lunes, 5 de noviembre de 2018

Reserva natural de Neouvielle


Entre el cielo y el suelo, una carretera que sólo abre de junio a septiembre introduce al visitante hasta una de las zonas lacustres más importantes del Pirineo. Está en Francia, a pocos kilómetros de la boca norte del túnel de Bielsa, y por su belleza cuesta entender por qué no se conoce más y mejor: tal vez el vecino circo de Gavarnie le roba demasiado protagonismo, o quizás queda algo a desmano de la típica ruta bici-motera de los “cols”, la cuestión es que la espectacular carretera que muere con honores de estado en los lagos de Neouvielle es la enésima constatación de que salirse de los caminos establecidos sigue siendo una inversión rentable.

Entre Tramezaigües i Aragnouet, una estrecha pista asfaltada –¡insisto, cerrada con barrera ocho meses al año!- te introduce en las grandes alturas del parque Nacional de los Pirineos, primero encajada entre montañas junto al arroyo de Couplan, y poco después remontando decididamente en sucesivas curvas de 360 grados donde ni puedes ni quieres pasar de primera marcha porque las vistas abiertas reclaman toda tu atención, y ni siquiera la obligatoriedad de volver por donde has venido saciará tu avidez paisajística.

Un desvío asfaltado lleva al primero de los grandes lagos de la zona, el de l’Oule, y si no abandonas la pista principal, pronto lo vas a ver en deliciosa perspectiva. Ya estamos a una altura respetable, y las cabras montesas se abren paso sin complejos, incluso transitando por la carretera.


Podemos decir que la carretera acaba junto a la presa del lago más grande y más alto, el de Cap de Long, y aunque el asfalto, ya gastado y moribundo, quiere continuar unos centenares de metros más, un gigantesco derrumbe nunca reparado da por finalizada la incursión motera. Es el momento de descabalgar, sorprenderse ante las nieves eternas en verano, y tal vez calzarse unas chirucas para hacer una ruta circular de 11 kilómetros que te llevará a descubrir el resto de los lagos de Neouvielle. Porque la moto es muy importante, pero no lo es todo en esta vida.




martes, 30 de octubre de 2018

El fondo y las formas

Durante estos días, las redes sociales han centrado su foco viral en una campaña recién lanzada por la Asociación para la Promoción del Transporte Público (PTP), y más concretamente, en una ilustración que muestra a dos jóvenes conductores –uno de motocicleta, el otro de coche-, magullados y encabestrillados, junto a dos risueños usuarios del transporte público. El título de la ilustración, por si alguien no ha captado la moraleja, es “Más seguridad viaria contra los accidentes”.

El impacto entre el colectivo motorista ha sido instantáneo, sintiéndonos juzgados y condenados por un creativo publicitario que ha utilizado frívolamente la imagen de unos tipos que, por no coger el autobús, sufrieron en sus carnes el martirio divino, sin pararse a pensar que la gran mayoría de motoristas sabemos, conocemos de cerca o hemos padecido en propia piel el trauma que supone sufrir un accidente de tráfico. Los llamamientos a boicotear esta campaña han sido unánimes y de sal tuitera gruesa, centrando el contraataque en un transporte público incómodo, impuntual, masificado, caro y no exento de sus propios accidentes (que también los ha habido), y ya de paso, aprovechan para pedir “barra libre” en los carriles-bus, o poder aparcar en las aceras… Personalmente, todo esto me parecen excusas para tirar balones fuera, y ninguna de ellas me vale para rebatir esta campaña.

Porque, amigos, la verdad impepinable es que nos caemos de las motos; a veces nos tiran, como aquel bastardo homicida del otro día en el Prat de Llobregat, pero la mayoría de veces nos lo buscamos nosotros solos, sin la ayuda de terceros. Algunos motoristas buscan enemigos externos para sacudirse las culpas –generalmente carreteras en mal estado-, pero la realidad es otra, por más que sea de justicia pedir un buen mantenimiento de nuestras vías y unos guardarraíles protegidos de una puñetera vez por todas.

Tiempo atrás, cuando servía en Tráfico, la curiosidad me llevó a recopilar atestados con motos implicadas durante aquel año, y el resultado fue demoledor: efectivamente, una “Harley” volcó por culpa de un bache, otro pobre hombre tuvo un infarto mientras circulaba a cien kilómetros por hora, y un puto borracho penal invadió el carril contrario para destrozar a un motorista que no tuvo ninguna posibilidad de hacer una maniobra evasiva; también recuerdo una caída por la irrupción de un perro, y la colisión contra una roca desprendida… ¿Os cuento el ochenta por ciento restante? Fundamentalmente, salidas de vía por falta de pericia y/o exceso de velocidad, y bueno, a efectos de anécdota, un idiota que, haciendo un caballito, dejó a su novia tirada de culo en medio de la carretera.

