ni tan siquiera nosotros, los Mossos, nos librábamos de exhabruptos, continuas acusaciones a nuestro “ridículo” papel como policías, e incluso agresiones físicas. Todo esto lo sé de buena fuente, nada en este escrito es una invención.
.
 
Releo el último párrafo, y se me cae el alma a los pies. Nunca, repito, NUNCA hubiera imaginado escribir esto de quien, colores de camisa e ideologías aparte, consideraba como “los míos”: fuerzas policiales unidas ante ese enemigo común que roba, pega, viola, trafica y mata. Éste fue el primer gran golpe moral de la mañana.
.
 
Aturdidos, mi compañera y yo atendíamos a ciudadanos que cada vez más aterrorizados se dirigían a nosotros: “¿Pero qué están haciendo?”.
.
 
Hasta hoy, pensaba que ese “A por ellos oeee” con el que algunos vinieron al frente no dejaba de ser una bravata carente de significado práctico... Iluso de mí, realmente fueron a por ellos. A por nosotros.
.
 
Me llega otro vídeo. Joder, la escuela que hay frente a mi casa. Los GRS mueven a la gente como peleles, varios de mis compañeros les espetan qué demonios están haciendo. Un regidor del ayuntamiento se retuerce de dolor en el suelo, alguien le ha propinado un buen golpe allí donde a los hombres nos duele. Más vídeos. Personas que ruedan por escaleras, puertas vidrieras que saltan a golpe de mazo. Gritos. Salvas de escopeta sin que haya otra intención que intimidar. Y que nadie salga a justificar esto, joder, soy policía y he visto las secuencias completas, que nadie me suelte milongas absolutorias.
.
 
Es una pesadilla que creíamos imposible en este siglo y este país: nuestra democracia, imperfecta pero democracia a fin de cuentas, hoy ha desaparecido. Las policías estatales se han vuelto contra un pueblo que no lleva pañuelos palestinos ni canta consignas radicales: se han vuelto contra la panadera, el bombero y la administrativa, gente que cada mañana se levanta para ir a trabajar. Hay un ensañamiento que -tal vez- pretende ser castigo al orgullo patrio ultrajado y al alejamiento forzoso de sus destinos y sus familias, canjeados por un camarote de seis metros cuadrados en un ridículo barco de dibujos animados.
.
 
Hasta nuestra posición, se acerca un nutrido grupo de chavales de diez, doce, catorce años. Algunos de ellos llevan esos patinetes que ahora gustan tanto. Nos preguntan una y otra vez “¿Ya viene la guardia civil? ¿Os han dicho algo por la radio?”, mientras miran en sus propios móviles los vídeos de las cargas policiales. La ansiedad les desborda, ningún chaval desbería pasar por esto.
.
 
“¿Ya viene la Guardia Civil?” Nadie dice nada, pero vamos escuchando como, pueblo a pueblo, van cerrando colegios electorales por la vía expeditiva. La angustia se apodera de nosotros, y le pregunto a mi compañera si, cuando finalmente lleguen a este pueblo, estaremos los dos en la misma cuerda... Por supuesto que sí, vamos a hacer lo posible para que nadie juegue a los bolos con estos doscientos ciudadanos. Intentaremos mediar, y si no nos hacen caso, les vamos a gritar e incluso les intentaremos sujetar, pero para nada vamos a sacar nuestras armas contra nadie. "Proporcionalidad", joder.
.
 