Los que entendemos la moto como esa máquina “humanizada” con la que somos más felices cuanto más kilómetros hacemos, hemos sido testigos de payasadas que nos han hecho exclamar cosas del calibre “ese individuo no representa a mi colectivo”, pero a la vez también hemos sido verdugos, calentándonos la sangre en aquellos tramos secundarios de curvas entrelazadas: en esto de pilotar no conozco a nadie tan Don Perfecto como para refregarnos su santidad y tirar la primera piedra. Y conozco a muchos moteros.

Asumo que la motocicleta es el medio de transporte porcentualmente más peligroso que existe, pero también asumo que si nuestro pilotaje es responsable, tenemos casi todos los números para disfrutar un día de moto con cero incidencias. Y más importante aún, asumo que prescindir de la alegría del movimiento dinámico, los amigos en ruta y los olores de los lugares no es una opción. Supongo que por eso nos sentimos tan diferentes de ellos y tan próximos entre nosotros, un puñado de locos (el 10% de lo que se mueve en nuestras carreteras) que desoímos a nuestro instinto de conservación, porque vivir la vida con plenitud tiene ese precio, y hemos decidido pagarlo.

Nos pongamos como nos pongamos, el fondo de la campaña de la PTP no admite discusión, pero sí las formas: me parece un recurso miserable ensalzarse a costa de la humillación o el padecimiento del rival, vecino o como quiera llamarse. Señores de la PTP, hablad maravillas de los tranvías, autobuses o trenes, ojalá os escuchen antes de que acabemos de envenenar el aire que respiramos, pero dejad en paz a los motoristas. Ya somos mayorcitos y conocemos nuestros riesgos.

lunes, 29 de octubre de 2018

Viaducto de Buxadell y (ex-) estación de Olesa de Montserrat



El mapa ferroviario español pivota alrededor de dos grandes polos: los trenes de Alta Velocidad y la red de Cercanías de las grandes urbes; unos y otros, especialmente la red de Cercanías, se encargan de la movilidad diaria de millones de personas.

En una peligrosa e inestable “tierra de nadie”, están los servicios Regionales, deficitarios al no poder competir en igualdad de condiciones con el automóvil privado. Y como no generan beneficio, las frecuencias de paso son estrambóticas y la infraestructura se desmorona, siendo anacrónico ver, por ejemplo, una estación centenaria vandalizada y tapiada, pero con cartelería ferroviaria del siglo XXI.

Este es el caso de la línea R4 de Rodalies (la antigua “Cercanías” en Catalunya) que, procedente de la ciudad de Barcelona, acaba en Manresa para seguir como tren Regional un tortuoso camino de trincheras, túneles y puentes camino de Lleida… Siendo más explícitos, extraoficialmente el servicio de Rodalies acaba en Terrassa, y a partir de ahí empieza el Mordor de los metropolitanos, aquel vasto lugar donde van a buscar setas, los lugareños usan boina y no existen los Primark. Pero sería inadmisible (y políticamente incorrecto) dejar a los 75.000 habitantes de Manresa sin un tren que hoy tarda lo mismo en llegar a Barcelona que en el siglo XIX, así que la red de Rodalies sigue llegando hasta allí, por más que el precio del billete (seis zonas de transporte) sea hiriente.

Así de vilipendiada está la línea de la antigua RENFE en el centro de Catalunya… Tal vez deberíamos ser más considerados si tuviéramos en cuenta que estos raíles fueron más importantes en el pasado. Muchísimo más importantes, tanto como que fueron el primer camino de hierro que unió Barcelona y Madrid en el siglo XIX, y que, precisamente en el tramo entre Barcelona y Manresa, los diferentes accidentes geográficos convirtieron su construcción en un reto para la ingeniería de la época.

Un ejemplo de esto es el viaducto de Buxadell, o del Norte, una maravilla catalogada en el Patrimonio Arquitectónico de Catalunya, y construido entre 1856 y 1859 por el ingeniero de caminos Andreu Puigdollers. Sus dimensiones son respetables: 300 metros de longitud, 43 de altura máxima y 18 arcos de piedra, necesarios para sortear la riera de Sant Jaume. La carretera local que une Vacarisses con Olesa de Montserrat serpentea a través de sus arcos en dos ocasiones.



fuente: en la imagen
A pocos metros, justo antes del viaducto, llego varios años tarde para contemplar la antigua estación ferroviaria de Olesa de Montserrat, demasiado alejada del pueblo como tantas otras, y que no tuvo el éxito de viajeros esperado; tenía depósito de agua, muelle de carga con vía segregada y viviendas para ferroviarios. En algún momento de finales del siglo XX fue reconvertida en apeadero, y en 1999 los trenes dejaron de parar definitivamente. En 2005, en vista de la dejadez y la ruina de los edificios, fue demolida.




Saludos y buena ruta!