Y así empezó una espera que se prolongó durante varias agónicas horas. Los concentrados frente al colegio electoral se turnan, entran y salen, pero siempre hay más de dos centenares de personas. El alcalde nos pregunta si necesitamos algo, el juez de paz dice que nos va a traer algo para comer, y una señora nos ofrece el lavabo de su casa tantas veces como haga falta. De vez en cuando, un “whatsapp” de relativa veracidad dice que “ya hay cuatro furgonetas de la guardia civil de camino”, y se ponen en posición. No aparecen. Nos relajamos un punto. Nuestra emisora permanece muda. Si no vienen es porque no quieren, tienen gente de sobras. Un tipo, con lágrimas en los ojos, espeta “fills de puta”, se va a la muchedumbre, y en cinco minutos montan barricadas con sus propios coches: quien venga de visita, deberá hacer los últimos cien metros a pie.
.
Llega otro bulo: las fuerzas policiales están esperando a las seis de la tarde para lanzar la ofensiva final en los colegios electorales que aún no ha “visitado”. Y llegan las seis. Y las siete. Y no aparece nadie. Empezamos a creer que tal vez seremos unos afortunados y evitaremos el enfrentamiento, el reloj tarda cinco minutos en recorrer un minuto..
.
Finalmente, a las siete y media, treinta minutos antes del cierre oficial, alguien se sube a una silla, y dice que “todos los que esperábamos ya han votado”; explotamos todos en un aplauso, el público, nosotros mismos, un aplauso que, antes de que decreciera, se vuelve hacia nosotros cuando el mismo portavoz clama “un reconocimiento para nuestra policía, los Mossos d’Esquadra”. Amigos, ahí ya nos derrumbamos, me abracé a mi compañera, y lloramos como dos madalenas. El pueblo entero nos abrazó, y aún así no podíamos dejar de llorar. No fueron las primeras lágrimas de la tarde, antes habían caído otras, en la intimidad de un callejón o dentro del coche, porque se supone que los policías no lloran.
.
 
Volvemos a comisaría, estamos vacíos. Aún me quedan lágrimas para derramar en el vestuario, al llegar a casa y abrazar a mi esposa, o mientras escribo esto. Me da miedo el día de mañana, y pasado mañana, y al otro, porque se han abierto enormes grietas en nuestros cimientos morales, y no sé cómo las vamos a arreglar.
.
 
Al principio de este relato, dije que os revelaría qué es lo que hubiera votado yo en este referendum: habría metido el sobre en blanco. ¿Y sabéis por qué? Porque, efectivamente, me asquea que se vote sistemáticamente a un gobierno condenado por corrupciones reiteradas, me horroriza que se maten animales en nombre del arte y, en fin, algunas otras menudencias que te hacen sentirte desencajado en ese país que figura en tu pasaporte... Pero, por otra parte, hay otra España dentro de esa España, en la que están algunos de mis mejores amigos, progresista, de mente abierta, humanista, honrada y respetuosa, una España que parece estar en minoría, pero que lucha por salir a la superficie igual que nosotros, y tal vez pienso que sería una traición dejarlos abandonados a su suerte, subido en el barco de nuestra república catalana... No lo sé, todo es demasiado complicado como para definirlo en una simple respuesta binaria.
.
 
En los últimos años, eso que se llama “patriotismo” ha salido de mi vocabulario, y ver el país que figura en mi pasaporte me dejaba indiferente. Hoy, esta noche, directamente me duele en el alma, y recuperar las ganas de viajar por tierras españolas, y explicarlo en mis crónicas, me llevará tiempo.
.
 
Por otra parte, está la reconciliación corporativa, saber si alguna vez podré volver a depositar la casi infinita confianza que tenía en los cuerpos policiales del Estado. Quiero creer que había muchos compañeros obligados a acatar órdenes que, no por estar amparadas en la legalidad, eran  injustas, pero necesito que me lo verbalicen. A mí y a mis compañeros. Que nos quieran o que nos manden definitivamente al infierno, pero que nos indiquen a qué debemos atenernos.
.
 
Por último, y por eso he publicado esto en mi blog, necesito saber si puedo confiar en tí, amigo virtual. Si crees haber leído una sarta de ñoñeces pseudoindependentistas, bórrame ahora mismo de tus amistades. Sin dudarlo. Házlo, o lo haré yo tarde o temprano.
.
 
A los que os quedéis, un abrazo grande. Hoy, todos los achuchones son pocos.